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  Edición 632
  Aviones presidenciales
 
Gerardo Hernández G.
   
  La legitimidad en las urnas le permite al presidente López Obrador hacer lo que ninguno de sus predecesores; entre otras cosas, divertirse y marcar la agenda diaria donde quiera que se encuentre, no siempre en las conferencias mañaneras. Vicente Fox pudo trascender como líder de la primera alternancia, pero se conformó con ese título y optó por navegar entre la nadería y la frivolidad. A él se debe, en parte, que AMLO se haya convertido en la figura política del país más atractiva. La maniobra de Fox para desaforarlo del gobierno de Ciudad de México y excluirlo de la sucesión de 2006, lo convirtió en víctima. Felipe Calderón ejerció el poder bajo el signo de la ilegitimidad.

AMLO recorre el país casi a diario. Esa situación le permite mantener el contacto con las comunidades y los pies sobre la tierra. Ocupar la presidencia significaba estar por encima del común de los mortales. El ejecutivo federal tenía a su disposición flotas de aviones y vehículos, así como legiones de militares y burócratas a su servicio. La presidencia imperial desapareció hace apenas un año con la clausura de Los Pinos como residencia oficial y su conversión en Centro Cultural; la desaparición del Estado Mayor; la prohibición de viajes oficiales e incluso de placer en aeronaves del Estado; y la cancelación de toda la parafernalia y la ritualidad propias de una monarquía, no de una república federal.

Estos cambios los aplauden montescos y capuletos. No todos los opositores del presidente lo manifiestan, pues sería políticamente incorrecto, pero en el fuero de la conciencia también deben aprobar la eliminación del derroche, en algunos conceptos grotesco como el gel de Peña Nieto. AMLO ha vuelto a poner de moda el Boeing 787 Dreamliner («sueño de forro» en traducción libre) que «ni Obama» tenía. Desde Plutarco Elías Calles, los presidentes realizaron en avión sus giras por la república.

En el sexenio de Luis Echeverría, el gobierno arrendaba un jet, pero en cada viaje internacional las líneas comerciales temblaban, pues el presidente utilizaba tantos aviones como fueran necesarios para trasladar a sus numerosas comitivas. Una de sus giras, en 1975, duró mes y medio, comprendió tres continentes y cubrió 14 países. López Portillo dio ejemplo de cómo «administrar la abundancia»: compró dos Boeing 727-100 bautizados con el nombre de Quetzalcóatl («Serpiente Emplumada» I y II).

Miguel de la Madrid quiso dejarle a Carlos Salinas de herencia, además de la silla del águila, un Boeing 757, pero la presión de las oposiciones en el Congreso lo obligó a regresarlo; ya estaba pagado. Después de una conveniente falla del Quetzalcóatl I y acaso también de un arreglo con los diputados, recompró el avión en 43 millones de dólares (76 mil millones de pesos al tipo de cambio de la época; más tarde, Salinas le restaría tres ceros a la moneda). Desde entonces se estableció que, cada determinado tiempo, el presidente saliente adquiriera una nueva aeronave para ahorrarle a su sucesor el costo político.

La compra del Boeing 787, al final del sexenio de Calderón, se hizo bajo ese criterio. Una aberración, no solo por el precio: 160 millones de dólares (tres mil millones de pesos), sino también por la majestuosidad del avión y lo insignificante del usuario: Peña Nieto. La ocurrencia de rifar el Dreamliner le causa risa a AMLO y distrae a la población. No está mal que el presidente se divierta, pero que también gobierne.

 
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