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  Edición 637
  Sociedad civil para México
 
Jaime Torres Mendoza
   
  En más de una ocasión he señalado en este mismo espacio que la democracia no es sólo cuestión de sufragio; eso es sólo una parte, si bien importante, insisto, es una parte porque lo esencial de ella es el soporte ciudadano que la funda, que la sostiene y la hace realidad en una sociedad que participa, que toma decisiones. La democracia, pues, no es para encumbrar un gobierno —aunque se tenga que pasar por ese trámite—, sino para fundar una sociedad capaz de vislumbrar su futuro y encaminar su esfuerzo hacia su logro.

Desde hace muchos años sabemos ya que México necesita gobiernos honrados y patriotas pues el robo, el cohecho, el soborno y el dispendio, ha sido históricamente lo usual como una práctica de normalidad en cada administración pública que gobierna. Por cierto, sin el menor cargo de conciencia y, por supuesto, sin atisbo alguno de un castigo surgido desde la ley, que no contempla en su normativa ni la más remota posibilidad.

Desde hace muchos años también, sabemos que necesitamos en las clases dirigentes a personas que sean capaces de mantenerse fieles a unos cuantos principios que le pongan alto a la tentación de mentir por sistema, que no sean presa fácil de la mezquindad y la vulgaridad, tan propia de la turba enloquecida que vive sostenida por la falacia metódica, por el oportunismo insultante, por la sumisión más ruin, por la oquedad que llama al vacío, por las trampas para encumbrarse, por la frivolidad y la moda desquiciante.

Desde hace muchos años también, sabemos que mi patria tiene la carencia más aguda que puede padecer una sociedad: el ciudadano. En este país falta ese componente vital que hace mover los engranajes de una comunidad. Lo que tenemos son monigotes, individuos inmóviles que se desplazan según los intereses de algunos. Porque el status de ciudadano se gana a través de la conciencia, entendida en la más exacta y precisa extensión del concepto, para reafirmar la individualidad y no abdicar a favor de los demás y sólo repetir las opiniones de otros porque se es incapaz de mantener en pie, aunque sea por un segundo, el pensamiento propio.

Desde hace muchos años también, sabemos que es necesario separar la política de la ciudadanía, alejarse de ese universo de abstracción en que se desenvuelve, y esperar el advenimiento del ciudadano verdadero, el que se autoconstuye a diario y no el que es construido desde afuera, desde la periferia de los partidos políticos, desde los programas sociales más encaminados al clientismo político que a un verdadero soporte social, donde moran los vándalos más infames.

En las pasadas elecciones que nos dieron una alternancia, se apostó por el populismo para construir un simulacro de patria al amparo del calor especulativo de la institución electoral, ese cliché, pantomima de la democracia que vende democracia aunque ignore sus contenidos y principios esenciales. Institución fársica que los politicastros han edificado y deificado para hacer carrera fácil y hacerles carrera fácil a los cómplices de la misma banda, individuos, a su vez, de la misma calaña que ellos: basura. Las elecciones que nos dieron una nueva alternancia, apostaron por lo mismo, exactamente por lo mismo.

Sé que llegará el día en que los mexicanos empiecen a referirse a los principios ciudadanos y no a los principios políticos, como una práctica de otro orden más elevado en la jerarquía de valores de una sociedad madura. Aparecerá entonces la idea precisa de que lo que legitima a la autoridad política no es el sufragio (aunque tenga que pasar por esa condición) sino la autoridad ciudadana. Cuando eso ocurra, este país estará muy cerca de la madurez intelectual que lo proyecte hacia una condición mejor, aunque eso parezca hoy una utopía. Alternancia, por cierto, no significa necesariamente democracia.

Pero aún concediendo que la haya, la democracia mexicana ha procreado gobiernos irresponsables, de una arbitrariedad que asombra. Cada vez que hay procesos de elección, siempre creo que mi patria jamás optará por esos impostores que han pasado por la universidad como si cruzaran cualquier pasillo de la vecindad más barata, para liderar los destinos de mi país. Luego la creencia pasa dejando la realidad más dura: los pequeños caudillos surgidos desde las burocracias de partido, están ya en la cumbre, listos para seguir con la locura de corrupción, impunidad y mediocridad, amparados en un perverso juego de favores, complicidades y concesiones mutuas que desembocan en la más patética incapacidad para gobernar, pero en la más excelsa eficiencia para el negocio que deja, en pocos años, en condición de ricos a sus agremiados.

Patético. Nuestro presidente de la República surgido de las elecciones pasadas, no es el verdadero rostro visible de México; es la pobre imagen de un maniquí de muestra en el más solícito escaparate de la farándula política. Muñeco, sí, de cartón, de amanerados y estudiados gestos, desprovisto de la pasión por el compromiso que exige el hecho de gobernar, una percha barata de uniforme de líder vacuo a punto de desbaratarse cada vez que hace uso de la palabra y que debe seguir hablando y hablando porque lo único que sabe de memoria es el ejercicio retórico aprendido a base de repetición de un discurso amañado, viejo, agotado en su visión del futuro porque es ciego para mirar el presente, tan ocupado como está en contemplar su propia imagen, acostumbrado con demasiada premura ya al poder absoluto desde el cual ha construido otro país, el suyo propio.

Digo todo esto porque en esta crisis de pandemia que vivimos en México, la autoridad gubernamental ha sido rebasada por una sociedad civil que emprendió antes, las medidas que surgieron dos semanas después, desde el gobierno.

Las universidades que se adelantaron a la decisión gubernamental son un ejemplo de una sociedad civil participando a favor de sí misma; en ellas fueron los muchachos quienes, basados en un discurso coherente y deslumbrante, tomaron la decisión de irse antes que cualquier autoridad pudiera plantear esa posibilidad. Eso es sociedad civil. Eso es un ciudadano. Eso es lo que necesita México.

Ese discurso de muchachos, en quienes nadie confía por ser jóvenes, contrasta con otros discursos que asombran por su estrechez y por su filiación al poder político, como el de un empresario de medios de comunicación que, reunido con sus trabajadores, se convirtió en vocero del presidente de la república para pedir a sus trabajadores contravenir todas las indicaciones que la prudencia, frente a una pandemia como la que padecemos hoy, exige. ¿A poco los muertos de Italia, España, China y los miles de contagios en Estados Unidos, no dicen nada?

Patético.

 
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