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  Edición 638
  ¿Estatizar es la solución, presidente López?
 
Esther Quintana Salinas
   
  No me gusta el derrotero que estoy viendo. ¿Qué quiere López Obrador? ¿Estatizar la economía de México? ¿Pauperizar al sector privado, o de plano extinguirlo? ¿Cargarse las libertades democráticas? Vamos que volamos a un sistema de planificación económica centralizada, pero por supuesto que no al estilo de la alemana, porque allá sí existe una división de poderes en el que destaca el equilibrio ejercido desde el Bundestag.

Esta pandemia sanitaria en nuestro país pone a la vista lo que López Obrador quiere para México, un papel preponderante del Estado, convertido en dueño de cuanto exista, apropiándose de todo el sector productivo, por supuesto para desgraciarlo, como ha sido en todos los países que cayeron en ese «juego» desastroso.

Y si esto llega a consumarse, que nadie se engañe, será de forma permanente. Vamos a un Estado concebido como en el Leviatán, dispuesto a ser el cancerbero de nuestras vidas desde el nacimiento hasta la muerte. Los recursos que se requerirán para sostener esta elefantiasis no se podrán tener más que recurriendo al endeudamiento exterior.

Un Estado de ese tamaño es un barril sin fondo. Prácticamente todos los servicios se vuelven públicos. Y cuente con reformas laborales a favor de los sindicatos para fortalecerlos, porque desde la perspectiva manifiesta lópezobradorista ellos son los grandes generadores de empleo, y todo esto porque «primero los pobres».

¿Se imagina al Estado en todo…? Que dé de comer, que vista, con exclusividad para educar, empleador, arrendador, único prestador de servicios de salud y sepulturero. No obstante, el endeudamiento al que irremisiblemente tendrá que recurrir para su papel de mecenas todopoderoso, va a necesitar cobrar impuestos… pero en una economía sin sector privado… ¿quién va a pagarlos?

Entonces ¿qué hará? Pues se irá sobre los bienes de quienes los tengan, y ahí está la historia, no es invento mío, a expropiar. Los socialistas «disfrutan» meter la mano en el bolsillo ajeno. ¿Cuba? ¿Venezuela? Los pongo de ejemplo porque son lo más cercano territorialmente hablando, pero en la historia del mundo se da cuenta de los desmanes cometidos por estos «gobiernos» de izquierda.

Es muy común escuchar al presidente López Obrador hablar de austeridad y de recortes en su administración, pero nunca le he oído que mencione el término eficientar. ¿Cómo le va a hacer para aguantar el peso de una sociedad dependiente hasta el tuétano del «favor» del Estado? El endeudamiento al que a fuerzas va a tener que recurrir con esa locura hacia la que conduce al país, va a tener que cubrirse… ¿Con qué? si no habrá productividad. ¿Qué tiene en el radar? ¿Financiación monetaria? ¿Expansión monetaria? ¿Darle a la maquinita de hacer billetes? Consecuencia: Hiperinflación. Ya sabemos de esos dolores en México. Y volviendo a la historia, la hiperinflación catapultó a Hitler al poder.

En el grueso de los países la actividad económica en su conjunto tiene dos vertientes sustantivas: la iniciativa privada y la participación del Estado. Como pauta general, se produce un cierto equilibrio entre un sector y otro, sin embargo, cuando el Estado asume un mayor protagonismo se produce la estatización. En los regímenes socialistas y en algunos nacionalistas el estado controla ciertos sectores de la economía. En México, en términos del artículo 28 constitucional están prohibidos por ley los monopolios, no obstante el Constituyente reservó y dijo que no se consideraban como tales las que el Estado ejerciera de manera exclusiva «…en las siguientes áreas estratégicas: correos, telégrafos y radiotelegrafía; minerales radiactivos y generación de energía nuclear; la planeación y el control del sistema eléctrico nacional, así como el servicio público de transmisión y distribución de energía eléctrica, y la exploración y extracción del petróleo y de los demás hidrocarburos…». Usted, estimado leyente, haga el balance.

