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  Edición 637
  Está despertando al león…
 
Esther Quintana Salinas
   
  La ley, aunque algunos políticos se nieguen a aceptarlo, no es un instrumento a su servicio que puede cumplirse o incumplirse embozada en el manoseado «mandato recibido en las urnas». Someterse al imperio de la ley fue lo que trajo civilidad a la sociedad, porque hasta antes lo que privaba, en orden cronológico, fueron la ley de la selva y luego la del Talión, y ninguna de las dos trajo orden, ni paz.

Por eso es tan relevante destacar, que tanto en su vertiente sustantiva como en la procedimental, es la máxima expresión de igualdad. De modo que no nos engañemos o no nos dejemos engañar, cuando llegan individuos al poder y se valen de consultas absolutamente ilegales al «pueblo sabio» para salirse con la suya, eso es usar la puerta de atrás, eso es escupir a la democracia y promover la inequidad y la división. Cuando se le usa para «servirse» con propósitos electoreros, como hoy ocurre en nuestro país, y se burlan el respeto y la efectividad de los derechos y libertades de los mexicanos, es hora de que nos despabilemos y empecemos a darle vida a la sociedad civil como contrapeso al que se siente investido por fuerzas extraterrenales para imponer sus caprichos dictatoriales.

Ya tuvimos dos dictadores en el pasado, de infausta memoria, y 70 años de hegemonía partidista, y estamos repitiendo, y su peor parte, la más retrograda… ¿Somos masoquistas? ¿No estiman compatriotas que llegó la hora de ponerle un hasta aquí? ¿Con qué? con participación ciudadana. Tenemos que aprender a ser ciudadanos.

Lo digo abiertamente, estoy hasta la ídem de políticos carismáticos. Un término muy de moda en nuestros tiempos. Se trata de una cualidad o don natural que tiene una persona para atraer a los demás por su presencia, su palabra o su personalidad; también se le asigna a una persona «con ángel», es decir con esa capacidad personal para cautivar a otros, para atraerlos y seducirlos, convirtiéndolos en seguidores y admiradores; por ende, el líder carismático se vuelve personajazo en su partido, ya que es imán para acumular poder con el beneplácito correspondiente.

Esos individuos que se hacen notar y que sobresalen de entre el resto de la militancia, se convierten en la corta o en la larga en una especie de superhombres que todos admiran y acatan sus opiniones y sus decisiones, y eso entraña un peligro cuando no se sabe que es lo que hay debajo de esa imagen «carismática», de esa personalidad que arrebata aplausos y pleitesía.

El carismático tiene tendencia a sentirse «iluminati», a creerse el culmen de todas las virtudes conjugadas en singular en su persona; sus ansias de protagonismo traducidas en el despliegue de un ego engrandecido por las loas y los aplausos, lo van convirtiendo en un sujeto al que llega un momento en que su descontrol es tal, que arrastra a la propia organización que le toleró cuanto hizo a cambio de montarse en los cuernos de la luna.

Debemos tener claros los riesgos que conlleva la aparición de líderes carismáticos para la democracia, sobre todo una tan enteca como la mexicana, con ausencia de equilibrios institucionales, con un poder Legislativo en el que permanece el sometimiento supino al Poder Ejecutivo, porque los electores le entregan todo en charola de plata al partido gobernante en turno, y entonces, como lo hemos visto desde siempre —los que vemos, porque al grueso de la población le importa un rábano— es como se legisla a favor de los caprichos del carismático y no por el bienestar del pueblo, al que se supone representan.

Lo estamos viendo ahora mismo, es deleznable la postración de Morena y sus aliados al presidente López Obrador, como antes fue la del priismo a los muchos suyos que hubo en la primera magistratura. Con un presidencialismo viento en popa a toda vela como el que tenemos en México, enfermo de soberbia y arrogancia, que hoy en plena crisis sigue exhibiendo sin pudor alguno el titular en turno en detrimento de lo que el sentido común, nada más el sentido común, instruye, sabemos que la cosa pública gira en torno absoluto de quien gobierna, aunque no gobierne. Y esto nos va sabiendo a muchos a pura despreciable tiranía.

Hoy, frente a esta crisis, lo que se requiere es ejemplaridad, seriedad, rigor en todo sentido, sobre todo de quienes tienen responsabilidades públicas. Y no es lo que tenemos. Hay un clown en el poder ejecutivo federal, un individuo que no es capaz de aceptar sus limitaciones, porque como cualquier mortal las tiene, cuya cerrazón que es inconmensurable —porque se alimenta yo no sé en qué tipo de pasado, pero acusa por lo que se ve, frustraciones, resentimientos, complejos insuperados, vacíos interiores abismales, rabia y sobre todo mucha sed de venganza— le impide escuchar otras voces, otras opiniones, otras visiones, porque está convencido de que las suyas son las únicas que sirven y de ribete quien no las comparta, es su enemigo… Malhaya para un político semejante actitud.

