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  Edición 636
  Un nuevo continente
 
Esther Quintana Salinas
   
  Parte II

¿Cómo se aplican en el campo de la docencia todas estas nuevas tecnologías, entre las que se encuentra la inteligencia artificial, y si con ellas se puede transformar el modo en que aprendemos? La primera inquietud es si un día los robots les van a quitar el trabajo a los maestros. Alex Beard, la tenía, pero narra en su libro que su visita al Silicon Valley, le enseñó otra cosa. Vio por primera vez a un robot profesor, pero no era un androide que estaba de frente a un salón de clases, sino un software de inteligencia artificial dentro de un ambiente de aprendizaje por internet.

Se trataba de un laboratorio de enseñanza en el que se encontraban un profesor y unos 10 niños de cinco años, frente a un computador y con audífonos. Estaban callados, concentrados en su computadora, cargada esta con programas diseñados exprofeso para ayudarles con su aprendizaje de lengua o con la solución de problemas matemáticos. Pero lo más interesante era que mientras el programa cumplía su cometido con los estudiantes, aprendía a la vez con los datos obtenidos en cada sesión sobre las debilidades y fortalezas de los chicos y en automático adaptaba esa experiencia para la próxima sesión. De modo que se trata de una enseñanza aprendizaje prácticamente personalizada. Eureka.

Pero esta circunstancia no significa la extinción del magisterio, por una razón: la educación depende de la interacción humana. La inteligencia artificial solo es un instrumento para, un complemento necesario para esta nueva manera de transmitir y aprender conocimientos. Los humanos aprendemos de manera natural, estamos diseñados para aprender en sociedad, y en el futuro sin duda que seguirán dándose muchos avances tecnológicos, pero quienes los van a incorporar y utilizar son los maestros.

Beard destaca que el gran riesgo de la inteligencia artificial es que logre ser mejor que los peores maestros en algunas latitudes del mundo, y además que resulte ser más barata. Esto sí que es un peligro. No obstante esto se puede evitar si se invierte más en la formación de los maestros, cuyo resultado sean docentes más expertos y con destreza para manejar las nuevas herramientas tecnológicas.

El gran desafío en América Latina, en México, para implementar un sistema de esta naturaleza, es que el que tenemos es significativamente inequitativo en relación con la población de los niveles socioeconómicos más bajos. En México, tenemos colegios excelentes, pero no son accesibles para todos los niños y jóvenes. El grueso de la población estudiantil acude a escuelas de «gobierno», como se les llama coloquialmente a los centros educativos públicos. Esta desigualdad se manifiesta más claramente en zonas urbanas marginadas y el área rural, donde hay escuelas que luchan por sobrevivir. Ya hablar de educación de calidad son palabras mayores. Y con la barbaridad que ha hecho el gobierno lópezobradorista a través de sus legisladores con la reforma educativa, se complica más el escenario. Es una infamia la regresión que ya está a punto de consumarse con la reforma a las leyes secundarias en materia educativa que está en el Senado. Y sin duda que eso lo tendrá que resolver la SCJN porque hay un choque entre lo que dispone la Constitución de la república y las leyes mencionadas, que jurídicamente son de menor jerarquía.

Pero vuelvo al punto. Lo más crítico son los maestros. Hay que romper un modelo en el que fueron formados, ese es el que tiene que revolucionarse, y atender la capacitación ad hoc para un esquema diferente, y fomentar la vocación y que no abandonen el oficio por trabajos mejor pagados. Se tiene que revalorar la profesión. La escuela es sustantiva, su misión lo es porque desde ella se educa para la ciudadanía, para transmitir los valores de la comunidad de la que se es parte. Porque su objetivo es formar personas creativas, comprometidas con la sociedad y generar las condiciones para que accedan a la mayor cantidad de conocimiento posible, que devendrá en mejores formas de vida.

