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  Edición 639
  Tiempo de líderes, no de mercachifles de la política
 
Esther Quintana Salinas
   
  «El error en política es perdonable, lo que no es perdonable es la estupidez».

Felipe González

Con seguridad no sabemos cuándo podrá ponérsele fin, sin peligro para el contagio, a esta pandemia generada por el coronavirus, motivo por el que se ha decretado el aislamiento habitacional. La vacuna está lejos, el medicamento ad hoc, tampoco existe. La otra opción es que a todos nos ataque y si no morimos a causa de, se adquieran anticuerpos y eso le ponga fin a la plaga del siglo XXI. En el ínter pueden suceder un montón de cosas que afectarán para bien o para mal nuestras vidas y la economía.

Warren Buffet, el exitoso empresario estadounidense dice que cuando la marea baja se da uno cuenta de que no lleva traje de baño y que en consecuencia ha estado nadando encuerado. En México ya hace mucho que se sabe que un número vergonzante de compatriotas andan en birote, y así se han mantenido a lo largo de décadas. Acostumbrados por generaciones al deleznable asistencialismo al que los tiene sometidos un sistema que se mantiene vivo y coleando, incluso el «iluminati» que hoy gobierna sigue con la perversión viento en popa a toda vela.

La pandemia ha exhibido también la insensatez del presidente de la república de seguir dándole respiración a un muerto, me refiero a Pemex y su aferramiento a construir una refinería. Nada más hay que ver los últimos acontecimientos de la caída impresionante del crudo, a nivel internacional, y con el consecuente colapso para el país. Pemex ya no pesa en la economía como antes y su contribución al Producto Interno Bruto (PIB) es cada vez menor. Dos indicadores lo evidencian: los ingresos netos de la paraestatal y el valor de la extracción de petróleo y gas a nivel nacional.

A este «alentador» panorama macroeconómico hay que sumarle que dos de las principales fuentes de divisas con las que el país contaba van a tardar varios años en normalizarse nuevamente, me refiero al turismo y a las remesas de los «paisanos».

Nuestra economía está basada primordialmente en la industria, agricultura, ganadería, servicios, comercio y pesca. Somos un importante exportador de materia prima y manufacturas, y el consumo interno y gran parte del desarrollo económico del país lo genera la iniciativa privada. Por eso es inconcebible el discurso y, sobre todo, la actuación de López Obrador con respecto al trato a los inversionistas tanto nacionales como extranjeros.

Es en momentos como los que hoy vivimos, cuando la personalidad de un líder se manifiesta sin caretas ni maquillajes, cuando se sabe si trae con qué o solo se imagina un traje como el del cuento del rey. Es en estas circunstancias cuando se sabe de qué está hecho, porque más allá de asesores, exigencias administrativas, es su temperamento el que determina la forma de gobernar el país.

Los autócratas, a diferencia de los demócratas, actúan por impulso, su hacer es dominado por lo que su yo le manda, incluso cuando habla le sale el personalismo enfermizo, dice «mi gente», «mi pueblo», «mi gobierno», en fin, los asuntos públicos reflejan la dimensión posesiva que lo domina. Esto se llama populismo. Hay un manejo mezquino de la incertidumbre social a favor del engrandecimiento de la imagen, de su imagen.

El autócrata es protagónico hasta lo enfermizo. A diferencia, un demócrata está conectado con todas las fuerzas políticas, al margen de ideologías, y en época de crisis deben mandarse al carajo. La nación unificada se requiere por encima de cualquier diferencia que pudiera existir, y el jefe de Estado está obligado a trabajar en pro de ella.

Hoy vemos momentos de gran tensión social, de abatimiento, de enfermedad y de muerte, y cuando se atraviesa por un trance de esta naturaleza la humanidad se prende a su capital social en términos de confianza.

Se requiere como el aire que se respira poder confiar en otros; y esto va más allá del seno de la familia y de los amigos, de los cercanos, de quienes se espera lo mejor, el círculo se ensancha porque se necesita confiar en personas que ni siquiera conoce uno, pero que tengan conocimiento para enfrentar el peligro o amenaza que se nos viene encima. Necesitamos confiar en instituciones en las que se deposita esa expectativa porque presumes que actuarán dando lo mejor de sí mismos, apegados a los cánones de la ética y que se conducirán abierta y transparentemente a favor de la sobrevivencia de todos.

