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  Edición 631
  La solución final
 
Marcos Durán
   
  Era la mañana del 20 de enero de 1942 y la nieve cubría el paisaje de la Villa Marlier, una hermosa propiedad localizada en el distrito berlinés de Wannsee, en las afueras de la capital alemana. Reunidos en ese lugar, un grupo de altos oficiales del Tercer Reich planificaba la «Solución final» al «problema judío» en Europa. Desde la aprobación en 1935 de las leyes de Nuremberg, había iniciado la eliminación de esta raza en Alemania, pues se les consideraba inferior.

Lo primero fue despojarlos de sus derechos, luego de sus bienes y al final de sus propias vidas. Ya en el año de 1941 las matanzas eran sistemáticas: se les fusilaba, ahorcaba, ahogaba o forzaba a trabajar hasta morir. Hombres y mujeres, niños y ancianos, todos eran inservibles para el futuro de la «raza superior» imaginada por el Führer. Después, a la lista se sumaron gitanos, homosexuales, enfermos mentales o con alguna discapacidad o debilidad física, personas «indeseables» para el nazismo y su idea de una «nueva sociedad».

Pero los judíos se contaban por millones y Hitler se mostraba impaciente pues los métodos utilizados no mostraban la eficacia y rapidez que esperaba. Fue así que en enero de hace 72 años, