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  Edición 636
  ¿Proyecto liberador de la política mexicana?
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Sí, a veces se habla mucho de la libertad como si fuera sólo un fantasma que nos acecha sin que pueda concretarse en algo. Cientos de estudios académicos y teorías de los pensadores más agudos, no logran arrancar del fondo del ser humano la seguridad de que la libertad deseada es real y, con esa certeza, buscarla con todos sus empeños.

Suele llamarse utopía a todo proyecto humano con tintes sociales que surge, precisamente, donde la experiencia de la inhumanidad y la deshumanización resultan más atroces por los resultados visibles y hasta experimentables.

Nadie niega que es utopía soñar con una sociedad donde la libre realización de cada individuo en todas sus aspiraciones de vida, sea condición también de la libre realización de todos, sin obstáculos de por medio.

El trasfondo de este sueño, debemos encontrarlo en la armonía de ese valor llamado libertad y ese otro llamado justicia, convertidos una y otra vez en elementos propagandísticos de partidos políticos, o de políticos amañados y entrenados en la retórica.

Ambos, partidos políticos y políticos insertados en el gobierno, han contribuido a la oxidación de esos conceptos tan valiosos y reveladores, desde el punto de vista de la utopía, porque le quitaron el impulso que movilizaba a los individuos hacia la consecución de la libertad concreta.

Se entiende, naturalmente, que todas las metas alcanzables formuladas de manera utópica resultan en la práctica absolutamente inasequibles, y eso no debe llevar, de entrada, a una actitud de rechazo, sino a brindar la oportunidad de reafirmar que todo esfuerzo hacia la construcción de una sociedad donde la libertad sea la base de toda convivencia, vale, en efecto, la pena.

En ese contexto, el gran mérito de la política podría consistir en ofrecer los principios para construir un mundo donde no todo fuera negativo, por el contrario, podría ofrecer una antropología que le permita decir: esto es el ser humano y mi propuesta de acción política lo abarca todo en sus definiciones.

Es obligación de la política elaborar un proyecto liberador del hombre, casi semejante a lo que haría una teología, pero fundada en la razón, no en la fe. En todo caso, el político podría sustituir esa fe por la confianza en que sus argumentos de razón pueden llevarse a cabo.

Bueno, esta introducción sirve para formularme una aproximación de respuesta a lo que hoy por hoy me plantea la política mexicana que practica este gobierno de Andrés Manuel. No logro comprender la propuesta del presidente para liberar a México de sus problemas vitales. A veces, incluso, tengo la impresión de que dicha propuesta está enredada adrede por una retórica innecesaria y vacua.

Si el gran asunto de la política, como yo la creo, es una cuestión de libertad del individuo para que de ella se deriven los valores de justicia, solidaridad, acompañamiento, entonces, me parece, que el proyecto del presidente es incompleto.

Porque en el país que gobierna Andrés Manuel, parece privar la noción de estar permanentemente encarcelado entre los cotos que impone un discurso que no aterriza en nada. Presos en las verdades a medias, en la aplicación de una justicia selectiva que no otorga la seguridad de que se haga justicia; presos en la obstinación y en la ocurrencia y también en grandes distractores que ponen el énfasis en lo no vital, pero que parece que construye, mientras lo esencial, que indica derrumbe se mueve con soltura en el trasfondo de la apariencia.

Pienso eso porque si fuéramos sujetos que gozáramos de libertad, enfrentaríamos con mejores recursos argumentales el nulo crecimiento económico del país; si fuéramos libres le haríamos frente a la violencia desatada, en mayor medida que en administraciones anteriores, con una férrea voluntad de contrarrestarla con instituciones y leyes, y no con buenos deseos surgidos del temor a perder una imagen que se considera virtuosa; si fuéramos libres enfrentaríamos una situación de salud pública, como la pandemia que hoy padece el mundo entero, con la entereza de quien se sabe solidario y participativo, y no con el pánico que nos reduce a meros consumidores de terror.

Si somos libres, nos congregamos de forma solidaria frente a cualquier eventualidad; si no lo somos nos segregamos nos dispersamos ante los problemas esenciales que nos atañen a todos.

Las utopías no son negativas; constituyen un impulso vital para aspirar a construir un mundo donde el reino de la justicia, el bienestar, la tranquilidad, y hasta la felicidad ¿por qué no?, son posibles.

Pero esa utopía debe estar fundada en argumentos de razón que puedan sostener el peso de ese sueño. Si la utopía sólo se imagina, cae por su propio peso con el impacto de la primera confrontación con la dureza de la realidad.

Y a veces creo, con viso de certeza, que el proyecto de acción de este gobierno es sólo un acto de imaginación y no un verdadero proyecto liberador.

 
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