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  Edición 632
  Malleus Maleficarum
 
Marcos Durán
   
  La palabra «brujería» tiene un profundo significado e historia. Su idea general se empezó a conocer alrededor del año 560 A.C., cuando en el Antiguo Testamento se les condena en el libro del Éxodo donde dice: «No tolerarás que una bruja viva», y en el Levítico: «Un hombre o mujer que tenga un espíritu familiar o que sea mago, sin duda morirá; los apedrearán con piedras; su sangre será sobre ellos».

Pero fueron el miedo, las creencias, los dogmas, la fuerza del catolicismo y la aparición de personajes como Tomás de Aquino, de quien se cree, habría nacido un 28 de enero del año 1225 y que en 1273 argumentó: «peligrosos demonios y brujas vagan por el país». Todo esto creó las condiciones para que un mal día de diciembre del año 1484, el Papa católico Inocencio VIII, que de inocente tuvo muy poco, declarara que las brujas se estaban reuniendo con el diablo, lanzando hechizos que destruían las cosechas y mataban a los niños. La bula «Summisdesiderantesaffectibus» en la que reconoce su existencia. Para comprobarlo pidió a dos frailes, Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, que publicaran un informe completo sobre la brujería. Era el «MalleusMaleficarum» («Martillo de las brujas») posiblemente uno de los libros más infames jamás escritos.

Pero al momento de su redacción existieron muchas voces dentro de la comunidad cristiana (académicos y teólogos) que dudaban de la existencia de las brujas y en gran medida las consideraban una mera superstición. Los autores del «Malleus» se dirigieron a esas voces diciendo: «Si la creencia de que existen tales seres como brujas es una parte tan esencial de la fe católica que la obstinación en mantener la opinión contraria manifiestamente saca a relucir la herejía». En términos más sencillos: si te opones al libro, eres un hereje y como tal serás juzgado.

Así, esta obra, que contiene conceptos erróneos sobre las brujas y su supuesta influencia, terminó sirviendo como la guía con que la Inquisición identificaba, enjuiciaba y condenaba a muerte a aquella persona que se calificara como bruja o brujo.

Y aunque los inquisidores aplicaban mucho de su locura personal en los horrores que infligieron a la humanidad de ese tiempo, el libro jugó un papel importante. Así se ha dicho que el «MalleusMaleficarum» es una de las obras más sangrientas de la historia de la humanidad, ya que su propia existencia reforzó y validó las creencias católicas que llevaron al enjuiciamiento, la tortura y el asesinato de decenas de miles de personas inocentes.

El libro sugería que una forma de determinar a una persona como bruja era encontrar la marca del diablo en su cuerpo, así que un simple lunar podía convertirse de inmediato en prueba irrefutable de la malignidad.

La histeria y el pánico llegó a ser tal, que la gente acusaba a mujeres, judíos, poetas, librepensadores y, como siempre, gitanos, de brujería, y a veces hasta de ser los causantes de enfermedades como la peste. Así que, por lo pronto, se les acusaba de brujas y eran ahorcadas. El resultado fue brutal, pues a menudo una simple acusación era suficiente para ver a una persona ser juzgada por la Corte de los Inquisidores y quemada viva en la hoguera. Las estimaciones del número de muertos durante la Inquisición en todo el mundo llegan (durante su curso de 250 años) a 90 mil muertes, y algunos creen que murieron hasta cuatro millones. La verdadera cifra nunca se sabrá.

Lo que contribuyó al final de la caza de «brujas» fue la llegada del periodo conocido como Ilustración, que trajo razón, duda y humanitarismo, los que ayudaron a vencer las supersticiones. La Ilustración aceptó que no había evidencia real de que hubiera brujas ni que causaran daño.

Pero el «Malleus» no fue más que una obra de su tiempo. Recordemos que la ciencia apenas había comenzado a hacer avances reales y que en ese momento casi cualquier enfermedad o situación inexplicable a menudo se le atribuía a la magia y, por lo tanto, a las brujas –personas que, al igual que la magia de cualquier color, jamás han existido–.

Esa era la forma en que la gente común le daba sentido al mundo que los rodeaba. El «MalleusMaleficarum» recurrió a esas creencias, las reforzó y las introdujo entre los creyentes. Y ya sabemos cómo le ha ido al mundo cuando se pone a sus creencias por encima de todo.

 
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