La confianza individual y social se puede ganar, mantener o perder, aumentar o disminuir en distintos momentos y bajo ciertas condiciones a lo largo del tiempo, pero no hay mejor aglutinante, es el cemento de la sociedad, es lo que consigue que nos unamos en eventos como este. Admiro a Angela Merkel, la primera ministra alemana, porque en todo momento se conduce con prudencia afirmativa, porque da cátedra de buen gobierno, sin alharacas ni protagonismos. Aplaudo su liderazgo popular, íntegro e integral.

México necesita integrarse a símbolos e instituciones que reconozcamos como comunes, porque son los que le dan identidad a una nación, es urgente cimentar una idea común de país en torno a la construcción de un espacio en el que quepamos todos, independientemente de la ideología de cada quien, de su estrato social, de su religión, de sus preferencias sexuales, necesitamos darle vida a lo que se establece en la ley.

Lean el artículo 1 constitucional, por favor. Invito al presiente López Obrador a que lo haga también, porque parece que no está enterado y está empeñado en llevar al país en dirección contraria. Es más, si no nos concientizamos todos, esta pandemia va a ensanchar las diferencias. Hay demasiada niebla, se pierde la luz en semejante densidad provocada en mucho por la propia clase política, por el empobrecimiento intelectual de muchos de ellos que son incapaces de leer los renglones de la historia de este país, y también porque los domina la mezquindad y la intolerancia.

No estamos para hacer politiquería, ni para tolerársela a ningún político, por muy presidente de la República que sea, ni a ninguno de los vasallos que le reverencian por miedo o por complicidad. El enemigo no es el virus. El enemigo es la tozudez de quien sigue sin entender que su papel como jefe de Estado es unir al país. Incluso se ha atrevido, con una absoluta ausencia de sensibilidad, a enviar al Congreso iniciativas de ley que sus esbirros le han aprobado aprovechando la debacle generada por la pandemia, como esa absurda amnistía con fines electoreros y abonándole más a la inseguridad pública, problema número uno de los mexicanos, y la última, cuando esto escribo, con la que pretende disponer del presupuesto a su antojo.

Pero también es un llamado enérgico a la oposición que tiene el deber de unirse y conformar un frente inteligente y propositivo a favor de sus representados y combatir al dictador que ya está aquí. Es hora de que López Obrador deje de machacar lo que se hizo mal en el pasado —porque es absolutamente estéril— y que ha sido incapaz de solventar, de que le pare a su obsesión de estar alimentando rencillas y agravios, de subrayar lo que nos divide, y de abocarse a la unidad por la vía del diálogo racional y conciliador.

México necesita un nuevo contrato social, enraizado en objetivos comunes, como son la cohesión social, la igualdad de oportunidades a través de políticas públicas para que el bienestar deje de ser privilegio de unos cuantos; la auténtica división de poderes para acabar con el deleznable presidencialismo, el sindicalismo pero ya no en manos de lideretes sinvergüenzas que no levantan un dedo a favor de sus agremiados y se hinchan los bolsillos con dinero producto de acuerdos tomados en las cloacas con el gobierno o con empresarios de la misma ralea, entre otros. Necesitamos reinventar a México, cambiar la mentalidad de los mexicanos para que aprendan a ser dueños de su casa y a tratar a sus gobernantes como sus servidores a sueldo y temporales.

Hoy estamos enfermos de escepticismo, de desencanto en todo lo que tenga que ver con política y con poder público. Pero eso no va a curarse con repudio ni con indiferencia. Han sido ese asco y esa negativa a participar en los asuntos públicos precisamente, lo que nos ha dado esta realidad que abominamos.

Aprendamos la lección que nos está dando esta pandemia del COVID-19, que no solo vino a dejar expuestas las severas deficiencias estructurales que tenemos como país, sino a recordarnos nuestra humana vulnerabilidad y a que entendamos que solo juntos podemos vencerla.

Y hoy sabemos que aunque la crisis del empleo se agudice y no va a estar fácil hacer crecer la economía, cobran vida acciones plurales como cooperación, articulación, solidaridad… todas ellas son elementos sustantivos para fortalecer el capital social de nuestro país.

¡Que viva México!

 
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