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  Edición 637
  Francisco, el mejor líder
 
Editorial
   
  Una estela de muerte, miedo y destrucción recorre la Tierra en todos sus confines. El mundo suele olvidar pronto y tiene la costumbre de tropezar varias veces con la misma piedra, pero esta vez la pandemia del coronavirus tendrá efectos duraderos y difíciles de superar, y por lo tanto, indelebles. Arrollados por la realidad y heridos en su orgullo, los gobiernos aún no tienen claridad sobre las consecuencias de esta nueva enfermedad, pero aun las menos fatalistas presentan resonancias apocalípticas. Por otro lado, la COVID-19 dejará también grandes enseñanzas. La primera de ellas es el respeto por la vida y el planeta.

La emergencia sanitaria puso a los políticos contra las cuerdas. Engreídos y altaneros por ostentar un poder que no les corresponde, pues la soberanía reside en el pueblo, de pronto se han vuelto humildes y, sin transgredir el Estado laico, invocan a Dios. Es bueno que lo hagan, pues reconocen su impotencia, pero sería mejor si sus conductas, en condiciones normales, se apegaran a los mandamientos de la fe que ahora predican. Entonces acatarían las leyes, habría menos corrupción y preferirían a los pobres por encima de cualquier consideración o cálculo político.

La circunstancia exige seriedad, responsabilidad y altura de miras: de gobernantes y ciudadanos; de partidos e iglesias; de instituciones y empresarios; de medios de comunicación y redes sociales. Si en la etapa más cruenta de la guerra contra el narcotráfico los niños y los jóvenes aprendieron protocolos de protección, practicados cuando los carteles se enfrentaban frente a sus escuelas o en sus vecindarios, hoy están recluidos en sus hogares para evitar la propagación de un virus cuya capacidad de reproducción es asombrosa.

La tasa de mortalidad del COVID-19 —3.4%, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud— es baja frente al 34% del Coronavirus del síndrome respiratorio de Medio Oriente (MERS-CoV, por sus siglas en inglés), pero es altamente contagioso, lo cual justifica la alarma mundial. La fortaleza de las instituciones y el acatamiento de las normas por parte de la población explican la contención del nuevo coronavirus en el país de origen (China) y en otros donde, aun cuando el número de casos es elevado, los decesos rondaban el uno por ciento (Alemania).

En cambio, donde gobiernos y ciudadanos se tomaron al principio las cosas a la ligera, pronto superaron a China en contagios y en número de muertes, como ocurre en Estados Unidos, Italia y España. Sin embargo, no es momento de repartir culpas o de recriminaciones, sino de actuar con juicio para evitar males aún mayores. El pánico y el protagonismo, en las circunstancias actuales, son los peores consejeros. Hoy los tiempos corresponden a la ciencia —no a la política—, para desarrollar exitosamente una vacuna, y al ejército de médicos, enfermeras y personal sanitario cuyo valor y profesionalismo salvan vidas, algunas veces a costa de las suyas.

¿Qué jefes de Estado y de Gobierno han estado a la altura del reto? Pocos. En China, el régimen dictatorial de partido único permitió aplicar medidas eficaces para frenar los brotes y resolver, de paso, un problema de imagen ante el mundo. Corea del Sur, Japón y Alemania figuran entre los casos destacables. El tiempo dirá qué otros presidentes y países actuaron con la autoridad, sensatez y empatía que el fenómeno ameritaba. Pero sin duda, en estos momentos aciagos, el mejor guía ha sido el papa Francisco.

 
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