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  Edición 636
  No es la COVID-19 lo peor de esta pandemia
 
Edgar London
Twitter: @EdgarLondonTuit
Sitio Web: www.edgarlondon.com
Email: correo@edgarlondon.com
   
  Digámoslo claro: el coronavirus ha llegado para develar una pandemia mucho más preocupante que la propia enfermedad: nuestra deshumanización.

Escrito esto, de inmediato, acuden a mi desvencijada memoria dos títulos que reflejan con acertada maestría ese proceso de incivilización. El primero, El señor de las moscas, de William Gerald Golding, y el otro, Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago —a propósito, ambos autores fueron galardonados con el Premio Nobel de Literatura en 1983 y 1998, respectivamente—. No trataré acá, por supuesto, sobre los argumentos de las obras. En todo caso, invito a leerlas para que algunos comprendan, desde la ficción, en qué podríamos convertirnos cuando no tenemos a la mano el 911 para ayudarnos.

La realidad hoy, que no la ficción, emula los avatares de aquel grupo de adolescentes o los otros, ciegos repentinos, y da atisbos de nuestra involución, al menos en términos de conciencia colectiva.

No hay duda de que, cada quien a su manera, intenta sacar ventaja del caos creado por el coronavirus. Fijémosnos en los medios de comunicación que hacen el pan nuestro de cada día con esta enfermedad. A primera vista alguien pudiera asumir que cumplen con su rol informativo, pero si nos detenemos a leer o escuchar con mayor detenimiento comprobaremos que las noticias muchas veces se contradicen, las fuentes son vagas —o de plano, no son citadas— y el sensacionalismo hace mella en el espíritu del público para, lejos de orientarlo, perderlo entre el miedo a la infección y la ansiedad por conocer la próxima novedad que le conceda un hálito de esperanza. Es decir, que se mantienen garantizados los lectores de la próxima tirada de periódicos o la audiencia para la siguiente transmisión de noticias.

Las empresas farmacéuticas no se quedan atrás y se apertrechan de medicinas con efecto placebo, gel antibacterial, cubrebocas, jabones de propiedades «mágicas» y otra sarta de insumos que venden a diestra y siniestra —especialmente, a siniestra— con tal de lucrar con la epidemia.

Pero no se trata únicamente de estrategias financieras. Los políticos alzan la voz para hacer destacar sus posiciones. Mientras el gobierno nos muestra su lado edulcorado y el presidente Andrés Manuel López Obrador asegura que «no nos van a hacer nada los infortunios, las pandemias, nada de eso», al tiempo que se muestra dispuesto a hacerse la prueba del coronavirus —lo cual no resolvería absolutamente nada, pero refleja su pretendido espíritu comunitario—, sus opositores, con el ex presidente Felipe Calderón a la cabeza, ponen en duda su estrategia sanitaria, lo critican por pasivo y hasta le cuestionan cuántas pruebas se han realizado en la nación desde el brote de COVID-19.

Y si alguien supone que la manipulación del fenómeno es privativa de México, yerra de pe a pa. Para demostrarlo está Cuba, que ahora mismo hace lo que mejor sabe hacer: vender su imagen a quien todavía cometa el error de comprársela. Con la aparición del Interferón alfa 2B humano se propagó la noticia de que en la mayor de las Antillas se había encontrado una cura para la enfermedad y que, lógicamente, el gobierno de La Habana estaba dispuesto a entregarlo gratuitamente a las naciones que lo requirieran. Nada de eso. El mismísimo Eduardo Martínez, presidente de Biocubafarma —empresa estatal que produce y mercadea los medicamentos fabricados en el país caribeño— tuvo que salir a aclarar el asunto. Ante todo, advirtió que el Interferón es un producto terapéutico, no una vacuna. Y, además, que Cuba está en la posición de vender —no regalar— el medicamento pues ha recibido pedidos de varios países, aunque, como es lógico con todo lo relacionado con Cuba, declinó revelar los nombres de estos supuestos países.

Hago mención de medios de comunicación, farmacéuticas, gobiernos de aquí y de allá y dejo, para el final, al eslabón más importante de esta cadena de (des)aprovechados: nosotros. Quiero decir, el ciudadano común. El que compra o deja de comprar en las farmacias, el que se informa o desinforma, el que apoya o critica a un mandatario o a otro, el que dirige sus ataques en contra del sistema educacional porque cerrará temporalmente las aulas y no tiene con quien dejar sus hijos para asistir al trabajo —que no cerrará— o el que aplaude la decisión porque ya tendrá más tiempo para ir al centro a hacer sus compras y toser y estornudar y saludar a cuanta persona se le cruce en el camino. O también, ¿por qué no?, irse de vacaciones a una playa y así todos juntitos, compartir sus preocupaciones sobre el coronavirus porque es una pandemia, porque es un ardid de las trasnacionales, porque es un castigo divino, porque la gente nunca aprende, nunca, y sé preguntan ¿cómo le hacen?, ¿cómo tú le haces? y si ya viste los últimos memes en Internet. ¿No? ¿En serio? Están buenísimos, no te los puedes perder.

 
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