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  Edición 638
  Lo insólito
 
Rosa Esther Beltrán
   
  Alas y cielos en el encierro:

Tengo el asombro esencial que tendría un niño si,

al nacer, se diera cuenta que nació de veras

Caeiro/Pessoa

Durante siglos, la vida humana en la Semana Santa giró en torno a lo religioso. El luto por la muerte de Jesucristo se manifestaba en casi todos los aspectos de la vida, la comida, el silencio, se suspendían las audiciones de programas de radio o televisión que no tuvieran relación con las ceremonias religiosas y en el ambiente social imperaba un halo de tristeza.

En las tres últimas décadas del siglo XX pausadamente la religiosidad de la Semana Santa se fue diluyendo. Ya no eran los templos los lugares de reunión, a éstos los relevaron las playas y el asueto, la religiosidad y los ritos fueron debilitándose aunque aún conservan vigencia en amplios sectores de los estratos populares y aún en los medios.

Quién lo iba a pensar, la pandemia del COVID-19 con el confinamiento ha modificado de tajo las costumbres religiosas del cristianismo, ahora todo fue virtual, los días santos, el jueves, viernes, sábado y domingo de Resurrección los pudiste seguir en Facebook u otros medios en Internet, desde al papa Francisco en la ciudad del Vaticano hasta el clérigo más modesto al servicio de los pobres, si tienen acceso a la red pudieron unirse a las ceremonias religiosas de ese tiempo desde cualquier lugar.

Dando un vuelco de la religión a la pandemia del COVID-19, sabemos que la modernidad con la revolución digital arrasa y se impone. De hecho, las creencias del siglo XIV que culpaban al demonio de las epidemias, fueron superadas por la investigación científica cuando se descubrieron las vacunas que son una aportación valiosa de la actividad científica del siglo XIX con el desarrollo de la bacteriología.

En México el desarrollo de la investigación epidemiológica tuvo un gran avance durante toda la primera mitad del siglo XX, de hecho se erradicaron la viruela y la poliomielitis y se controlaron la tos ferina, la difteria y el sarampión, pero bajo el imperio de los gobiernos neoliberales, las áreas de investigación fundamentales para atender con eficacia las contingencias se desmantelaron.

Ana María Carrillo Fraga, médica y socióloga de la UNAM, especialista en historia de la medicina y de las epidemias, afirma que México ha perdido autosuficiencia para hacer vacunas y ha desmantelado o disminuido buena parte de la infraestructura sanitaria con la que fue capaz de responder de forma eficiente a contingencias como las que representan un contagio generalizado, esa destrucción se debió en parte a la entrada de las empresas trasnacionales y al descuido y falta de capacidad del Estado para hacer diagnósticos.

La especialista advierte que ahora el país importa las vacunas antirrábicas, contra tuberculosis y antisarampión, las que se producían en la nación desde 1888, y en los años 30 hasta 80 del siglo XX.

En esa época había recursos humanos y tecnológicos, así como capacidad para producir, controlar, almacenar y distribuir biológicos en la cantidad, calidad y oportunidad requerida. Había autosuficiencia y se exportaban las vacunas a 15 países, ahora falta mayor articulación para conjuntar investigaciones y apoyo económico para configurar políticas, afirman especialistas

Es evidente que el Estado debe retomar su papel en la prevención de la salud, además de mejorar los servicios públicos para fortalecer a la nación ante situaciones de emergencia, la crisis sanitaria actual muestra la necesidad urgente de unir ciencia y políticas públicas.

La pandemia y silencio

En el silencio están los altos rumores de una quietud que se instaló en nuestro territorio, parece que nos encontramos en una aldea poco habitada, ¿dónde está la multitud de niños que pueblan las escuelas, los maestros, en dónde los trabajadores de las fábricas, los comerciantes de los tianguis, los deportistas, los automovilistas, los artistas? todos en el encierro, quizá inquietos por descifrar el tiempo en que saldrán del claustro, anhelantes de que la vida vuelva a su cauce, como el río que cuando se desborda arrasa, pero al cabo del tiempo su correr es cual dulce melodía.

Parece hiperbólico que una diminuta e invisible criatura, el COVID-19, esté causando tan devastadores efectos a la humanidad, aunque ésos tal vez sean menores que los que los humanos provocamos durante milenios al planeta tierra.

Aunque resulte paradójico, el pequeño bicho nos está ofreciendo la oportunidad de repensar en qué medida tú, yo y todos hemos contribuido a crear el caos terrestre en el que vivimos, ya enumeramos en este espacio las diversas crisis de elementos vitales que padecemos, además de la pandemia.

Ahora que muchos tenemos la oportunidad de estar en casa, es el momento óptimo para realizar una auto indagación interna para aquietar nuestra mente, nuestros pensamientos y emprender una reorientacio?n armoniosa de la conducta, eso que se llama, «tomar conciencia» de la naturaleza de los condicionamientos y mecanismos que nos gobiernan, se trata, en definitiva de observar, aceptar y comprender.

El silencio es fecundo, el silencio tiene voz cuando expresa la culminación de un proceso que se caracteriza por un flujo permanente de toma de consciencia sobre el cuerpo, las emociones, las percepciones y los procesos mentales.

No se trata de una auto indagación cri?tica sino de observar el juego de nuestros automatismos mentales, observarlos y darnos cuenta, así podemos «soltarlos» y quedar más libres y disponibles hacia los dema?s y hacia nosotros mismos y hacia la vida, porque el mutismo cierra, mientras que el silencio nos abre, esto puede parecer raro.

Hay estudios de científicos alemanes que aseguran que en el silencio la experiencia resuena con un eco parecido al de la sonoridad de las notas musicales cuando encuentran un espacio para disolverse en el silencio.

Tras la visión de cualquier pensamiento en el campo de nuestra conciencia, podemos realizar una pausa para salir del nivel del pensamiento y observar: Eso es un pensamiento. No soy yo, es tan solo un raciocinio. Observo la calidad del pensamiento, sin juzgarlo, y co?mo se asocia al nivel emocional. ¿Co?mo me hace sentir pensar asi?? Este ejercicio, si se hace con disciplina, permite sentir en el cuerpo el efecto de mis raciocinios.

Esto puede parecer muy ajeno a la vida cotidiana porque después de todo es un trabajo mediante el cual decrece la cantidad de pensamientos que generan ruido innecesario a nivel emocional y sucede asimismo que los pensamientos improductivos pierden fuerza.

El silencio acaba resultando acogedor y dulce. Con e?l podemos hacernos cargo de nuestro mundo emocional, e igualmente aprendemos a abrazar todo lo que de ahí surge y se desvanece.

Lo decía José Saramago, Premio Nobel de Literatura: «El silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundo. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. Todas las palabras. El trigo y la cizaña. Pero sólo el trigo da pan».

Oh, dios del silencio, que creas el mundo con tu escucha. No nos respondas nunca, aunque el deseo de hacerlo sea fuerte, pues una sola palabra tuya podría destruirnos.

 
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