Espacio 4
Ediciones:
  Facebook Twitter
Inicio Medios Finanzas Partidos Medios Luces y sombras Opinión Firmas  
 
 
  Edición 633
  Contundente fracaso
 
Jaime Torres Mendoza
   
  La Europa medieval soñaba con islas, mismas que buscó con afán en el lecho de agua del Atlántico. Unas eran reales, como las Azores, las Canarias o Cabo Verde; otras, pura invención, puestas ahí por el febril delirio que bullía en la mente de los enfebrecidos, embrujados por el inevitable influjo del mar frente a sus ojos.

Ante esa puerta abierta en la inmensidad del mar, debida a la fidelidad con que el europeo se entregó a los sueños, América no se presenta en el horizonte de la historia como un Continente que apareció de pronto. Fue surgiendo lentamente a través de un proceso imaginativo hasta que lo perfiló en su mente con la claridad de un sol.

En el mar Océana, se buscaron las islas que soñó con delirio la Edad Media europea, permeadas todas por mitos y leyendas alimentadas por hombres dedicados a industrias de mercadería, que se fueron aventurando cada vez con mayor audacia mar adentro y luego volvían a tierra firme con algo más sutil, pero más significativo, que las mercancías con las que comerciaban para ganarse la vida.

Toda la Antigüedad clásica supo de las insulae fortunatae (islas felices) localizadas en el océano Atlántico, equiparadas con el mítico Elysium. Después, todo el pensamiento de la Edad Media europea sostuvo la esperanza de hallar por esos mismos rumbos la mansión de las almas bienaventuradas o la tierra de promisión, la isla fantasma de Braxil o Brasil, así como la fantástica Antilia, la encubierta.

En la embriaguez de ese delirio cayeron irremediablemente todos los que constituían la industria del mar: primero los navegantes y mercaderes que iban cada vez más lejos; ellos fueron los primeros en tejer la urdimbre de cuentos y fantasías que desembocaron en leyendas. Después los cartógrafos. Con una pasión inquebrantable imprimieron con trazo firme mapas de maravillosos colores, poblados con ciudades inverosímiles habitadas por gigantes de un solo ojo, enanos con cabezas descomunales y animales fantásticos. Añadieron a ese imaginario, océanos oscuros que contenían monstruos terribles y sirenas seductoras de maravillosa presencia, que no hablaban palabras sino música hecha voz y ante cuyo canto habría que rendir la voluntad bajo el influjo hipnótico de aquella melodía encantadora.

A esa fiebre se sumaron luego otros, que igual produjeron leyendas de inverosímil magnitud en el monto de sus tesoros, como las islas de San Balandrán, o san Brandano, ese monje irlandés que, a las orillas del Atlántico, pensaba en la existencia de una isla situada al occidente del tenebroso y que otros buscaron con delirio el macizo de oro con que estaba construida dicha isla y con lo cual el diablo tentó al santo cuando aquél se hizo a la mar para no volver nunca jamás.

La isla de las Siete Ciudades de oro prolongó esa locura. Todo empezó en el siglo VIII teniendo como protagonista a Rodrigo, rey visigodo de Hispania. La leyenda dice que don Julián, conde de Ceuta, tenía una hija llamada Florinda la Cava, a quien Rodrigo ultrajó. Como venganza, don Julián, facilitó el paso de las huestes musulmanas que conquistaron Hispania. Al quedar en poder de los árabes la península, siete obispos portugueses, que no veían con buenos ojos la religión de Mahoma y para evitar que cayeran en manos musulmanas algunas reliquias de sagrado y especial valor para el catolicismo, decidieron buscar otras tierras a donde no llegara la influencia del Corán. Y entonces, en un alarde constructivo de la mente, en unas islas situadas en el medio de la mar, fundaron siete ciudades de prodigio donde el oro era lo único que brillaba.

