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  Edición 639
  La raíz del desafecto
 
Editorial
   
  El desafecto del presidente López Obrador por los gobernadores tiene raíces profundas. Los conoce. Sabe cómo llegaron al poder, cuáles son sus intereses y a quién representan. A diferencia de sus predecesores, nada lo compromete con ellos, pues ganó las elecciones sin tener a uno solo de Morena; el único estado donde perdió fue Guanajuato, tierra de Vicente Fox, entonces bajo la batuta del panista Miguel Márquez. AMLO tiene informantes en los estados, además de los delegados, por los cuales está al tanto de los pasos de los mandatarios locales, incluso puede saber quienes utilizan el poder para enriquecerse.

Si en campaña AMLO palpó el ánimo social hacia los gobernadores, en sus giras como presidente escuchó abucheos y rechiflas contra la mayoría de ellos, los cuales silenció; algunos mandatarios, incluso, dejaron de acompañarlo para evitarse el mal rato, hasta que las cosas se normalizaron. En la rueda de prensa del 20 de abril, el presidente declaró que existe coordinación con los gobernadores para afrontar la emergencia sanitaria por el coronavirus y que su relación con ellos es cordial.

Sin referirse a la supuesta rebelión de un puñado de gobernadores contra el acuerdo fiscal, cuyo impacto en la opinión pública fue mínimo debido a su improcedencia en medio de la pandemia, AMLO dijo que la mayoría demanda más recursos, pues la recaudación se desplomó debido al paro económico por el COVID-19. Las participaciones y transferencias federales son las principales fuentes de financiamiento de los estados. En algunos casos, representan el 90% de sus presupuestos; el resto corresponde a ingresos locales, dijo.

Los estados con mayor recaudación propia —destinos de sol, playa y otros cuya economía depende del turismo— son más afectados, pero a ninguno se le han reducido las participaciones federales, aseguró el presidente. Reacio a los salvamentos por su cauda de corrupción, recomendó a los gobernadores ajustar presupuestos y aplicar «la política de austeridad republicana bajo el principio de que no puede haber gobierno rico con pueblo pobre. (Entonces) a reducir gastos sin despedir personal —ni pagar tanto en gasolina, teléfono, viajes, viáticos y un largo etcétera—; así se liberan fondos».

Advirtió, por otra parte, que tampoco cederá a las presiones para elevar la deuda. Las cartas de intención, firmadas en el pasado con organismos internacionales, comprometían al país a subir el precio de los combustibles, reducir los salarios, eliminar prestaciones sociales y privatizar la educación y los servicios sanitarios. «El periodo neoliberal dejó en bancarrota al sistema de salud; no hay médicos, no hay especialistas (…). Imagínense a qué se dedicaban: a comprar aviones de lujo, a derrochar, a robar», declaró.

Los gobernadores de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, primeros en plantear un nuevo acuerdo fiscal, acusaron recibo. Un día después del mensaje presidencial, arriaron banderas para «dar prioridad a la contingencia de salud». El tema pasó de las primeras planas de Reforma a notas en interiores. El jalisciense Enrique Alfaro, matizó: «No es mi propósito romper el pacto fiscal, (sino) hacer modificaciones de fondo para que haya un reparto más equitativo» (Mural, 22.04.20).

Así, la «rebelión» a la que se habían sumado los gobernadores de Michoacán y Durango, Silvano Aureoles (PRD) y José Rosas Aispuro (PAN), duró menos de una semana.

 
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