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  Edición 632
  Recuperar la confianza
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Sí, otra vez, pero —a la luz de los últimos acontecimientos que han sacudido— nuestra conciencia. Es necesario insistir en el tema que bordea el ámbito educativo.

Insisto en ello porque creo firmemente que en la raíz de cualquier solución a los problemas vitales de un individuo y de una sociedad, está la educación. Sin ella no existe ninguna posibilidad de que se produzca un ciudadano esclarecido que pueda pensar con autoridad de esos problemas donde siempre están en juego intereses y cuestiones de poder que comprometen el futuro de un individuo y de una sociedad.

Está en la raíz, porque sólo esa voz fuerte, clara, del ciudadano, puede interpelar a ese poder que hace prevalecer sus intereses particulares por encima de los que convienen a los intereses colectivos.

En efecto, se requiere un individuo educado que forme, a su vez, una sociedad educada, para producir educadores con una clara e irrenunciable vocación de apóstoles a fin de impulsar reformas cuyo punto de llegada sea una estación donde la justicia social, entre otras cosas, sea una realidad irrefutable.

Hablo idealmente de un educador así porque uno con ese verdadero carácter debiera estar hoy lleno de rabia porque mantiene en su conciencia la certeza de no poder continuar como educador a menos que haga algo digno de ese nombre.

El educador de nuestros días no puede quedarse en el confort que le otorga y las bondades del aula el sistema educativo, predicando sólo el monólogo que la institución oficial propone como estrategias formativas mientras los muchachos vegetan en esa zona etérea de la educación, que no es nada ante los imperativos de un mundo que se hace trizas delante de nuestra mirada.

Por el contrario, se requiere de un educador aguerrido capaz, no sólo de admitir la necesidad de reformas educativas sustanciales sino que asuman las consecuencias explosivas de una situación social al contraponerse a las disposiciones institucionales.

Tendría que ser así porque un educador verdadero debiera saber que la pobreza no es una opción para una parte de la sociedad; saber que la pobreza se alza como una cotidiana acusación a la indiferencia social con que los gobiernos en turno, al mismo tiempo que el egoísmo de los ricos, que se niegan unos otros a mirar hacia esa parte de la sociedad sometida al rigor de las dificultades diarias.

Sabemos bien que todo el territorio mexicano es pobre hasta la médula; sin embargo ese punto de vulnerabilidad es, precisamente, la tierra fértil donde la educación puede contribuir al abatimiento de áreas marginales. Lo difícil es encontrar educadores, no necesariamente profesionistas egresados de instituciones para realizar tareas de enseñanza, sino educadores de vocación casi sacerdotal que tenga en el compromiso, en la entrega, en la conciencia clara de su pensar, que la materia educativa no se reduce al conocimiento, sino a la relación con la persona.

En un país donde se ve a los deshonestos prosperar y la voz, a no de reclamo sino simplemente la voz, de los hombres honrados es ahogada sistemáticamente, es fácil ver lo que pasa en el mundo de los infantes.

Un niño en proceso de formación educativa no entiende de política y su nacionalidad se reduce a repetir sin conciencia que es de tal país porque nació en su territorio. Quizá, en tanto no crezca todavía y no madure, ignore que tiene derechos. Pero los tiene. Y el primero y principal derecho que todo muchacho tiene es vivir y esperar de los adultos lo mejor.

Al negarles estos derechos se comete un crimen en su contra; más aún, un crimen contra la humanidad entera. Así que todo ser humano honrado, pero sobre todo si está en el ámbito educativo, debe alzar la voz hasta alcanzar el timbre de protesta que se necesita para cambiar las cosas.

Hoy, este país es una burda mascarada que no ofrece respuestas claras de sus muertos, de sus desaparecidos, de los sin empleo, de los que carecen de atención médica, de los que sufren los estragos de una educación que no encuentra su rumbo.

Y justamente por eso, porque no encuentra su rumbo, el producto final de la miseria educativa es un ejército de jóvenes arrojados al mercado de trabajo sin armas, sin herramientas para pelear lealmente por una plaza laboral decorosa; muchachos que llegan a su juventud sin pensamiento claro, sin proyectos para la vida y, por eso, a merced de los poderes que terminan por envilecerlos.

Este es el resultado de una mascarada de la que surge un ejército de muchachos despojados de toda humanidad.

Ante esto, es tiempo de búsquedas. Este país está lleno de hombres históricos que murieron creyendo genuinamente que luchaban por la libertad como una necesidad vital para dejar atrás la condición de pobreza y de temor en que se vivía. Hoy, sin embargo, en la contemporaneidad que nos trae las primeras décadas del siglo XXI, pobreza y temor, gérmenes de la incertidumbre, infestan el territorio mexicano como un mal que no tendría por que ser así.

No, yo no me creo el maquillaje con que los discursos oficiales pretenden colorear la realidad. Un pueblo educado jamás permitiría que el alcalde de Saltillo se dedique sólo a las relaciones públicas con miras a consolidar su futuro político. Un pueblo educado no podría legitimar a un gobernador, como el de Coahuila, que no fue electo a través del voto sino por intervención de un tribunal. Un pueblo educado se negaría por sistema a aceptar el discurso triunfalista con que su presidente de la república enfrenta los problemas esenciales del país.

Soy un educador de vocación y por eso me permito hablar en nombre de los que no tienen voz en México. Hablo en nombre de los que hay que liberar de la corrupción política administrativa. Intento contribuir a fomentar la formación de una conciencia ciudadana que lleve al individuo a la formación de una conciencia nacional.

Creo firmemente que, a través de la educación, se puede adquirir y afirmar una conciencia social que haga al sujeto solidario con el otro. Por eso también, creo en la necesidad de recuperar y/o crear la confianza pública en una atmósfera de confianza mutua, entre ciudadano e instituciones, porque sin esa confianza es imposible cualquier planteamiento de un cambio que lleve hacia el bienestar para todos.

 
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