En este modelo para la educación del siglo XXI aprender a crear proyectos colaborativos resulta esencial, a través de esta dinámica se pueden desarrollar programas de beneficio colectivo, bien común, bien generalizado. De ahí la relevancia de que la educación esté conectada con la tecnología, los jóvenes tienen que aprender a resolver problemas en un entorno de aprendizaje natural. Necesitamos ir hacia una sociedad que comparta sus ideas, no que compita como sucede hoy. Humanizar, humanizar.

El siglo XXI debe ser el principio de proyectos que tengan mucho de colaborativos, no competitivos. Eso ha desgastado, dañado la esencia gregaria de los humanos. Lo que se demanda es apertura, creatividad, sumas, son valores torales para el mundo de hoy, tan frío, tan separatista y tan distante. Los desafíos que tenemos enfrente solo podrán ser superados con la mancuerna prodigiosa de la imaginación y la colaboración humana. Por ello necesitamos formar, educar personas que sean capaces de desarrollar una inteligencia colectiva más allá de la inteligencia individual. Cuando se compite no se colabora, hay un celo de por medio, que aleja, que aísla. La educación tiene que volverse de aulas abiertas, que se vea lo que hacen los otros colegas, como apunta Beard en su libro. Hay investigaciones serias que demuestran la efectividad de los sistemas abiertos, donde se alienta la creatividad, y por ende se generan más ideas. Y eso lo muestra la propia naturaleza: cuando un animal va creciendo, se vuelve mucho más efectivo a la hora de concretar y canalizar la energía que necesita para sobrevivir.

Necesitamos movernos hacia la integración, no hacia la dispersión. Somos una sociedad con severos problemas de ausencia de solidaridad, de igualdad, por ello tenemos que ocuparnos de cambiar la mentalidad de las nuevas generaciones y recordarles que antes que todo, son seres humanos, y cuanto esto significa.

Todos queremos un mundo mejor, pero del cielo no va a caernos, tenemos que construirlo. Hoy día hay muchas naderías que nos están separando, y me viene de pronto el tema del reclamo de las mujeres por la igualdad de derechos, que no se discrimine por asunto de etnia o de condición económica, que nos libremos de sesgos aprendidos que no coadyuvan a la integración, que realmente sea efectiva la famosa igualdad que mandata la ley en el Artículo 4 constitucional. Es una lucha legítima para que no haya estereotipos, para que nos miremos con respeto. Todos tenemos derecho a que se nos vea como seres humanos inteligentes, con opinión propia, con capacidad de juicio y criterio, con presencia. Se trata del reclamo de la reivindicación de una dignidad, de una visibilidad, de una voz propia, que tenemos, pero que se pierde en la debacle del machismo de unos y la sumisión de otras.

Lo que ha hecho posible la presencia del hombre a lo largo de tantos siglos es precisamente el lenguaje, y es el amor lo que constituye la emoción que explica nuestra existencia, la historia que nos dio origen. Yo estoy convencida que los seres humanos no somos lobos de otros hombres, sino el resultado de un modelo de sociedad que transforma de esa infausta manera, pero es el acicate para volver la vista e ir diseñando una nueva humanidad. Por ello, en la escuela se tiene que enseñar a ser colaborativo, participativo, creativo, llevar al niño, al joven a que descubra la maravilla de su naturaleza y lo que puede aportar cuando todo ello se suma. Y por ello me duele en el alma lo que este gobierno está haciendo con esa posibilidad. Sin embargo, no voy a perder la esperanza. Y es que citando a Alain Badiou, el filósofo francés, sé que será posible, no fácil.

Badiou expresó: «Soy optimista porque creo que las propuestas, la creación y las ideas existen y tienen poder. Si se tiene una idea, hay que expresarla y trabajar a favor de ella».

Y habrá hoy y siempre quienes se empeñen en alcanzar estrellas. Al final del día esa es la historia de la humanidad. Unos empeñados en eclipsar, y otros en despuntar, y a como veo, si hacemos un balance, hay más que festinar, que lamentar.

Hasta la próxima, amigos.

 
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