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  Edición 632
  ¿Vamos a seguir mirando de lejos?...
 
Esther Quintana Salinas
   
  En la Constitución de la república se establece como derecho (art.35), y también como obligación (art.36), votar en las elecciones, no obstante que también es deber, estamos frente a una norma jurídicamente imperfecta porque no se establece sanción alguna si no se acude a hacerlo. Al margen de esto, ya sabemos que en nuestro país los niveles de votación no son altos, y más acusado el desdén cuando de elecciones legislativas se trata, que será el caso de Coahuila este año y el que viene también. Y tan caras que son las elecciones en este país… y no me refiero únicamente al costo económico «tirado a la basura», como dice mi amiga Laurita, sino a lo que hemos tenido que pagar por nuestra indiferencia electoral… Invadidos hasta la médula por corrupción e impunidad.

El tema del voto y, por ende, del poder político, es mejor tratarlos cuando todavía no estamos inmersos del todo en ello, quizá porque hay menos apasionamiento y así no se nos nubla el entendimiento con tanta facilidad. Hablemos del voto, pues, con la cabeza fría. ¿Qué hay detrás de la expresión del sufragio? Sabemos que no siempre fue universal, hay toda una historia que lo precede hasta llegar a ser no privativo de unos cuantos. Pero como que eso no se aprecia ni pondera en la idiosincrasia de los mexicanos. De tal suerte, que hay quienes ni siquiera se toman la «molestia» de ir a ejercerlo y también hay quienes votan, pero sin reflexión de por medio.

La democracia de la que tanto se habla, pero nada más, no se reduce a acudir a las urnas y sufragar, sino a hacerse cargo de la trascendencia que esto conlleva. En nuestro régimen político, impuesto desde el siglo XIX, y que denominamos democracia representativa, lo que ha generado es un océano de repudio y desconfianza. Hay un desgaste manifiesto al respecto. Ese desafecto ha permitido que lleguen al poder hombres y mujeres indeseables, que han hecho de la política con sus conductas ayunas de ética algo despreciable y sórdido. Pero lo más triste es que ahí siguen, los sufragios no alcanzan para que arribe otro tipo de políticos. La indiferencia, la complicidad y la ignorancia de millones de mexicanos se imponen.

Ahora bien, pese a todos esos males, lo que nos tiene que mover para ir a ejercer un derecho y el cumplimiento de una obligación ciudadanos el día de las elecciones es precisamente el que tenemos que recuperar la institucionalidad y sobre todo el compromiso que tenemos con nuestro propio destino, y que no se vale ir desinformados, como se acostumbra, si no con una decisión tomada con responsabilidad porque nos ocupamos de que así fuera, porque estamos ciertos de que este país tiene que ser un espacio en el que las oportunidades para crecer integralmente como individuos y como colectividad, depende de manera importante, por las funciones de las que estarán investidos, de a quienes elijamos.

Ir a votar por un candidato o candidata, implica y lo subrayo, una reflexión seria y juiciosa, se trata de las personas a quienes vamos a delegarles tres funciones sustantivas: hacer leyes, aprobar el presupuesto y revisar la cuenta pública, y ser el contrapeso del Poder Ejecutivo. Por ello, tenemos que revisar con lupa su curriculum vitae, no solo para conocer su preparación para el desempeño del cargo, sino su honestidad, tan escasa en estos tiempos en los que las mentiras y las simulaciones están al orden del día.

Votar es un deber íntimamente ligado al concepto de ciudadanía. Y la ciudadanía es mucho más que tener una credencial de elector. El voto cuenta, no lo perdamos de vista. Ejercerlo sin responsabilidad no se vale, existe la ética de la responsabilidad, y no solamente es aplicable a los gobernantes, también a los gobernados. Es esencial por ello, empezar a educar a las jóvenes desde que son niños para que votar se convierta en una acción sine qua non desde la que se puede construir la bonanza de una nación, y por tanto la pasividad y la indiferencia no tengan cabida en la idiosincrasia de los mexicanos, cuando de intervenir legítimamente en los asuntos públicos, se trate, entendiendo que son de la absoluta incumbencia del pueblo soberano.

