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  Edición 634
  Otra vez la pobreza
 
Jaime Torres Mendoza
   
  No hay duda. Somos un país pobre. Ni siquiera se necesita ser sociólogo, etnólogo, historiador o antropólogo, para saber que la pobreza está en la raíz de todo. En la pobreza y todo el matiz de terror que se desprende de esa condición, surge todo mal.

El trabajador de la más baja jerarquía laboral se corrompe con la corrupción de su superior inmediato. Y la escalera sigue hacia arriba hasta llegar a la cumbre de políticos farsantes y funcionarios públicos que gobiernan a este país, cuyas virtudes sociales, morales y éticas no son, precisamente, un modelo a seguir.

Me detengo en una pequeña élite que se ha asumido históricamente como los poseedores de la verdad. Me refiero a los hombres que hoy gobiernan a México, enquistada en su historia con un espíritu de maldad continua.

Es el mismo mal histórico, solo que con una máscara nueva. Su comportamiento no se ha movido ni un centímetro para inclinar la balanza hacia el espacio de la bondad. En realidad esa élite gobernante es la misma que extorsiona, traiciona, oprime, engaña, insulta, transgrede leyes, y que en su expresión simbólica cierra sus corazones y sus bolsillos ante el clamor general que se alza desde los más bajos y oscuros abismos de la sociedad mexicana: la pobreza.

Los políticos mexicanos se ostentan públicamente como creyentes, practicantes asiduos de religiones que sostienen la igualdad del ser humano, pero su ética social es tan deplorable y malsana como la del imperio romano de Tiberio.

La Guerra de Independencia de 1810 empezó con un grito de libertad para los esclavos. La Revolución Mexicana pretendía la reintegración de algunos recursos para las bases campesinas. El discurso contemporáneo de los políticos mexicanos ha tomado como bandera de lucha a los pobres.

Sin embargo, la gran mayoría de los mexicanos continúa siendo esclavo pues está forzado a vivir al borde del hambre, rodeado de todas las carencias, sometido al terror que impone el capricho de un amo, empleador o secuaz. El mexicano que trabaja tiene pocas esperanzas de compartir eficazmente los frutos de su trabajo o de mejorar la condición de sus hijos, porque estos bienes son siempre escasos.

Sí, no olvido que esta pobreza atávica, esta desesperanza abismal son, en buena medida, reliquias históricas, pero es bien sabido también que esta situación parte de una condición económica que, históricamente también, ha dado siempre la impresión de ser una cosa calculada, planeada y organizada para que nadie pueda salir de ese estado de pobreza.

La riqueza material de México, y la hay en suficiente dimensión, está concentrada en muy pocas manos. En manos de la aristocracia mexicana que apela a sus dotes de abolengo chafa y la alcurnia de un apellido que viene de años; está en manos de las familias de industriales que se han hecho ricos a base de explotar el trabajo humano; en manos de políticos de poca monta pero habilísimos para el despliegue de argucias y malas mañas a la hora de ejercer la función pública.

Naturalmente, el objetivo principal de esta gente es conservar e incrementar su poder, su riqueza, nada que ver con ponerse en movimiento para construir puentes con los que se puedan salvar los abismos de pobreza que imperan en todas partes de México.

Esa pobreza sigue ahí. Es una acusación diaria a la indiferencia social, al egoísmo de los ricos y a las malas actuaciones de los políticos. La pregunta entonces es ¿qué hacer?

La pregunta es justa y, a la luz de los acontecimientos, me parece, que la respuesta también lo es. A vía de ejemplo, el Estado mexicano gasta demasiado dinero en propaganda para autoproclamar sus logros, ejecuta programas sociales de muy escasos resultados, destina demasiados recursos públicos al sostenimiento de los partidos políticos y de una burocracia inútil en los cuerpos legislativos que sostienen la estructura sociopolítica del país.

En contraparte, se emprenden pocas empresas de verdadera reforma social que ataquen la raíz donde se originan todos los problemas y se propicie una auténtica transformación que cimbre todas las estructuras. Ese sería el ideal.

No se trata de hacer buenas obras con tintes de caridad, sino de concebir y aplicar políticas públicas con una visión de Estado que impacten en todos los órdenes de la sociedad para que ésta se conciba como una entidad donde el bien común sea una realidad para todos.

Cuando el presidente se propone rifar aviones, el costo de esa puntada es no poner atención a la aplicación de políticas públicas que fortalezcan la economía con miras a crecer; cuando el presidente dice aplicar la ley para castigar la corrupción pero sus procedimientos son selectivos, entonces se vuelve parcial, vengativa y —en cierto modo— se cae en un acto de corrupción; cuando el presidente juega a ser Dios en las mañaneras, tiene todas las respuestas, no tiene oídos para la crítica, esa postura ciudadana que ve y que piensa de otra manera los problemas de la realidad; cuando el presidente destila certidumbres en sus expresiones coloquiales de vamos bien, en contraparte se abre un estado de incertidumbre abismal a nuestros pies.

Para nadie es un secreto la serie de problemas que se multiplican en el país que el presidente gobierna y que se traducen en un constante padecer entre la población. Que haya problemas en una sociedad, es lo normal; lo que no es normal es que éstos crezcan y se desenvuelvan con entera libertad porque se gobierna con buenas intenciones y no con una visión de Estado propia de un hombre que entiende la complejidad del país que gobierna.

A lo largo de muchos años como candidato a la presidencia de la república, una autoproclamada presidencia legítima, y una presidencia obtenida con la confianza ciudadana, le he escuchado sólo piadosos clichés y desgastados discursos en una que quiere ser apasionada condenación de los males conocidos, pero no he escuchado una sola palabra de justicia social que luego se corresponda con una política de Estado que la ponga en acción.

Como figura retórica, los pobres están en el discurso del presidente, pero la pobreza se mantiene, se hace más profunda; parece que el presidente se acomoda a la situación. Esto supone que el titular del Ejecutivo y su coro morenista, condonan, toleran y aceptan. Es decir, participan de algo malo.

 
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