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  Edición 631
  El recuento…
 
Esther Quintana Salinas
   
  Hay un adagio irlandés que dice que «un buen comienzo es la mitad del trabajo». Pues empecemos entonces a trabajar sobre el que recién estrena, y veámoslo como una oportunidad para dejar atrás lo que no ha sido hecho como debiera y esmerarnos en cambiar el derrotero. Y para más fortuna, se trata de un año bisiesto, es decir que contaremos como un día más para alcanzar lo que nos impongamos como deber ineludible de mejora.

Estamos viviendo sin duda tiempos inéditos. Somos parte de un presente que cambia en un parpadeo, hoy nos toca ver cómo el mar se traga islas enteras y emergen otras formadas por toneladas de plástico que la inconciencia humana ha lanzado al océano… ¡Qué horror! Nos estamos liquidando solos ¿Qué vamos a entregarles a las generaciones del futuro? ¿Y qué me dice del otrora imperio del libre mercado levantando barreras arancelistas y los llamados comunistas haciendo exactamente lo contrario? Sí, este mundo está de locos. Y «aquí y en China y en Palestina», los votantes abriendo puertas al fundamentalismo, a caudillos y mesías antediluvianos en medio de tanta «modernidad» tecnológica, en un claro retorno al primitivismo más oscuro.

Si lo que necesitamos en México —ya me centro en donde me duelen los hechos— es un gobierno al que se le crea porque conecta lo dicho con lo hecho, no que se empeñe su cabeza en querer convencer a punta de la cansina diatriba de machacar los errores del pasado su «legitimación» ante los 30 millones de electores que lo convirtieron en presidente de la República el año pasado.

Lo que necesitamos en un gobierno que sin demora dé soluciones a los grandes desafíos que tenemos por delante, como la inseguridad pública que crece a pasos agigantados aunque lo niegue todas las mañanas; como la educación deficiente impartida por maestros mal pagados, sin la capacitación acorde para enseñar a los millones de niños y jóvenes los conocimientos que se requieren para vivir en el mundo de hoy y de ribete sin la infraestructura escolar y con los grupos de educandos a reventar, por mencionar algunas de las terribles deficiencias; como la violencia contra la igualdad, como la indiferencia que los mexicanos tienen por la política y viceversa; como el emproblemado sistema de salud pública al que le están dando el tiro de gracia con tanta ineficiencia y mal entendida austeridad; como el sistema de pensiones que cada día que corre se convierte en una bomba de tiempo; como su ineficiencia para ofrecer soluciones políticas y democráticas a problemas de carácter estrictamente político; como su cerrazón al dialogo con las otras fuerzas políticas partiendo de que la razón únicamente la posee él y nadie más.

Esta actitud en nada abona al entendimiento y al acuerdo, tan necesarios en una nación tan disímil como la nuestra a la que se empeñó en gobernar, y con lo que sale a mañana, tarde y noche, es que todo está mal por culpa de sus antecesores, pues si es así, que lo arregle, y que ya pare a su mojiganga de plañidera.

La decadencia que invade nuestra centuria está a la vista, no se necesita ser genio para verla; y tampoco es que uno sea catastrofista o pesimista de condición, sino que hay una realidad que ahí está y tenemos que aprender a verla con objetividad o no vamos a salir del hoyo. Los mexicanos tenemos que aprender a distinguir todo el montaje de mentiras en que por décadas, políticos sin patria ni matria se han dedicado a tomarnos el pelo. ¿Se necesitan hombres de Estado para conducir un país? Sí, pero en México lo que hemos tenido son inútiles y cínicos al por mayor, haciendo hasta lo indecible y lo que le sigue por mantenerse en el poder. Pero lo hemos tolerado. Esa gente que llega al cargo público no viene ni de Marte ni de Júpiter, viene exactamente de la misma sociedad de la que nosotros formamos parte… ¿No hay valores en nuestra sociedad? ¿Por qué se les hace tan fácil mentir, robar, desdecirse, prometer y no cumplir? ¿De verdad la política es sinónimo de tanta inmundicia?... ¿Por qué somos presa tan fácil de embaucar por cualquier petimetre que postulan para un cargo público? ¿Ese blandengue modo de ser, forma parte de nuestra cultura?

Hace unos días leía a don Ramón María Valle Inclán, que en 1924 en su obra teatral Luces de Bohemia, escribía sobre la España de su tiempo lo siguiente: «España es una deformación grotesca de la civilización europea, en España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero, en España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza»… Qué similitud tan triste con lo que se vive en el México de nuestros días.

Nos acostumbramos a vivir en medio de la podredumbre, a tal grado, que taparse la nariz es mal visto. La avalancha de información tóxica que a diario recibe el gran público desprovisto de valores no tiene problema alguno para ingresar en sus entendederas, por eso se festina al «vivo» que desde el cargo público se hace de fortuna —él o ella y toda su parentela y corte de amigotes— mal habida, pero permanece impune —por lo menos hasta que se le acaba el «padrino» protector— y a cual más quiere emularlo.