La estatización parte de una idea fundamental: que los intereses generales de una sociedad no pueden estar en manos de los sectores privados. Quienes promueven las nacionalizaciones —como la del petróleo que corrió por cuenta de Lázaro Cárdenas y la de la energía eléctrica con Adolfo López Mateos— afirman que algunos sectores económicos tienen un valor estratégico para el conjunto de una nación y, en consecuencia, no es razonable que estén en manos de los intereses particulares de unos accionistas e inversores. La propiedad estatal de los bienes de producción se ha puesto en funcionamiento en los regímenes comunistas a lo largo del siglo XX. El balance final de la estatización ha sido negativo, ya que el sector público no ha gestionado los recursos de manera eficaz y tampoco ha logrado satisfacer las necesidades de los consumidores.

El fracaso de la gestión pública de los grandes sectores de la economía obedece, entre otras causas, a que un monopolio coarta la libre competencia. En un mercado competitivo los precios de los productos tienden a la baja y esto favorece a los consumidores. Además, el control desincentiva la innovación tecnológica y le pone freno a la inversión extranjera. La praxis en algunos países ha demostrado que el sector público no tiene la capacidad de satisfacer de manera correcta las necesidades de la población, a más de dejar en evidencia su imposibilidad en la gestión de los ingresos de un país, acumulando un gran nivel de déficit. Ejemplos: Pemex es un pozo sin fondo, podrido en corrupción e impunidad al que López Obrador le quiere seguir invirtiendo. Y sus obsesiones… ¿Una refinería? ¿En estos tiempos? ¿No lee? Y el Ejército metido a constructor en Santa Lucía… ¿Cómo?...

En un Estado como el que pretende imponer López Obrador, la cooptación es elemento sine qua non, ya que a través de ella se logra que actores y grupos influyentes que están fuera del núcleo gubernamental se sumen a la dictadura. El origen de estos actores estratégicos viene en mucho de los sectores económicos… Lo estamos viendo ahora, Salinas Pliego, Slim, por poner dos ejemplos de los más representativos del sector en comento. A cambio de «su lealtad» van privilegios políticos, concesiones, posiciones…etc. La misma basura de siempre, corrupción, redes patrimoniales, clientelismo…

En otras épocas eran «fuente» preponderante también los militares o los encargados de la seguridad pública, Chile, verbi gratia. Apunta Tony Judt en su libro Algo va mal (2011): «De la amarga experiencia del siglo pasado hemos aprendido que hay cosas que los Estados definitivamente no deben hacer. Hemos sobrevivido a una era de doctrinas que pretenden decir, con un aplomo alarmante, cómo deben actuar nuestros gobernantes y recordar a los individuos —mediante el empleo de la fuerza en caso necesario— que quienes están en el poder saben lo que es bueno para ellos. No podemos volver a todo eso».

El coronavirus debería ser la ventana de oportunidad para trabajar en la creación de un eficiente sistema de salud público, de una sociedad civil educada y formada para ser participativa, de un Estado convertido en garante de los acuerdos sociales, con la ciencia y la tecnología al servicio del bien público, pero no para controlar a la población ni para ejercer vigilancia o experimentos sociales, sino para generar bienestar a través de todo lo positivo que estas aportan.

Se tiene que desarrollar un acuerdo de proporciones nunca antes visto para que efectivamente cambie la vida de tantos mexicanos que por generaciones han vivido al margen de cualquier cosa parecida al bienestar, esto es prioridad, pero no como se ha hecho desde siempre en nuestro país.

Eso significa generar condiciones para que efectivamente la gente sea autosificuente. Es deleznable un Estado manipulador. Es indigno e indignante ver cómo este gobierno tiene atrapados a los más vulnerables, que son los ignorantes, los que se creen cualquier cosa y le aplauden y le celebran todos sus dislates.

Se ha vendido ante estas personas como el salvador de la patria. Hay un profundo desprecio en su discurso por todo aquello que no encaje en su visión cerrada de gobernar y administrar. Su autoproclamado amor por los pobres es solo retórica, jamás la pobreza se ha apaliado con asistencialismo, con reparto de prebendas a través de programas sociales sin reglas de operación de por medio, y sembrando odio y divisionismo, como lo hace todos los días.

El cinismo y tratar a la gente como si fueran un puñado de idiotas —como lo creen algunos «gurúes» de estrategias de comunicación— se pagan muy caros. A veces la factura tarda en llegar, pero llega. Esta tragedia que hoy vivimos tiene que estremecer conciencias, compatriotas. Reflexionemos al respecto.

 
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