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  Edición 638
  A coronavirus revuelto…
 
Edgar London
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  Cuando el zapato aprieta, la solidaridad y las buenas intenciones se van al carajo. Que conste que la historia no comenzó así y, por el contrario, en la fachada pública todavía encontramos llamados que nos conminan a ser buenas personas, responsables y proteger al prójimo así como nos protegemos a nosotros mismos. Un enunciado casi bíblico.

Eso, repito, en la fachada pública. Léase, los spots propagandísticos que trasmite la televisión; los mensajes de respaldo a la población publicados por los periódicos; las frases de aliento que personajes populares dejan caer constantemente en redes sociales —quiero pensar que de manera altruista y no mercenaria—; incluso las participaciones de políticos en programas de segunda mano donde, amén de cuidarse la corbata, alientan a la ciudadanía a cumplir con las indicaciones recomendadas por la Secretaría de Salud Pública.

Sin embargo, cuando traspasamos el umbral de la comunicación oficial, el panorama se muestra muy diferente. El centro de la ciudad sigue, a la hora pico al menos, tan lleno de gente como seis meses atrás. Las aceras continúan repletas de transeúntes que se rozan, interactúan, y si no el virus pandémico, se transmiten al menos el resquemor de ser contagiados. Los dueños de negocios pequeños permanecen al timón de los mismos. No pueden cerrar, alegan, porque de eso viven y, si no mueren, a la larga, por el COVID-19, morirán, a la corta, por inanición.

Los negocios medianos, aquellos que ya poseen sus propios trabajadores, pero en reducido número y su manejo de cuentas no suele ser el más transparente, digamos, lidian con problemáticas que igual tocan a empleados reacios a cumplir con sus obligaciones laborales, dada la «situación», que propietarios inescrupulosos que retrasan el pago, pagan a medias o, de plano, no pagan, escudados por la misma «situación».

Algunos negocios grandes sí cerraron e imagino que, a estas alturas, ya estarán estudiando estrategias para volver a abrir. No por afán lucrativo. Se trata de un elemental sentido de sobrevivencia. Almacenes, tiendas mayoristas y comercios afines son víctimas de atracos a lo largo y ancho del país. Resulta evidente que no se precisa de zombis rengueando por las calles para que los sanos se conviertan en vándalos.

Un factor común en cualquiera de las categorías de los negocios antes mencionados es el desempleo. Liquidan o corren sin misericordia a fulano y zutana. Eso sí, les dan la patada con estilo y, adjunta, corre la vaga esperanza de recontratarlos apenas superada esta contingencia.

Los supermercados, que han visto disminuir la variedad de ventas de artículos por razones obvias, no tienen reparos en aumentar el precio de aquellos que son considerados de primera necesidad.

Y los bancos —esa otra fuente de pandemias financieras— promulgan controvertidos ejercicios de apoyo para sus clientes. Se trata de planes que, en muchos casos y sin desglosar detalles, aportan a sus prestatarios oxígeno a corto plazo y, transcurrido el período de gracia —que va de cuatro a seis meses— gas Zyklon B a esos mismos deudores o cuentahabientes. Una maniobra digna del Tercer Reich.

Otros peces gordos, como la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, optan por hacerse de la vista gorda y mantienen activa su ley de garrote.

La politización de la enfermedad rinde para planas completas y no menos horas en espacios televisivos y radiofónicos. Lo mismo encuentras al que trata cual mesías al presidente —ya había quien lo hacía desde mucho antes, advierto— y alaba su acertada posición y firmeza para enfrentar esta hecatombe que al opositor acéfalo y furibundo, empeñado en culpar al gobierno de cuanto ocurre en el país. Es decir, de la fatídica curva ascendente en el número de infectados, de los muertos por el virus y hasta del origen del mismo si le dan rienda suelta.

De las redes sociales, ni hablar —mejor escribir—. De un clic a otro el internauta puede pasar del horizonte más sombrío y desolador, donde pululan las palabras de desaliento y los horribles testimonios de familiares fallecidos, al escenario más festivo, atestado de memes, imágenes chistosas y frases de doble sentido. En tales ámbitos la información se torna un caos total. Las estadísticas oficiales se contradicen, según la fuente, y la opinión de los analistas deja mucho que desear.

Este río revuelto atrae a más de un pescador. Y si de pescadores con buena y loca fortuna se trata, ¿qué decir del subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud e imprevisto portavoz del gobierno de México, el doctor Hugo López-Gatell, cuya presencia terminó por opacar a la de su superior, el también doctor Jorge Carlos Alcocer Varela, actual secretario de Salud?

Convertido, de la noche a la mañana, en el nuevo latin lover de México, López-Gatell, justo es decirlo, aparece en cámara con el firme objetivo de informar al público y, de ser posible, transmitirle una dosis de tranquilidad a las personas, pero terminó por agenciarse la admiración de las mujeres y el rencor de algún que otro periodista resentido. Así las cosas...

 
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