Así es el mundo de «lo políticamente correcto». Robar y callar en la complicidad. Así se ha perpetuado la clase política de esta ralea por la que increíblemente y contra toda lógica, el grueso de los mexicanos sigue votando. El año pasado 30 millones de votos fueron para López Obrador, quien está haciendo tiritas las instituciones de gobierno en su empecinamiento por sacar adelante sus obsesiones. ¿Qué no?

El presidencialismo en pleno, lo más abominable del sistema político mexicano, redivivo. El Legislativo y el Judicial a su servicio, igual que siempre. Haga una revisión a sus promesas de campaña y compúlselas a la luz de la realidad, no es más que el despreciable y manido populismo el que campea en sus dizque programas sociales… De eso está enfermo este país. Con ellos les han robado la dignidad a millones de mexicanos desde el siglo pasado y el gobierno lópezobradorista lo repite a pie juntillas. Ese no es el camino para recuperar la confianza y la credibilidad tan denostadas.

Insisto, en este país hay deudas que siguen sin saldarse y hoy son esenciales para su desarrollo, a saber: un debate serio sobre las pensiones, la calidad del empleo, el futuro de las nuevas generaciones, el rol del Congreso, las medidas para responder a la problemática del cambio climático —no es chiste—, un modelo productivo ad hoc al mundo de hoy, una igualdad real entre hombres y mujeres, programas de desarrollo humano, no el consabido asistencialismo, el cambio imperativo al sistema penitenciario, ya que en lugar de habilitar para la vida lejos del delito, genera delincuentes peores que como ingresaron. Ahí están, no son todos ni van a resolverse solos, se requiere la conjugación de gobernantes y gobernados para atenderlos, no encuestas a modo al «pueblo sabio». Ya se tiene conocimiento de lo que no debe hacerse para solventarlos, derivado de esto, las políticas gubernamentales deben de ser parte de la solución. Requerimos de una política de hechos, no de discurso.

Con una política en la que se privilegian y desbordan las emociones, de pobre o nula responsabilidad e irreflexiva, como la que hoy se vive, tenemos caldo de cultivo propicio a la aparición de un sin número de entes políticos que no tienen ni idea de lo que es ser estadistas, pero sí mucho y re mucho —disculpe el re, pero es para enfatizar— de mesías populistas, de caudillos trasnochados, de vociferantes compulsivos, que además fascinan a un pueblo que al parecer siguen deslumbrando las cuentecitas de vidrio.

«El gran problema de la política es acertar a designar a los más aptos, los más dignos y los más capaces», apuntaba don Manuel Azaña, un destacado estadista español. Y esto lo decía en 1936. Hoy y siempre elegir bien es trascendental, porque sus errores se acumulan y tienen un costo muy alto y los pagamos todos. México ha pagado y sigue pagando el no elegir con reflexión de por medio, y en quedarse callado ante los desmanes y raterías cometidos por la caterva de sinvergüenzas que en los diferentes tiempos han ocupado un cargo público.

La política no está peleada con la ética, sino todo lo contrario. Sigo con don Manuel, porque él la vivió siempre bajo la concepción altamente moral e íntegra. Le comparto la transcripción de uno de los párrafos del discurso de clausura de la asamblea del partido de Acción Republicana pronunciado en Madrid el 16 de octubre de 1933, en el que reclamaba precisamente la política ayuna de esa grandeza:

«Proscribamos la política como una forma de holganza retribuida, sin otra aspiración que hacerse célebres en las reboticas de los pueblos; proscribamos la política convertida en oficio que degenera en rutina, que a su vez se convierte en una habilidad desalmada; proscribamos la corrupción que tapa las bocas que un día podrían ser acusadoras o testigos; proscribamos el caudillaje y el compromiso que prostituyen la razón de servir; proscribamos todo compromiso inconfesable, toda transigencia injustificable y afirmemos la necesidad de un gobierno incorruptible, riguroso, vigoroso, responsable, tajante y emprendedor (…)».

Lo que hoy tenemos en México ni por asomo es una democracia, es una aventura a la que se llegó por el hartazgo de un régimen en el que se hizo y deshizo desde el poder, prendidos a las anchas agarraderas de la corrupción y la impunidad. Y hoy, tristemente, no queda institución o instancia oficial que López Obrador haya evitado manosear. En todas va quedando su impronta. Reitero, el presidencialismo en pleno, en su más deleznable y aborrecible expresión. Y México cayendo mansamente en el nadir consentido por la marginación, por la complicidad, pero sobre todo por la indiferencia, sin apenas lanzar un grito de protesta o siquiera una señal de incomodidad. Y la oposición en su desvarío… Ni se ve, ni se oye…cada uno por su lado.

De modo que… ¿No le parece a usted que ya es hora de abandonar el estado de inmovilidad voluntaria y reaccionar como dueño de la casa? México es la casa, no lo olvidemos. Los gobernantes son servidores a sueldo y temporales, tampoco lo olvide. Ellos le deben al pueblo, no el pueblo a ellos.

 
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