Se tienen que erradicar la improvisación, la ineptitud y la deleznable corrupción de toda instancia del poder público, se tiene que promover la integración de México en torno a valores e ideales, porque precisamente por esa ausencia estamos pasando esta crisis de degeneración como sociedad. En política, mentir se ha convertido en medio para alcanzar objetivos, y además en «habilidad» que se alaba, porque que «vivo» es el que miente, el que engaña, el que no respeta la palabra dada. A través de la mentira se acepta hasta la monstruosidad del encubrimiento de delitos. Se inventan realidades que no existen, se fomenta la indiferencia al dolor del de enfrente. Hoy día la mentira ha dejado de ser, en la mentalidad de muchos, un problema de naturaleza moral para transmutarse en las llamadas «pos verdades o fake news», cuyo único y desgraciado objetivo es propagar falsedades sobre un adversario político, desviar la atención de asuntos verdaderamente relevantes y sobre todo dañando el lenguaje, que es el vínculo social más importante de la comunicación al mandar a la goma su función y los valores que la definen.

Insisto, elegir en las urnas debe ser motivo de ponderación reflexiva por parte del ciudadano, hay principios mínimos a observar, trátese de candidatos que busquen la reelección o el cargo por primera vez. Tenemos, para el caso del primero, que analizar su desempeño como legislador, su trabajo, su participación en comisiones y en el pleno, su comunicación con sus representados, y por supuesto si actuó apegado a transparencia y honestidad. Indague usted cuáles son sus merecimientos para pretender de nueva cuenta ser su representante. Si se trata de nuevos aspirantes, es sustantivo conocer su trayectoria anterior, su conocimiento de la realidad municipal, estatal y nacional, la importancia que le da a la cosa pública, quiénes lo avalan o qué partido político lo postula y si se ha ocupado de trabajar en pro de su comunidad en sus actividades anteriores. Y de ambos, si son estudiosos. El trabajo parlamentario demanda gente estudiosa, de verdad.

Un candidato a diputado debe reunir algunas calidades para el desempeño de su encargo, y usted como elector tiene la obligación de indagar si cuenta con ellas, porque va a ser su representante, su voz en la máxima tribuna del Estado, es quien va a defender sus intereses, los de usted por supuesto, asegúrese de que haya materia prima para ello. Helas aquí: compromiso, congruencia, honestidad, gusto por el servicio a los demás, respeto en su trato con todo el mundo, calidad y calidez humana, si sabe escuchar y establecer consensos y acuerdos a la luz del día no por debajo de la mesa, entre otras.

El brillante maestro de Estagira, Aristóteles, afirmaba que «el que ha superado sus miedos será verdaderamente libre». Este es el reto al que debemos enfrentarnos en estos tiempos de la vida política en Coahuila: superar los miedos para defender nuestras libertades e instituciones desde la democracia y el derecho. Superar los miedos también para expresar nuestras opiniones y pensamientos libremente, denunciando aquello con lo que no estemos de acuerdo pero con la fuerza de los argumentos y las evidencias que sustenten nuestro dicho.

Necesitamos un Congreso local integrado por personas que estén casadas con el bienestar de sus representados, no con los intereses del gobernador en turno. Necesitamos que el Poder Legislativo de Coahuila sea el contrapeso del Poder Ejecutivo, que dialogue con su titular pero de igual a igual, no bajo los lineamientos del deleznable presidencialismo que sigue caracterizando al sistema político mexicano.

Subrayo lo referente a los contrapesos, son necesarios para la vida política sana y en armonía de cualquier organización, con más razón, tratándose de una entidad federativa, y una particularmente especial, como Coahuila, en la que siguen pendientes la alternancia en el Poder Ejecutivo y la de una mayoría distinta a la del gobernador en turno. Y los únicos que pueden darle eso a nuestra noble patria chica, en este caso específico por cuanto a la mayoría parlamentaria, son los electores.

Enhorabuena.

 
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