Otra isla de encanto era aquella que resguardaba la Fuente de la Eterna Juventud, un sitio mítico que curaba y que devolvía el vigor a todo el que bebía de sus aguas o se bañaba en ellas. Muchos años después, las historias de los nativos americanos sobre esa fuente se relacionaron con la no menos mítica isla de Bimini, sitio de riqueza y prosperidad situado en algún impreciso lugar del norte, hubo una expedición en 1513 para localizarla creyendo haberla encontrado en la Florida, donde sólo se encontró la muerte.

A todo ese despliegue de imaginación, le siguieron El Dorado y Cíbola, la gran Quivira, la Isla de las Mujeres, la isla de La Mano de Satanás, las islas de los Bienaventurados y otros muchos desequilibrios, convertidos siempre en descalabros porque su asiento no era la realidad sino las brumas de un sueño. Y sí, en fracaso se quedaron porque eran sueños y todos estaban tocados por el delirio de los mitos y las leyendas tomados en su peor y más vulgar de sus sentidos.

En el mito y la leyenda, pues, se gestó América. Persiguiendo sueños, sombras y utopías, el almirante genovés descubrió las islas maravillosas del Caribe al corretear su propio sueño, su propia sombra, su propio fantasma, su propia utopía. Luego otros descubrieron tierra firme, donde pensaron hacer realidad la utopía mayor anunciada por los profetas de las Sagradas Escrituras: el paraíso terrenal, como llegó a creerlo con firmeza el más objetivo y profundo pensador de la circunstancia americana: fray Bartolomé de las Casas. Y el mito y la leyenda se quedaron arraigados para siempre. Y por eso, muchos años después los siguieron persiguiendo en la terra incognita que dejó el vacío de la conquista de los grandes señoríos de México y Perú. Por eso también El Dorado y La Gran Quivira se convirtieron en la encarnación poética de los tesoros de las indias.

Si América fue presentida en el sueño y luego inventada en el mito y en la leyenda, muchos años después, el descubrimiento y conquista de México le da conclusión a esa locura para abrir paso a una dimensión de verdades concretas: primero, que las tales Indias no eran islas sino un continente y eso mandó al diablo todos los sueños elaborados con el humo más fino que tabaco alguno hubiera podido generar. Después, ante la inevitable verdad gritada a voz en cuello por la tierra más firme que las certezas, la última trampa de la mente puso en la cabeza hueca de los locos el sueño final: En las minas de Guanajuato y Zacatecas vieron por fin en sus manos las montañas de oro que llevar a España, arrancadas de las Siete Ciudades, el Dorado; en la indiada distribuida por todo el continente por fin las miles y miles de almas que debían ser ganadas para Dios, por fin la aventura colombina abría otra dimensión que, en los hechos, desembocó en rotundo y contundente fracaso.

Bueno, he recordado una parte de mi libro El mundo distante, porque me parece encontrar en este texto que escribí hace algunos años, mucha similitud con el tiempo contemporáneo que vivimos en México.

Me pregunto si la Cuatro T no será sino un sueño basado en mitos fantasías. Porque si es eso entonces, como el sueño europeo respecto de América, nos espera el fracaso más rotundo y todo será un contundente fracaso.

 
Otras publicaciones
¿Y las políticas públicas?
Los vacíos de poder
¿Presagio?
Sociedad civil para México
¿Proyecto liberador de la política mexicana?
Educación: abordamiento serio
Otra vez la pobreza
Recuperar la confianza
Proyecto humano para este país
México: historia sin preguntas
Difiero
El ser humano: la primera prioridad
Política de la razón vs. política de la emoción
Forma y fondo
La encrucijada de la política
De liderazgos y otros males
La verdad sobre nosotros mismos
La política en la encrucijada
Tiempo de incertidumbre
Drama y terror
   
Publicidad
 
Espacio 4 © 1995-2020. Todos los derechos reservados Espacio Editorial Coahuilense, S.A. de C.V.

De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la publicación, retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos.

Ir arriba