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  ¿Reseña literaria en crisis?
 
Edgar London
Twitter: @EdgarLondonTuit
Sitio Web: www.edgarlondon.com
Email: correo@edgarlondon.com
   
  Cada vez más los artistas e intelectuales (en todas sus vertientes) dejan entrever su preocupación por la paupérrima calidad de la crítica literaria y, muy especialmente, por la insuficiencia que padece la reseña de los libros en términos no sólo cualitativos sino de imparcialidad.

Lo que antaño significaba un aproximamiento objetivo a una obra en particular, hoy se ha convertido en un puñado de congratulaciones que muchas veces apunta más a la casa editorial que se hizo cargo de la publicación del texto, que el texto mismo.

Considero importante admitir que la reseña, por naturaleza, no tiene que apegarse a una objetividad extrema, como si se tratara de la exposición de una noticia. A sabiendas de que la obra reseñada debe ser leída por el público, nunca está de más ayudarla con un «empujoncito» a su favor. A menos que el autor le resulte antipático al crítico y este último se ensañe porque, de no parecernos adecuado el texto, ¿para qué tomarnos la molestia de reseñarlo? Lo cual, en buena medida es ponerlo a criterio del lector.

Digamos que, en cierta medida, la reseña se ubica en un escaño intermedio entre la presentación de un libro —durante su lanzamiento, por ejemplo— y la crítica literaria en su acepción más pura.

Su contenido no ha de ser tan lisonjero como el que expone el presentador de un libro, ni tan desapegado como el de un buen crítico literario. El problema es que los reseñistas actuales parecen estar más ligados a la casa editorial que a la obra, y los medios de comunicación tradicionales se prestan mucho para multiplicar esta sensación.

Al respecto, advierte el escritor Manu de Ordoñana, «verdad es que la prensa escrita, su medio de comunicación por excelencia, atraviesa un mal momento. Sufre una crisis profunda que viene de lejos… desde que los periodistas consintieron en convertirse en “empleados” de los grupos mediáticos, sometidos a la presión de los poderes políticos que cubrían sus enormes déficits financieros a base de ayudas y subvenciones. Algunos de ellos se prostituyeron por unos salarios de escándalo, nunca vistos hasta el momento, perdiendo así su capacidad para informar libremente y defender la democracia. Y no parece que la cosa tenga vuelta atrás».

Sin embargo, creo que el problema trasciende la condición mercenaria de los medios de comunicación. Algo que, en buena medida, siempre ha existido de un modo u otro por razones lógicas y que no ameritan desarrollarse aquí.

Algo que me parece más delicado es la ausencia de un contrapeso para esta condicionante. Lo más próximo a ello es Internet, donde cada quien escribe lo que le viene en gana, pero, ya es sabido, encontrar una reseña de calidad en Internet es harto difícil. No porque no existan sino porque se ahogan ante el tumulto de mediocridades que inunda la red de redes.

El conflicto explota entonces ante los ojos perturbados del lector común, incapaz de hallar una guía confiable que lo mueva entre los cientos de miles de título que hoy tiene a su disposición. En pocas palabras y acudiendo al universo restaurantero. No es comida lo que falta, sino la carta del menú.

 
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