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  Edición 634
  Feminicidios… ¿Crímenes de odio?
 
Esther Quintana Salinas
   
  Las emociones las definen los expertos como «(…) estados afectivos que experimentamos. Reacciones subjetivas al medio que nos rodea que vienen acompañadas de cambios orgánicos —fisiológicos y endocrinos— de origen innato». Sin duda que la experiencia guarda un papel fundamental en cómo la vive cada persona. No les han dado la relevancia que, si le han otorgado al «yo» racional del ser humano, y se debiera porque son indicadores de estados interiores afectivos, personales, de deseos y de necesidades.

A los pocos meses de nacidos, los humanos comenzamos a expresar las básicas, como son la alegría, el miedo o el disgusto. Hay algunos animales que comparten con nosotros esas emociones primarias, pero en nosotros se van haciendo más complejas en la medida que crecemos.

Para el neurólogo español Ignacio Morgado, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de libros como Emociones e inteligencia social y La fábrica de ilusiones, buena parte de los conflictos que hoy vivimos pueden explicarse a través de las emociones, de las emociones corrosivas, como son el odio, la avaricia y la culpabilidad. ¿Cómo se explican? ¿Genética? ¿Instinto de supervivencia? ¿Transmisión cultural? y además apunta que todos las llevamos y que el problema es que no siempre podemos controlarlas.

En una entrevista se le preguntó a Morgado cuál de esas emociones corrosivas es la más letal. Y contestó que el odio, porque es la emoción que más descompone la salud somática y mental cuando se implanta de manera persistente en el cerebro. Es la que mayor determinación conlleva para dañar al odiado u odiada… y la que más difícil resulta eliminar.

Y es que el odio es un sentimiento de antipatía profunda, de aversión, de repulsión, de rechazo hacia una persona, fenómeno o cosa. Y el deseo de destruir es muy fuerte. El odio es la antítesis del amor. El maestro Morgado lo ha estudiado a través de sus manifestaciones, es decir, de los prejuicios, del fanatismo, de la ideología. Y destaca que, a diferencia de la agresividad, el odio puede surgir sin agravio personal previo. Puede aparecer de los prejuicios que tenemos, muchas veces irracionales; es decir, sin «fundamento lógico».

Y es que el odio, esencialmente su irracionalidad, abreva en las raíces de la ignorancia. Un ejemplo que ilustra lo dicho es lo que sucedió en las décadas de los veinte y treinta en el siglo pasado: los alemanes les dieron a los nazis patente de corso para que establecieran uno de los regímenes más sanguinarios y opresivos de ese tiempo, y lo hicieron porque sufrían de ignorancia política.

Los mismos nazis eran un grupo de fanáticos y, sin embargo, le rendían pleitesía y sumisión absoluta al perverso de Adolfo Hitler, quien, a decir verdad, era también un individuo de pobrísima educación y evidentísima supinez en los temas tan sustantivamente vinculados con la debacle a la que lanzaría a su país.

Y todo este largo preámbulo viene a colación porque resulta escalofriante cómo van al alza los crímenes perpetrados a mujeres en este país. El histórico de datos obtenidos del Secretariado de Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) destaca que se han duplicado las víctimas de feminicidio de 2015 a 2018. En 2015 se contabilizaron 422 víctimas mientras que en 2018 se registraron —oficialmente— 861.

Debe señalarse que los asesinatos de este tipo se han incrementado en niñas de cero a 17 años en al menos 32.30% en 2018 con respecto a 2017. Sin embargo, tanto cifras como porcentajes son aproximados porque no todos los feminicidios son registrados ni son reconocidos de forma oficial. Pareciera que se trata de minimizar el problema. Las cifras que registra el Secretariado Ejecutivo advierten que, en el primer cuatrimestre del 2019, murieron mil 199 víctimas de la violencia machista, 114 de ellas fueron menores de cero a 17 años. Es decir, cada dos horas y media en promedio, una mujer es asesinada por el hecho de ser mujer, una estadística que no disminuye a pesar de la gran movilización social. En abril del año pasado se contabilizaron 315 homicidios, convirtiéndose así en el mes con más delitos contra la mujer. En 2018 fueron mil 142.

