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  Edición 636
  En manos del pueblo
 
Editorial
   
  En el primer debate presidencial entre los aspirantes líderes, celebrado el 12 de mayo de 1994, un fogoso Diego Fernández de Cevallos (PAN) dijo algo parecido a esto: «México tiene instituciones, tiene pueblo, lo que le falta es gobierno». El país se hallaba todavía aturdido por la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, atribuido al Estado cuyo jefe era Carlos Salinas de Gortari. Veintiséis años después, quien mantiene en pie al país es la sociedad civil, pues las instituciones se han debilitado y el gobierno, como entonces, sigue ausente y rebasado.

Para afrontar y superar la emergencia sanitaria por el Covid-19, el papel de los mexicanos —adultos, jóvenes y niños— será crucial; siempre lo ha sido en circunstancias difíciles. En el terremoto de 1985, mientras el presidente Miguel de la Madrid, su gabinete y el Congreso seguían la táctica de avestruz, hombres y mujeres de todas las edades salían a las calles para auxiliar a la población, organizar el rescate de víctimas, remover escombros y arrimar el hombro en múltiples tareas. Igual se ha visto en países devastados por desastres naturales o atentados terroristas como los del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. En circunstancias así, la solidaridad reconcilia a la humanidad consigo misma.

Sin embargo, el pueblo de México, por cultura, tradición y valores, tiene una forma particular de expresarse y actuar frente a las tragedias, adversidades y riesgos. La pandemia de enfermedad por coronavirus ha puesto de relieve la incompetencia de los gobiernos para orientar y proteger a la población. En este, como en otros temas, las respuestas van de un extremo a otro; de la exageración a la minimización del peligro e incluso a la frivolidad e irresponsabilidad de un presidente como Andrés Manuel López Obrador, cuya legitimidad en las urnas no lo inmuniza —y menos al país— de un padecimiento potencialmente mortal, sobre todo en determinados rangos de edad.

Igual que en el 85, cuando ridiculizó a un gobierno pusilánime e insensible, y en 2018, cuando echó del poder al partido de cuya elite infecta surgió uno los mayores cleptómanos (Peña Nieto, sin olvidar a Salinas), hoy la sociedad debe plantar cara a un presidente mitómano y envuelto en la arrogancia, males que tampoco se curan con votos. La honestidad y las buenas intenciones de López Obrador están fuera de duda; algunos cambios y acciones emprendidos por su administración eran necesarios. La corrupción, la impunidad y los privilegios siempre serán agravios insoportables.

El comportamiento y los desplantes de superioridad moral le restan autoridad al presidente y lo convierten en una caricatura de sí mismo. En ese plano, los costos son personales. Sin embargo, el escapismo presidencial hunde al país en la incertidumbre y lo expone a riesgos aún mayores. López Obrador ha afectado intereses superpoderosos cuya capacidad de respuesta es por tanto ilimitada. El propio general Cárdenas, una de las figuras tutelares del líder de la 4T, debió supeditar sus políticas sociales al interés nacional. AMLO no debe apostar el futuro de su gobierno y del país a una base electoral que, por amplia y sólida que sea, será siempre mudable. El presidente todavía tiene tiempo para rectificar sin caer en las trampas del statu quo, tan cómodo con la corrupción. Mientras más pronto lo haga, mejor para todos.

 
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