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  Edición 638
  Soluciones incendiarias
 
Editorial
   
  Junto con Donald Trump (Estados Unidos), Boris Johnson (Reino Unido) y Jair Bolsonaro (Brasil), Andrés Manuel López Obrador (AMLO) forma parte de la corriente de líderes populistas que llegaron al poder envueltos en las banderas del nacionalismo. Según las circunstancias de cada país, capitalizaron el enfado ciudadano por la situación de la economía, los emigrantes, la corrupción, el descontento con la clase política tradicional y la crisis de los partidos. AMLO encabeza un gobierno de izquierda; los otros son de derecha.

Ser de las democracias más antiguas y consolidadas del mundo, con 220 y 135 años de existencia, respectivamente, le permite a Estados Unidos y al Reino Unido lidiar con todo tipo de presidentes, así sean chivos en cristalería, como en el presente. Con instituciones fuertes y una auténtica separación de poderes han logrado superar crisis políticas y económicas. En Brasil, la democracia se reinstauró en 1985 tras 21 años de dictadura militar; en México, la transición inició en 2000, luego de siete décadas de partido único.

Bolsonaro, quien se había eternizado en la Cámara de Diputados, ganó la presidencia en 2018. Dos años antes, el Senado había destituido a Dilma Rousseff, en cuya juventud ocurrió el golpe de Estado de 1964. El suceso marcó el fin de 16 años de gobierno del Partido de los Trabajadores, iniciado con Lula da Silva en 2001. Bolsonaro —excapitán del ejército— simpatizó con la dictadura de Brasil y otros países. La mayor parte de su carrera política la desarrolló en el Partido Progresista, extensión de la Alianza Renovadora Nacional (Arena) aliada del régimen militar. Después militó en el Partido Social Liberal, al que renunció para iniciar la formación de Alianza por Brasil, de extrema derecha.

López Obrador (Morena) obtuvo la presidencia en su tercer intento con 5.4 millones de votos más que los captados por Ricardo Anaya (PAN), José Antonio Meade (PRI) y Jaime Rodríguez (independiente) juntos. En la elección presidencial previa, los candidatos de oposición superaron por 10.5 millones de sufragios a Peña Nieto. Los partidos tradicionales pagaron caro su alejamiento de la sociedad y la desaparición de fronteras entre ellos. La adicción al dinero del erario y a los negocios al amparo del poder los convirtieron en entes burocráticos.

La oposición a AMLO no está hoy en los partidos, cuyos líderes sufren de enanismo —sobre todo Alejandro Moreno, del PRI—, sino en los 24.7 millones de mexicanos que votaron por Anaya, Meade y Rodríguez. A ellos deben sumarse los ciudadanos insatisfechos con la cuarta transformación. Se trata, sin embargo, de una fuerza dispersa. La caída de AMLO en las encuestas refleja ese malestar, pero también puede ser engañoso. El desahogo en las redes sociales será inútil si no se traduce en votos.

Mientras los líderes empresariales, los gobernadores y los medios de comunicación echan chispas y lanzan anatemas contra el gobierno federal, el presidente avanza su agenda social y permanece en campaña. El primer objetivo consiste en volver a ganar el Congreso y la mayoría de las gubernaturas en las elecciones del año próximo; el siguiente será ligar un segundo sexenio en Palacio Nacional. Los programas sociales aseguran votos. Como a Salinas, Calderón y Peña Nieto, a AMLO también se le ha pedido renunciar. No lo hará. El Congreso tampoco puede destituirlo pues, aparte de no preverlo la Constitución, controla ambas cámaras. Pensar en otras «soluciones» incendiaría al país.

 
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