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  Edición 631
  Proyecto humano para este país
 
Jaime Torres Mendoza
   
  La pobreza es un elemento de la realidad. No hablo de la realidad construida por el discurso retórico de la política sino de la real; es decir, de aquella realidad que nos interpela desde la vulnerabilidad de quien la padece; hablo, pues, de la realidad real, la que golpea, la que mata.

En efecto, la realidad es una entidad abstracta en principio, inasible, difícil de objetivarla, pero contundente y concreta cuando despliega todos sus mecanismos compositivos a la hora de actuar en el entorno donde asienta sus reales.

El ideal para un gobierno, para una sociedad, es que todo su ejercicio fuera un proyecto humano, un proyecto donde el ser humano fuera la prioridad, más allá de las palabras vacuas con que suelen aderezar sus discursos los políticos. Un proyecto humano puesto en práctica en la realidad cotidiana, sin artificios. El camino, desde luego, aún es largo.

La filosofía practicada durante la Edad Media, llamaba virtud —en su acepción más amplia— a la perfección de una potencia humana. Hoy, en ese mismo sentido, el lenguaje cotidiano nos habla, por ejemplo, de que fulano de tal es un virtuoso del balón, otro es un virtuoso del violín, uno más es un virtuoso de la pluma, para hacer alusión a la perfección de las facultades que tienen para esos diversos campos, adquirida por el ejercicio o el entrenamiento. Es decir, son actos.

Pero cuando se trata de la perfección de una potencia libre, entonces la palabra virtud se queda corta porque su significación se transfiere al sentido más estricto de la moral y entonces su mejor definición es el hábito.

Tomás de Aquino, el gran filósofo escolástico, diría aquí: habitus operativus bonus, para señalar que la virtud propia de la creatura racional es el amor, o que el amor procede de esa creatura racional. Por eso en Santo Tomás, la meta de las virtudes es la libertad y la solidaridad, tan propias e inherentes al ser humano.

En este sentido se percibe claramente que, al hablar de hábitos no sólo de actos, el filósofo alude a una transformación del interior de la persona que corrige el mero actualismo excesivo por un hábito cuyo destino final es siempre el ser humano.

Por supuesto, lo anterior es teología moral, pero no por ello despreciable. Sin embargo, la experiencia humana es otra cosa. Ahí, las cosas no son ni tan nítidas ni tan bellas, aunque a veces se aproxima mucho. Por ejemplo la educación ha sido definida en más de una ocasión como creación de hábitos.

Por eso podemos hablar de que la persona habituada a vivir en una cierta pobreza o en una cierta temperancia, encuentra siempre estas conductas mucho más fáciles; las no habituadas, que han sido víctimas de la seducción del dinero, del alcohol, el poder, de la política, batallan más.

Pero a mí me interesa en este artículo, el traslado que se hace de esta filosofía moral al mundo de la realidad, que utiliza la vía del lenguaje como único recurso y a través del cual se nos quiere imponer la idea de una acción destinada a crear engranajes como facilidad para el bien.

Falla, por supuesto, porque esa facilidad para el bien, cifrada sólo en el lenguaje, se esfuma con facilidad porque no tiene dónde sostenerse. El sostén de esta intención es una reestructuración del hombre por el amor, es interior, nunca definitiva sino interminable. Esto es porque el amor en todo ser humano es un proceso siempre inconcluso siempre por recomenzar en cada hábito que implique una acción.

En otras palabras, sólo actuará en el ser humano con la tranquilidad del hábito, cuando el propio ser humano viva las cosas como un proceso nunca concluido siempre por recomenzar. La experiencia del amor humano permite comprender la verdad y magnitud de este empeño.

Bueno, perdóneseme el rodeo para llegar a lo esencial de este artículo, pero esta reflexión previa era absolutamente necesaria para no malinterpretar la intención de esta colaboración. Empiezo.

Hace unos días, la realidad puso en jaque a todo discurso construido desde la abstracción. La pobreza, que es una parte de la realidad, quebrantó la vida de una menor en Saltillo que cuestiona las realidades construidas por el gobierno, en todos sus niveles, y por otros núcleos de poder de la sociedad mexicana actual.

En una actitud irresponsable de la prensa, la primera noticia fue en el sentido que el deceso se debió a la automedicación. Inmediatamente se movieron las redes sociales que tacharon de irresponsables a los padres; después la Pronif se encargó de criminalizar el hecho buscando culpabilidad en los padres de la menor y el Colegio de pediatras de Saltillo, más o menos opinó en el sentido de que la automedicación es una práctica común que conlleva riesgos.

No es ese el problema, ¿por qué nadie se hizo preguntas? ¿Por qué la burocracia encargada de atender los problemas de la niñez no estuvo ahí antes de que ocurrieran los hechos? ¿Por qué los médicos pediatras no declararon mejor que pueden atender gratuitamente cualquier caso de emergencia en cuestiones de salud? ¿Por qué no respetaron ese dolor privado que fracturó la vida de esa familia?

El trasfondo de toda esta tragedia familiar, es una tragedia mucho mayor que alcanza, incluso, a la nación entera. Lo cierto es que faltan políticas públicas eficientes para enfrentar una realidad que en sus cimientos es muy cruda y no admite ineficacias.

Ese sólo hecho cuestiona, por ejemplo, la situación de gravísimas carencias por las que pasa el sistema de salud pública en México; cuestiona la situación de pobreza en que muchos mexicanos se encuentran sin poder salir de ella; cuestiona la falta de un proyecto de nación donde, efectivamente, el ser humano sea la prioridad.

El problema de actuación del presidente de la república, de ahí para abajo el resto, es que durante dieciocho años de campaña electoral y una presidencia (recuérdese que en el pasado se autoproclamó presidente legítimo) que todavía no sabemos si acabó o no, este hombre por el que votaron muchos tuvo las soluciones a todos los problemas que padecía entonces el país que son fundamentalmente los mismos ahora y para los cuales no encuentra claridad para establecer un proyecto humano donde nadie tenga que morir porque no hay proyecto de nación.

 
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