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  Edición 635
  Educación: abordamiento serio
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Kant, mente brillante e inmenso filósofo alemán, decía que el hombre puede considerar como los dos problemas más difíciles de resolver al arte de gobernar y al de educar.

Pero en el mundo ordinario de las cosas reales, curiosamente, ambos problemas suelen abordarse audazmente, sin preparación que garantice un mínimo de certeza de que se va por buen camino, cayendo entonces en irresponsabilidad de quienes le entran al negocio de las soluciones.

Los improvisados llegan a los escenarios que nutren a ambos campos y son, en muchos casos, verdaderos arribistas en busca de fama o beneficio personal y material.

Las anteriores ideas pueden aplicarse a la situación educativa mexicana y, por tanto, también política de nuestro país a la hora de gobernar. Porque, en el caso de la educación, las reformas se han emprendido con la audacia y apresuramiento que dicta la conveniencia política. Al menos esa es mi impresión a raíz de las consecuencias que están a la vista de todos. El ámbito educativo pasa por un trauma evidente y observa con indiferencia las propuestas que se imponen desde ese arriba formado por la cúpula institucional.

Hace muchos años, el sistema de educación era consistente y cargado de futuro. Pero la conveniencia política se ha impuesto a la racionalidad con proyectos cargados de burocracia, sin visión clara de perfiles constructivos que ha derivado en pragmatismo sin lectura transparente.

Eso ha ido destiñendo la educación básica, la media, e incluso la superior, hasta tener la versión amorfa y aletargada actual metida en la camisa de fuerza del calendario político.

Para que una reforma educativa se proclame trascendente en México, debe justificarse al menos por dos razones: primero, que contribuya a mejorar sustancialmente la calidad educativa y, segundo, que propicie el desarrollo de las personas que se encuentran en el proceso educativo.

En el país, el docente es factor principal que incide en la calidad de la educación. Es el eje central de ese proceso porque, aun en los modelos de nueva escuela adaptada a los tiempos de las tecnologías de la información y otras lindezas, sigue siendo el orientador del proceso, el facilitador del aprendizaje, el inspirador, el promotor, el acompañante.

Y no puede ser de otra manera. En un país de atrasos, como el nuestro, el autoaprendizaje es un lujo imposible, una pérdida de tiempo, sólo justificable a veces. El autoaprendizaje no puede ser alternativa válida para la generalidad. De ahí el papel central que desempeña el docente para que el alumno aprenda, aprovechando los atajos que la experiencia educativa acumulada por décadas señala como válidos. Eso no equivale a consagrar el inmovilismo, sino a ahorrar tiempo con miras a ganar calidad.

Así pues, una reforma educativa que no se gane al maestro está muerta antes, incluso, de nacer. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido con la educación en nuestro país. Las autoridades han apresurado los procesos, han quemado etapas que no se pueden dejar de recorrer porque se ha impedido la evolución normal de todo este campo.

Los resultados han sido lamentables. Basta con ver las continuas reformas en este rubro para notar el daño irreparable a todo proyecto educativo nacional. En ninguno de los casos los maestros fueron ganados para las reformas. No tuvieron oportunidad de estudiar su filosofía, contenido o implicaciones. No fueron entrenados para asimilar las metodologías de novedad, no fueron consultados sobre las posibles dificultades y rechazos. En definitiva se les impusieron las reformas como camisa de fuerza.

Históricamente estas reformas educativas se han hecho por motivos ajenos a lo estrictamente académico. Es la agenda política quien ha impuesto su sello.

La educación exige una conceptualización clara. No es un entrenamiento para la vida laboral, aunque puede contribuir, por supuesto. Es decir, no es un marco de adiestramiento de aprendices. Su verdadero sentido es enseñar que el desarrollo de la persona abarca la mente, el corazón y las manos, como ya lo dijo en su momento y de manera puntual el gran educador Juan Enrique Pestalozzi.

La educación, pues, se ha transformado en un instrumento político que la reduce a una especie de camino estrecho, porque se le ha visto solo como posibilidad de mejorar la condición económico-social, no de persona.

En México, la dimensión política de toda reforma educativa señala especialmente el hecho de que a la educación la rigen pequeñas élites con objetivos políticos encubiertos que no contemplan soluciones sino controles.

En el fondo, existe la quiebra de modelos multiformes, fundados sobre presupuestos no siempre bien entendidos. Su crisis es teórica, política, económica y existencial.

Es teórica porque concurrimos a la fractura de un discurso que ha prevalecido por mucho tiempo sobre el conocimiento y los modos de transmitirlo. Es política porque los modelos se han ido a la bancarrota, pues no han podido conducir a la sociedad hacia un destino más justo y humano. Es económica porque su modelo es el desarrollo fundado en la ideología del progreso insertado en el fomento al industrialismo y no somos un país con desarrollo industrial. Es existencial por todos los supuestos del capitalismo que han sumido en la desesperanza y angustia vital a la vida ciudadana.

Y por donde quiera que se le vea, esto es una crisis vital que sacude al mexicano de hoy colocándolo en la desazón de una lógica de lo peor.

Pregunta sana. ¿Le habrá echado un ojito la 4T a esta crisis para buscar soluciones de fondo? Porque la cuestión educativa no sólo tiene qué ver con la supresión de los «puentes», sino de algo más contundente que se nutra de ideas serias y auténticas ganas de transformar.

 
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