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  Edición 638
  ¿Presagio?
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Fue en Grecia, particularmente en Atenas, donde se vivió por primera vez un tipo de experiencia de relación social y de poder llamada Democracia. Filológicamente, democracia se origina de las palabras griegas demos=pueblo, y kratos=poder. Así que, literalmente, democracia significa poder del pueblo.

Sin embargo, mejor que esa definición literal, es la otra, la conceptual: gobierno de todos los ciudadanos; y todavía con mayor rigor, gobierno de los que gozan de los derechos ciudadanos, en oposición a la monarquía, gobierno de uno solo (rey, emperador) o aristocracia, gobierno de pocos.

La democracia tiene muchas claves comprensivas; todas son indispensables por lo que, si alguna de ellas falta, no tiene sentido hablar de democracia. Esas claves son, entre otras: los ciudadanos, el sufragio, los derechos, las obligaciones, la igualdad.

Una de esas claves está en la promoción de libertad individual frente al Estado. Esa libertad del individuo se manifiesta de manera concreta en libertades civiles —pertenecen al individuo— y libertades políticas —pertenecen a la colectividad, aunque siguen siendo individuales—.

En una democracia, ambas libertades se traducen en derechos inalienables; es decir, que no se pueden ceder a otros. Todos son reconocidos por el Estado.

Los derechos civiles son, entre otros: la libertad de pensamiento o de opinión sin ser coaccionado por ninguna autoridad; libertad de religión, donde los sujetos elijan el sistema de creencias que convenga a su desarrollo espiritual; libertad de reunión o de asociación, para intercambiar ideas y opiniones sobre asuntos vitales de la sociedad; libertad de trabajo para que el individuo se desempeñe en lo que desee, no en lo que pueda; libertad de tránsito donde el sujeto pueda desplazarse dentro de un territorio sin que nadie se lo impida; libertad de elección para tomar la opción política que desee para su sociedad.

Los derechos políticos, también son del individuo y se destacan dos en particular: derecho de votar para elegir representantes a cualquier poder de autoridad; derecho de ser votado, o elegido, para ser representante de la sociedad en los poderes de autoridad de la nación.

En una democracia ambos derechos, con todo lo que implican, deben ser una expresión libre, un ejercicio libre, una participación libre de la ciudadanía, sin que haya coacción alguna para cada uno de esos derechos.

Es cierto, la democracia parece más una utopía, de las muchas que ha habido a lo largo de la historia humana en su búsqueda por encontrar la mejor forma de convivir socialmente, que una aspiración que pueda realizarse en lo concreto. A pesar de eso, la democracia mantiene su vigor y es, hasta donde se sabe, la mejor forma de estructura política que se conoce hasta hoy.

El problema es ajustar la realidad a los supuestos teóricos. Hacer, en todo caso, que se correspondan mutuamente. Porque, naturalmente, esto que se acaba de mencionar es el supuesto teórico de la democracia. Es decir, es una concepción ideal.

Pero lo cierto es que la realidad siempre supera a todos estos supuestos teóricos que funcionan frente a una sociedad ideal. En la realidad los ciudadanos, los grupos, la sociedad, constituyen fuerzas que tienen un universo entero de intereses, emociones, expectativas, formas de interpretar el mundo, aspiraciones de poder, dinero, fuerza, que desean ejercer a su manera.

Por eso se necesitan líderes que sean capaces de conciliar todos esos componentes de las fuerzas de la sociedad; también que puedan concebir una estructura socio-política, socio-económica y socio-cultural que encauce esa complejidad hacia la institucionalidad y el Estado de Derecho.

En el México democrático de hoy, el cual vive esta contingencia sanitaria impuesta por la pandemia que se padece en el mundo, es el escenario ideal para que el líder que se necesita surja.

Pero hay gentes que, debilitadas por el extravío, pueden arrasar con las instituciones que ha costado tanto construir, y luego erigir sobre sus ruinas el monumento de un imaginario carente del más mínimo sustrato de razón.

A los individuos que se autoinutilizan para la realización de una vida normal, se les da, en el mejor de los casos, el nombre de románticos. Y sí, lo son, pero románticos de baja estofa, idénticos a los que se matan por que se les fue la pareja, los que reniegan de todo el pasado construido porque no han podido obtener en un tiempo ínfimo lo que es fruto de la paciencia y los largos años de trabajo arduo y disciplinado.

No me gusta el presidente, no creo que sea el líder capaz de ser interlocutor de todas las fuerzas políticas del país. Sobre todo, no me gusta verlo romántico, llorón, neurótico, ni poseído de los demonios más virulentos contra los que no se afilian a su pensamiento. No me gusta porque todo ese catálogo de etiquetas les ha sido aplicado a todos los enfermos de necedad aguda que en el mundo han sido.

Cuidado con eso porque no se es hombre sino muñeco, si en lugar de contener un alma dentro de la norma de ambición que la Naturaleza concede a los seres humanos, el necio se lanza al espacio insondable de las ambiciones locas, quiméricas, fuera de las fronteras de la realidad. Al que eso le pase, acabará perdiendo su salud, y muchas otras cosas más.

En pleno evento de la contingencia sanitaria, la nueva quijotada, en el peor sentido del término, del presidente: generar dos millones de empleos en brevísimo tiempo. ¿De dónde los va a sacar si en el primer año de su gobierno en que había prometido cien mil empleos por mes al término de ese periodo apenas pudo contabilizar el medio millón?

La realidad siempre es más grande que cualquier discurso. Destruyó el seguro popular y creó el Insabi y, en menos de lo que canta un gallo, la realidad evidenció el castillo construido sólo en la mente que imagina cosas. Hoy no tenemos la infraestructura adecuada para hacerle frente a ese mal.

No me gusta pensar que ese evento en Palacio Nacional donde informó su plan económico en la contingencia, sea un mal augurio, esa soledad de un presidente hablándole a nadie, gritando un ¡Viva México! Al que nadie respondió.

No, no quiero pensar que esa simbólica soledad en medio del silencio y su rostro descompuesto en las últimas mañaneras sean un presagio de males mayores.

Si así fuera, que sea el momento feliz en que la ciudadanía convertida en sociedad civil, sea la que responda, con el pleno derecho que le otorga la Democracia: ¡Viva!

 
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