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  Edición 640
  Sálvese quien pueda… o quien queda
 
Edgar London
Twitter: @EdgarLondonTuit
Sitio Web: www.edgarlondon.com
Email: correo@edgarlondon.com
   
  Si algo hemos aprendido a lo largo de esta etapa de cuarentena, es que el hábito no hace al monje y, por más palos que le dé la vida, hay quien insiste en hacer perenne su estupidez de camino con su mezquindad.

Cada vez más la actitud de algunos para enfrentar esta pandemia me recuerda la disposición de otros, que no son menos, para bajar de peso a inicios de año. Mucho se comenta —y se seguirá comentando aún— acerca de los cambios que el azote del coronavirus ha impuesto en nuestra vida diaria. Referimos, hasta el hartazgo, cómo nuestros hábitos se han visto modificados, en relación con nuestro trabajo, experiencias interpersonales, prácticas higiénicas, incluso en nuestra interacción con el medio ambiente. Pero, ¿hasta qué punto se trata de una verdadera toma de conciencia y no un acto de doble moral? O, en un escenario más benévolo, de una mentira piadosa.

Ahora sobran los puritanos ecológicos, mismos que hace un par de meses botaban la basura por doquier; los asépticos que pregonan las bondades del jabón usado cada quince minutos; los escrupulosos que jamás saludaron y hoy dan por sentado su correcto juicio pues los previene del contagio. Y en los dos primeros casos puede que su metamorfosis sea conveniente, pero ¿cuánto durará? ¿Cuánto necesita un ser humano para incorporar de manera permanente a su cerebro el hábito condicionado que se ha ido promoviendo con mayor o menor éxito?

La pregunta viene a colación porque esta situación extraordinaria que nos ha tocado compartir revela la naturaleza absurda del ser humano. Y no aburro con filosofía barata. Hablo —escribo— de los hechos, a veces risibles, a veces inexplicables, que, día a día, evidenciamos a partir de la conducta del vecino, del compañero de oficina, del extraño a quien espiamos con la vista desde nuestra ventana. Y sí, también debería incluirnos a nosotros mismos, pero ya sabemos que a nadie le gusta reconocer sus propios errores.

Por ejemplo, ¿ha notado usted cuántas personas se quejan del enorme número de semejantes que andan circulando por la calle, en lugar de estar recluidos en sus casas? ¿Si capta la ironía? Esos quejosos son también personas que deambulan por aquí y por allá incumpliendo con el confinamiento.

¿Ya está enterado de que algunos evangélicos se resisten a las restricciones contra la COVID-19 y continúan con sus reuniones y prácticas religiosas masivas, quizás con la esperanza de que Dios los guarde del contagio?

¿Dónde quedaron los puristas del lenguaje de género? Porque no leo cifras sobre muertos y muertas, infectados e infectadas, doctores y doctoras, sobrevivientes y... ¿sobrevivientas? Evidentemente, cuando las cosas se tornan serias, las gazmoñerías quedan a un lado.

¿Ha comprado cubrebocas en la esquina de su colonia o en el semáforo rumbo al súper? Por si no lo sabe, hay casos de piezas recicladas y ni quien los vende sabe a ciencia cierta por cuál rostro se paseó antes de vendérselos a usted. Se recogen, se regresan a una bolsa de plástico y se lo ofrecen, claro está, al mejor precio.

Ah, mención destacada para el uso de la tecnología. Resulta que ahora nadie sabe aprovecharla. Y no me refiero a las personas mayores, quizás las más justificadas para esgrimir excusas dentro de este ámbito. Agrego también a los millennials, muchos de los cuales, de pronto, no saben cómo manejarse con las clases en línea o la compartición de documentos virtuales. A pesar de que nadie los supera en habilidad al momento de participar en juegos online o chatear en redes sociales.

La iniciativa privada es otra que anda con el cuchillo en la boca. Sangrando cuanto puede a sus trabajadores con tal de que los propietarios no vean palidecer su bolsillo. Felices aquellos que no han sido aún convocados para una junta de «último minuto». Si le toca mañana ya debe saber a lo que va. Una de dos: O le bajan el salario, previa firma de aceptación, o lo ponen de patitas en la calle.

Y, por supuesto, no puede faltar el gobierno que pregona solidaridad a los cuatro vientos, pero no la practica. Los impuestos siguen. El apoyo a las pequeñas empresas resulta nulo. El desempleo se multiplica. Los subsidios, que si bien no representan la mejor estrategia, al menos en algo ayudan, brillan por su ausencia. Los insumos médicos escasean. Y los discursos de los dirigentes políticos, comenzando por los del presidente Andrés Manuel López Obrador durante sus patéticas mañaneras, se ubican en las antípodas de su proceder.

Y cuidado que el show no termina, por mucho que anuncien la caída del telón. La economía está apretando los cinturones y el oxígeno empieza a escasear no sólo en México, también en otras naciones mucho más poderosas. Podemos apostar a que el confinamiento será suspendido mucho antes que se controle la pandemia. Será dinero a costa de salud. Tengámoslo en cuenta apenas nos den luz verde para circular porque, verdaderamente, nadie cuidará de nosotros.

La suerte estará echada y la voz de «sálvese quien pueda» seguirá rigiendo nuestras vidas.

 
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