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  Edición 639
  Una portada vale más que mil mañaneras
 
Edgar London
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  Seguimos bajo el castigo del realismo mágico. Al sur de Río Bravo todo es posible. Así vemos a un presidente que se enoja por la portada de una revista y se dedica a despotricar en contra de ella, pero hace caso omiso de los abusos que algunas entidades privadas llevan a cabo a costa de la situación de emergencia mundial. Del mismo modo, mira a otro lado y se hace de oídos sordos cuando la gente le pide que tenga en cuenta que el cobro de impuestos —por parte de Hacienda— y de servicios como el gas, la electricidad o el agua, ni ceden ni son subsidiados, así sea parcialmente, por el gobierno. Es más, lejos de ceder, parecieran incrementarse las labores de recaudación, sin importarle a sus cobradores el coronavirus, los recortes laborales y las bajas o nulas prestaciones durante este período de trabajo.

¡Ah!, pero que aparezca en la cubierta de la revistaProceso la imagen de un cadáver a punto de ser cremado crispa los nervios del Ejecutivo. Tan obvia es su reacción que se me antoja conveniente. No será la primera vez que López Obrador crea una distracción para ocultar un desastre. Y, sin duda, el mayor desastre es la mismísima manera en que lleva las riendas de la nación que, a propósito de esta metáfora, simula un caballo desbocado y sin rumbo.

A estas alturas ya nadie cree realmente sus insinuaciones sobre la baja en los precios de la gasolina para apoyar a los sectores más vulnerables durante la pandemia. Afortunadamente, los grandes consorcios petroleros no se pusieron de acuerdo con la regulación de los precios ni en la disminución de la producción de crudo. Algo con lo que México nunca estuvo de acuerdo, pero no por solidaridad, sino porque sería darle en la cabeza a la estrategia de AMLO que tiene como punta de lanza, para el desarrollo económico, socorrer a Pemex e impulsar la industria petrolera. No en balde los números no se sacuden el color rojo y ya le agarraron el gusto a mantenerse bajo cero cuando de utilidades se trata.

¿Acaso el presidente pretende que las personas olviden la debacle que sufre el peso mexicano? A la llegada de Morena al poder, la moneda nacional se cotizaba alrededor de los 19 pesos por dólar, centavos más, centavos menos. Ahora es raro que baje de los 24… si bien le va.

La pandemia ha provocado despidos y muchos de quienes aún conservan su puesto se tienen que conformar con cobrar la mitad o menos. Ya es sabido, desde tiempos de Marx y Engels, que los dueños de los medios de producción nunca quieren perder su riqueza. Así que la purga empieza desde abajo. Lo curioso es que, en tiempos normales —permítanme el eufemismo— AMLO se comporta como socialista, pero ahora, en tiempos (más) aciagos, se ha convertido en un feroz capitalista. Es como si intentara siempre encontrar lo peor de las opciones de gobierno que tenga a mano.

La falta de recursos financieros deriva en pobreza. La pobreza históricamente ha sido marcada por el hambre. Y el hambre termina, más temprano que tarde, por generar violencia.

Se trata de una combinación nefasta en el seno de un país que, durante las últimas décadas, ha sobresalido por los altos índices de violencia. Y no me refiero, únicamente, a la que asociamos ipso facto con el crimen organizado. No. Cuento también los feminicidios; los atropellos contra niños; los excesos que comenten los representantes de la ley; el quebranto de los derechos humanos… La lista puede extenderse mucho más.

¿A quién culpar entonces? ¿Al coronavirus? ¿En serio? Nadie sabe lo que es capaz de hacer, hasta que tiene que hacerlo. La ausencia de pan sobre la mesa es la primera causa para que el número de homicidios, violaciones, secuestros, extorsiones, robos —en empresas o en el patio de nuestras casas— se dispare exponencialmente.

Se supone que un gobierno debe hacer cuanto esté a su alcance para evitar que se viole el estado de derecho y el caos imponga su loca agenda. Sin embargo, tenemos que lidiar con un presidente que, en lugar de hacer esto, se preocupa por la exhibición pública de una foto donde incineran un cadáver. ¿Olvidó el presidente que, según las cifras, podrían ser más de dos mil?

No, claro que no lo olvidó. Sólo que no le preocupa realmente ese muerto. Ni los otros miles. Le preocupa que eso esté sucediendo durante su administración y la historia recoja en sus anales que, mientras las personas fallecían, él jugaba a ser Dios. Pero Dios de una tierra yerma, repleta de personas que ya morían mucho antes de que, allá en China, apareciera una causa improbable que dejara al descubierto su incapacidad para ocupar la silla presidencial que, para hoy, ya hasta el águila debe haber volado hacia horizontes mejores.

 
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