En México, la mayoría de las mujeres casadas o con novio han sufrido algún tipo de violencia machista. En nuestro país es la pareja la que mata. Hay más de 12 millones de mujeres que soportan el terror al interior de sus casas, y en la intimidad de su relación. Pero una de las cifras más alarmantes es que alrededor de ocho millones han sido asfixiadas, cortadas, quemadas y a cuatro millones las han intentado asesinar o ellas han reconocido plantearse el suicidio, por su estado de desesperanza y de pánico.

El principal factor de riesgo, derivado del estudio científico del fenómeno, por abrumadora mayoría es, al parecer, la proximidad: un alto porcentaje de las mujeres fueron asesinadas por su pareja actual o por una expareja y el resto por un padre, hermano, hijo, compañero de trabajo, empleado, cliente o amigo. Solo una pequeña fracción de los crímenes fue cometida por hombres desconocidos.

Esto nos lleva a destacar que seguimos vinculándonos a partir de una estructura política, económica, social y cultural que promueve la desigualdad entre los sexos y que, a todas luces, aún apuntala esquemas de conducta en los que no se concibe a las mujeres como personas; es decir, como sujetos autónomos con derechos, sino como propiedad de los hombres que están a su alrededor —el padre, los hermanos, el esposo, el jefe, etc.—. Se les estiman como incapaces e incompetentes para asumir roles distintos a los tradicionales; es decir, de abnegación y sumisión, no de seres pensantes y talentosos como cualquier varón. ¿Qué es lo que se manifiesta en estos asesinatos de mujeres por la única razón de ser mujeres? Pues el deleznable control machista sobre su vida, su dignidad, su libertad y su sexualidad.

Entre los más recientes, el crimen de Ingrid Escamilla es escalofriante, no sólo la asesinó su «pareja», sino que la desolló. Y todo el largo listado de los que le preceden. ¿Quién la mató? Alejandro Hope dice que: «Una cultura violenta y machista mató a Ingrid, nuestra indiferencia la mató, nuestro fracaso en exigir que las cosas cambien la mató».

En México se perpetran 10 feminicidios al día, y la misoginia está atrás de ellos. Está más que claro que no han sido suficientes las reformas legislativas ni la creación de las instituciones especializadas en la atención de las mujeres ¿Y entonces qué? Me parece que se tiene que incluir a los hombres en esto, para cambiarles la mentalidad, por expresarlo de alguna manera, para enseñarles la diferencia entre ser hombre y ser macho. Para que entienda que la mujer no es una cosa, ni un objeto del que puede disponer a su antojo y capricho, sino un ser humano con toda dignidad que se desprende de esa condición, y que por ende es sujeta de respeto y consideración, y que la «superioridad» del macho es un infortunado mito. Para que esté claro de que la inteligencia y el talento no tienen nada que ver con el género y que a la mujer le asiste el mismo derecho que al varón para destacar en el ámbito en el que se desenvuelva.

Ya es hora de romper en el buen sentido con el estereotipo tradicional de la fuerza física del varón atendiendo a patrones biológicos errados y apuntar hacia una nueva masculinidad en la que se deje salir al hombre sensible, al que le gusta también regar flores y ver las puestas de sol, al que no le da vergüenza llorar cuando está conmovido y que no considera un ataque a su hombría el hecho de lavar pañales y fregar platos. Es impostergable que salga ese hombre de carne y hueso, despojado de todo atributo anti terrenal, que no necesita ni golpear, ni dañar, ni matar a una mujer para reafirmar su virilidad.

No podemos ser una sociedad sana ni equilibrada si no tenemos hombres sanos emocional y psicológicamente. Si arrastran traumas desde su infancia que los llevaron a anidar ese odio hacia las mujeres, hay que atenderlos. De ahí la relevancia de educar, de enseñar a las mujeres a ser madres, porque las madres son los artífices y la causa número uno de lo que su hijo va a ser en su adultez. Y eso no se ha atendido en este país. Es definitiva la formación y educación que recibe el ser humano en su infancia, por eso mismo, cuanto se pueda hacer a favor de apoyar a la mujer en su vocación de maternidad debe convertirse en prioridad ya.

Odiar debe ser una carga insoportable, desquiciante y dolorosa… Debe ser como llevar el infierno a cuestas.

 
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