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  Edición 639
  Los vacíos de poder
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Max Weber, a quien estudié apasionadamente en preparatoria y luego, felizmente, también durante mis estudios de filosofía en la universidad, abordó en sus procesos de análisis lo que tenía que ver con el carisma a la hora de ejercer los liderazgos.

Weber profundizó en ese concepto cuando trató de explicarse la influencia del líder sobre el comportamiento de los seres humanos cuando el liderazgo no guardaba ninguna relación con la autoridad tradicional —digamos el status en una sociedad— o con la legitimada, por ejemplo, el liderazgo obtenido mediante el sufragio.

Weber encontró que algunas personas pueden disfrutar del derecho reconocido de obligar a otros a hacer algo a favor de alguna línea de acciones emprendidas para llegar a un resultado propuesto como de beneficio para ese grupo de personas. A esto se le llama autoridad.

En una sociedad cualquiera son, normalmente, los dirigentes quienes desempeñan los roles de liderazgo. Pero, como ya he dicho, no todos los dirigentes son líderes. El auténtico líder surge en situaciones de crisis y se reconoce por su forma de afrontarla, por su capacidad para ser eficaz en el contexto de empresas decisivas marcadamente significativas para el abordamiento y solución de esa crisis en curso.

Ese líder que surge en la crisis, encuentra formas particulares de enfrentarla porque está investido de cualidades que todo mundo reconoce como extraordinarias. En esa condición, el grupo las percibe como una fuente eficaz de movilización con miras a la realización de un verdadero, contundente y definitivo cambio.

Ese es el tipo de líder que propone Weber, «un gran hombre de superior inclinación que, en una situación de crisis social, se apoya en sus virtudes porque está dotado de cualidades sobrehumanas o, por lo menos, singularmente excepcionales».

Sírvame esta larga introducción para decir que, obviamente, no tenemos en México un líder de estas características. No lo es ni el presidente de la república, aunque les pese a muchos, ni está entre los partidos políticos que representan la democracia mexicana.

No tenemos líderes en este país. Lo que hay son dirigentes, legítimamente llegados al poder, cierto —aunque con asterisco porque el clientismo político está a todo lo que da la avalancha de conseguidores de votos—, pero sin ninguna autoridad más allá que aquella que les confiere su cargo y, por supuesto, sin el menor rastro de influencia sobre la sociedad.

Es el caso lamentable del Ejecutivo quien, poco a poco, ha ido perdiendo, no sólo todo vestigio del espejismo que nos lo hizo aparecer como un personaje investido de liderazgo, sino de todo rasgo de la autoridad ganada en las urnas. Ninguna de las dos cosas son por sí mismas, ni buenas ni deseables. La realidad ha ido superando las acciones del presidente.

Volviendo a Weber, éste dice que «dado el contexto de crisis en que se produce la aparición de líderes, el auténtico liderazgo surge a menudo con independencia de que existan o no cualidades extraordinarias, pero, eso sí, siempre en momentos y lugares extraordinarios».

Y es este el problema que hoy deseo abordar aquí. Porque me parece evidente que la falta de liderazgos ha ido dejando vacíos de poder. Eso tendría poca importancia si no fuera porque esos vacíos podrían estarse llenando por una multitud de vocaciones para ejercer el poder dejado por las autoridades legítimamente constituidas.

Me preocupa sobremanera, por ejemplo, que ante la falta de autoridad del presidente para hacer cumplir las medidas sanitarias que el propio gobierno federal ha adoptado, sean otros quienes las hagan suyas a su manera. Por estos días hemos sido testigos que, en muchos lugares de la república han aparecido pequeños reyezuelos con vocación de dictadores que, olvidando de plano las garantías individuales consagradas en la Constitución, imponen medidas restrictivas para el libre tránsito de las personas y hasta toques de queda, sin que haya ninguna autoridad superior que, aunque sea por no dejar, como diría mi tía Beba, la sabia, se dé por enterada.

Mi ánimo se quebranta ante el hecho de la irremediable pérdida de empleos, el presidente prometa dos millones de ellos en los siguientes dos meses. Adió, como diría otra vez mi tía Beba, la sabia, ¿y de dónde los va a sacar ahora sin no pudo cumplir su promesa de campaña para crear un millón doscientos mil empleos en su primer año de gestión? Bueno, ante esa pérdida de empleos la consecuencia natural es el hambre. Y me preocupa que sean los grupos delictivos, perfectamente conocidos en el país, quienes se echen a cuestas la tarea de repartir apoyos a través de despensas, a los grupos vulnerables de este país y, sobre todo, que tengan la capacidad de superar con mucho a lo que parcialmente hacen algunos gobiernos, alcaldías, sociedad civil y el propio gobierno federal.

Me preocupan las maneras porque lo hacen con tal desfachatez que hasta exhiben los logotipos de los cárteles, tal y como aparecen los logotipos que lucen los parciales apoyos otorgados por las instituciones gubernamentales. Incluso, y esto me parece el colmo de la desfachatez, son los mismos cárteles quienes imponen los castigos a quienes incumplan las medidas de quedarse en casa.

En esas todavía pocas acciones, pero altamente significativas, vislumbro un peligro de inminente llegada: la disolución de las instituciones del país, que en el pasado reciente hacían la diferencia entre los países latinoamericanos y por lo cual México era plenamente reconocido. Con ello vislumbro, incluso, el posible desmoronamiento de un país cuya construcción ha sido lenta y su costo sumamente elevado.

La noción weberiana de liderazgo, ensalza la hazaña decisiva y la importancia histórica de la iniciativa de un cabecilla acentuando el cambio sobre la tradición realizada por hombres extraordinarios. Empezamos a ver que no es el caso de AMLO quien, por el contrario, empieza a dejar muchos espacios vacíos de poder que, a su vez, han empezado a tomar otros.

Mi opinión personal es que el verdadero liderazgo, y además auténticamente democrático, es el de la colectividad y no el de la voluntad divina encarnada en un personaje en particular, porque esa colectividad constituye la arteria donde están todos los principios que le dan vida a una sociedad y su lucha por construir una democracia que exhiba responsabilidades, derechos, garantías y libertades para todos.

 
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