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  Edición 637
  De la ficción a la realidad, de la realidad al espanto
 
Edgar London
Twitter: @EdgarLondonTuit
Sitio Web: www.edgarlondon.com
Email: correo@edgarlondon.com
   
  «El hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma». La frase es de Albert Camus y quedó inmortalizada en su novela La Peste, ahora tan recordada y releída —a pesar de que fue publicada por primera vez hace ya 73 años— pues su argumento transcurre en Orán, Argelia, durante el azote de una epidemia muy parecida a la que hoy afecta al planeta entero.

No deja de ser curiosa la intrínseca relación que suele establecerse entre realidad y ficción y que, en momentos como estos, se torna todavía más fuerte. Mientras los humanos desarrollamos la imaginación para poner en jaque la vastedad del universo mismo, intentando acaso superarlo, el mundo, una y otra vez, sin prisa pero sin tregua, vuelve a mostrarnos que nunca estamos preparados del todo para lo próximo que acaezca.

Sin embargo, no se trata ahora de levantar la mano de un triunfador, sino de aprender a nutrirnos de las experiencias personales y ajenas —no importa si reales o ficticias— para enfrentar los contratiempos que nos impone la vida, casi siempre en su significativo rol de antesala de la muerte. No olvidemos que, apenas nacemos, nos dedicamos a morir. Y unos lo logran más rápido que otros, sin duda.

Es el tiempo, justamente, el elemento principal donde nos movemos y, en medio de una pandemia, las manecillas del reloj amenazan con comportarse de forma arbitraria. A veces de forma acelerada, a veces lenta y desesperante.

Por ejemplo, desde el 1 de diciembre de 2019, cuando en la ciudad de Wuhan, China, se detectó por primera vez a un grupo de personas con un cuadro de neumonía aguda, originada por causas desconocidas y que, a la postre, sería el despertar del COVID-19, hasta la fecha, se han contagiado más de 850 mil personas y fallecido por tal motivo más de 41 mil 600 —probablemente, para cuando usted lea estas líneas, la primera cifra habrá superado el millón y las muertes ronden los 50 mil, siendo muy conservador—. Es decir, el tiempo no ha sido suficiente para que los científicos, alrededor del globo, logren concretar una vacuna que ponga fin al virus. A pesar de ello, nosotros, potenciales víctimas, tenemos la sensación de que ya ha transcurrido una eternidad, desde que esta pandemia se desató. Y esa sensación se extiende y multiplica a medida que más tiempo pasamos encerrados en nuestras viviendas. En cambio, cuando alguien es diagnosticado con el COVID-19 —según testimonios de algunos afortunados sobrevivientes de la infección— quiere atesorar cada segundo que respira porque no sabe si la próxima inhalada logrará llegar a sus pulmones. El tiempo, para ellos, transcurre a una velocidad indescriptible y, sus deseos, por lo tanto, se hacen muchas veces inasibles.

¿Cómo subsistir entonces a esta hecatombe que ha escapado de las páginas de los libros y de las proyecciones fílmicas para rondar alrededor de nuestros hogares? ¿Cómo enfrentarlo cuando no hay un héroe con capa y súper poderescapaz de protegernos? El factor humano es la respuesta, pero el factor bueno.

Todo hombre tiene su lado oscuro y no es de extrañar que durante los peores escenarios aflore, en muchos, sus peores características. El egoísmo suele ir a la vanguardia; luego, la indiferencia hacia el prójimo y hacia todo aquello que no nos aporte algún beneficio directo; pronto, la violencia se hace presente y es el instrumento más utilizado para resolver nuestras diferencias o urgencias; por último, esta cadena nos lleva a considerar la muerte, no como un fenómeno a evitar, sino como un recurso factible y del cual podemos disponer. La muerte ajena, al inicio; la propia, poco después.

Por eso hago mención del factor bueno. Si bien, cada elemento citado con anterioridad es parte intrínseca e irrevocable del ser humano, también tenemos valores que nos pueden ayudar a sobrevivir. No faltará, en tiempos de crisis, los verdaderos líderes —no confundir con los figurines políticos— capaces de levantarnos el ánimo con su ejemplo y sacrificio. También aprenderemos a valorar a los científicos que, usualmente, quedan relegados al último escaño dentro de la admiración social, sepultados bajo el nombre de actores, músicos, deportistas y hasta socialités. Haremos de la disciplina un hábito porque cumplir con los consejos sanitarios bien podría mantenernos con vida. Y, por supuesto, nos aferraremos al amor porque será por amor (a nuestra pareja, a nuestros padres, a nuestros hijos y a quien mueva nuestras pasiones y desate nuestros mejores sentimientos) que habremos de luchar y convencernos de que este episodio de nuestra existencia tendrá fin y, como todo lo que tiene fin, será breve.

Quien no lo comprenda se arriesga a convertir sus días en un verdadero infierno y mañana, si sobrevive, dirá, en palabras de Camus, que «todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina».

 
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