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  Edición 633
  ¡Ay, que me agarra el bye!
 
Edgar London
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  ¡Bye!, me dice una amiga, e inmediatamente su despedida despierta una rancia duda que, en esta ocasión, por aquello de que, a más toca a menos quisiera compartir. En Saltillo, y me atrevería a afirmar que en todo el norte de la república mexicana, sucede un fenómeno harto curioso, paradójico incluso, relacionado con el uso del idioma inglés. Hoy mismo, luego de varios años, no sería capaz de deslindarme a favor de una de dos opiniones contrarias: ¿se promueve o se limita?

No me refiero, por supuesto, a la necesidad de incluirlo en los distintos niveles de enseñanza para lograr la condición bilingüe de los estudiantes. Me consta que en múltiples colegios, desde el kínder se incorporan, poco a poco, vocablos anglófonos que los niños aceptan con agrado y ni qué decir de la universidad. Si bien no es algo estandarizado aún, tanto en entidades públicas como privadas, se empiezan a incorporar clases cien por ciento en inglés. Aclaro, me refiero a impartir materias de las más disímiles categorías, no de la acostumbrada asignatura de idiomas que, lógicamente, aún se mantiene.

O sea, que el dilema no se esconde en el sector educativo. Ni siquiera en el gusto de las personas. En más de una ocasión he sido testigo de cómo algunos estudiantes, por el puro placer de hacerlo, realizan sus cortometrajes de la escuela en inglés. Algo que, a todas luces, lejos de facilitar el trabajo, le agrega una dificultad extra, pues no todos los actores dominan el idioma con la misma pericia. ¡Pero lo hacen! Y nadie se los pide. Recientemente, también para un trabajo escolar, un estudiante grabó una canción de su autoría, también en inglés.

Podría pensarse que el fenómeno es privativo de los diferentes centros de estudios, pero tampoco. Las palabras foráneas se incorporan en el habla popular sin que nos percatemos, pronto las hacemos nuestras y de esta natural circunstancia se derivan verbos raros como «puchear», que, lo confieso, no he escuchado en ninguna otra región, mas en Saltillo lo utiliza desde el taxista hasta el mejor doctor.

¿Por qué, entonces, las emisoras de radio no promueven más la música en inglés? En varios países latinoamericanos, por ejemplo, se manejan las famosas listas «top ten» para idioma castellano y extranjero. ¿Por qué se insiste en las películas dobladas, aun cuando algunas padecen de una pésima factura? Entiendo que no todos hablan inglés, pero sí saben leer. El comercio, tal cual suele suceder, tiende a tratar a la audiencia como idiotas irreverentes. ¿Por qué alguien se molesta si para referirme a las siglas del Compact Disc (CD) pronuncio «ci dí» en lugar de «ce dé»? Realmente, para esta última situación no tengo asomo de respuesta. ¿Se trata, acaso, de un arranque de nacionalismo a ultranza, de defensa del idioma como símbolo patrio?

En este sentido vale una aclaración desde una perspectiva muy personal. La cultura consiste en un proceso de integración dinámico. La mejor manera de preservarla, pues, es nutriéndola y renovándola. Que nadie tema por su sabor. Puede que las especies cambien, pero la sartén donde se cocina siempre será la misma.

 
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