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  Edición 633
  Nuestra torre de Babel
 
Marcos Durán
   
  Muchos conocemos la historia de la Torre de Babel. Se trata de la leyenda, incluida en La Biblia en el libro del Génesis que nos describe a un grupo de mujeres y hombres ambiciosos que intentaron construir en algún lugar de la antigua Mesopotamia, una torre a base de ladrillos con la intención de alcanzar el mismo cielo. Eso desató la ira de Dios que, en castigo, cambió el lenguaje de todos los habitantes de la comunidad provocando con ello el surgimiento de miles de lenguas y cientos de idiomas. Tras esto, se dio la dispersión de los seres humanos sobre la faz de la Tierra ante la falta de comunicación, las confusiones y los malos entendidos. La leyenda dice que antes de eso, sobre la Tierra sólo se hablaba un único idioma siendo éste de carácter universal. Hoy mismo se cree que en el mundo se hablan alrededor de cinco mil lenguas de los cuales solamente 600 cuentan con más de 100 mil parlantes.

Entre los idiomas más extendidos en el mundo están el mandarín, usado en China por cerca de 955 millones de personas; el español, por 407 millones; el inglés, por 359 millones; el hindi, por 311 millones; el portugués, por 216 millones; y el ruso, por casi 157 millones de habitantes.

Tan solo en África se hablan más de 15 mil lenguas y existen casos como el de Camerún que con solo 12 millones de habitantes tiene 270 idiomas. Otro caso significativo es el de Papúa Nueva Guinea con sus siete millones de habitantes comunicándose en 850 lenguas distintas.

La leyenda de la Torre de Babel significa el inicio de la comunicación como el modo de entendimiento entre los humanos; claro, siempre y cuando ese entendimiento se pueda dar pues tal y como afirmaba el escritor y filósofo francés Albert Camus: todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro. A esta frase habría que agregar el no hablar y no escuchar claro. Porque escuchar es algo que muy pocos son capaces de hacer. Todos queremos hablar, pocos quieren escuchar y cuando lo hacemos, entendemos una cosa muy distinta.

Y es que recientemente la ciencia dio a los hombres una excusa perfecta a la práctica milenaria de no escuchar a las mujeres. De acuerdo con Michael Hunter, investigador de la Universidad de Sheffield en Inglaterra, la voz femenina posee tonos más complejos que la voz masculina, tomando toda el área auditiva del cerebro. Mientras que la voz de hombre ocupa solo una pequeña porción del cerebro femenino. El profesor Hunter, dice que este es el motivo por el cual las mujeres muchas veces se quejan de que los hombres no las escuchan. Y tienen razón pues lo que hacemos los hombres es desconectarnos por una razón fisiológica. Por lo menos esos son los resultados que dicen que somos incapaces de sostener la atención al diálogo por periodos prolongados.

El autor del estudio explica que la mujer emite su voz en un rango de frecuencias de sonido más complejo que las del hombre.

Esto confirma nuestras propias «Torres de Babel», pues los hombres y las mujeres hablamos idiomas distintos y cada vez se vuelven más profundos los abismos en nuestra comunicación pues el cerebro femenino se destaca en las tareas verbales, mientras que el masculino está mejor adaptado para la acción.

En resumen, el hombre quiere hablar y ser escuchado pero no quiere escuchar. La mujer quiere hablar pero no es escuchada por el hombre. El cerebro del hombre no ha evolucionado o no ha querido evolucionar para escuchar a las mujeres.

Falso es el mito de que las mujeres hablan más que los hombres. Los estudios serios publicados han desmentido esa creencia. Esto no es más que un prejuicio social, pues una investigación publicada en la revista Science arrojó que los resultados entre el número de palabras que emitimos los hombres y las mujeres son muy similares en un promedio de 16 mil 215 las mujeres y 15 mil 669 los hombres, una diferencia insignificante.

Pero hoy la tecnología ha desarrollado herramientas que facilitan la comunicación. Internet, redes sociales y programas que pueden traducir en línea cientos de lenguajes lo cual hace más fácil comunicarse con personas ubicadas a miles de kilómetros. Lo que no han podido conseguir la ciencia y la tecnología es ayudar a poder comunicarnos con quien está a solo unos metros de nosotros.

 
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