Cuando gobierna un demagogo todo se va al arroyo, y lo sabemos. La victoria del demagogo es pasajera, pero lo que daña su ruindad es permanente. Como me gustaría verlo aunque sea una sola vez, como Winston Churchill, primer ministro del Reino Unido, durante la Segunda Guerra Mundial, sentado al lado de Clement Attlee, el jefe de la oposición, en el Consejo de Ministros, determinando lo que iban a hacer para sacar a su país, en plural, adelante.

Pero aquí a lo que se dedica López Obrador es a burlarse de la oposición, a ponerle apodos, y a culpar a todos los que lo antecedieron de cuanto su incompetencia no ha sabido resolver como presidente de la República. ¿A quién carajo le resulta útil eso?

Su protagonismo enfermizo y sus posturas radicales no le sirven a México en estas horas oscuras que estamos viviendo. Su incapacidad para el diálogo es pecado mortal en un político. ¿Cuándo entenderá que con su intransigencia no abona en nada a la unidad que necesitamos los mexicanos? ¿Por qué ese empeño enfermizo de que nos veamos como enemigos? Que obsesión por el separatismo, por destruir puentes y levantar muros, en vez de promover la solidaridad, la inclusión y el pluralismo. Tanto que hay que hacer en este tiempo que lo que nos demanda son sumas. ¿Por qué siempre en pos de la incompatibilidad, de lo que se contrapone?

Me gustaría saber con cuantos empresarios fabricantes de textiles se ha puesto de acuerdo para la fabricación de batas, de ropa que utilizan médicos, enfermeras y personal diverso que hacen que un hospital deje de ser un edificio a secas y funcione para lo que es, que dialogo ha tenido con quienes se dedican a la manufactura de guantes, de cubre bocas, de mascarillas, porque hoy se han vuelto productos de primera necesidad.

Me encantaría ver un presidente con menos mañaneras y con más iniciativa para garantizar que los sectores estratégicos indispensables permanezcan funcionando para cubrir las necesidades básicas de toda la población, como son los de alimentos y el farmacéutico. Volteándose hasta de cabeza para abastecerse de camas, de respiradores, y de que haya camiones y camioneros que protejan y transporten estos insumos.

También que nos informara con cuantas cadenas hoteleras ha acordado que coadyuven poniendo a disposición de esta necesidad sus grandes salones para transformarlos en hospitales, si hubiera lugar para ello. Adelantarse a lo que pueda venir. También, si está trabajando con las empresas tecnológicas para que no se caiga el Internet, tan importante para la comunicación de esta época. Y si ya entendió que el papel de los medios de información resulta sustantivo para proporcionar información veraz, oportuna, completa, útil, precisa, rápida y comprometida.

Necesitamos que se asuma realmente como comandante supremo, por mandato constitucional, de las fuerzas armadas, para que hagan su tarea de salvaguarda con toda la fuerza de la ley, junto con la Guardia Nacional, para que los mexicanos nos sintamos protegidos y los delincuentes amedrentados. Coadyuvar con las autoridades locales para garantizar la seguridad pública es el primer deber de un gobierno.

Hoy tanto el Ejército como la Guardia Nacional son el hazmerreír de los bandidazos, gracias a las instrucciones que les ha dado. Ya empezaron a asaltar centros comerciales y negocios particulares. Y sino se mete freno va a convertirse en una catástrofe más. Y me parece que basta y sobra con el coronavirus. Por otro lado, sería un acto de solidaridad sin parangón el que instruyera a su Secretario de Hacienda para que se suspendan las declaraciones de impuestos, asimismo que se decretara una tregua para el cumplimiento de las obligaciones impositivas a los millones de mexicanos que, enclaustrados en sus casas, viven la angustia por lo que suceda a sus hijos y a sus mayores. Que meses más delante se regularice la situación. Pero no ha dicho ni pío.

Necesitamos un gobierno sin tufo de inoperancia, de ineficacia. Un gobierno que no esté enfermo de radicalismo, de ignorancia, que no se conduzca con la violencia y la intolerancia propia de las marchas setenteras, un presidente que se respete a sí mismo respetando a los que invitó a ser sus secretarios de gobierno, porque cada vez se ven más chiquitos, y algunos ya ni se ven, un liderazgo que empequeñece de esa manera tan mezquina sirve para dos cosas, para nada y para nada, y los que pagamos el pato, como se dice coloquialmente, somos los gobernados.

Al presidente de la República le interesa permanecer en el poder, pero el «enamoramiento» que lo llevó al Palacio de Gobierno se está desquebrajando, lo está fracturando su torpe gestión administrativa y el desacierto en el manejo de esta tragedia sanitaria. Y no se confíe, aun contando con semejante exposición propagandística, el hartazgo por su incompetencia e improvisación están colmando a la opinión pública.

Usted mismo, con esto, sumado al listado de sus impases anteriores está poniendo en jaque a su gobierno y sobre todo a México.

 
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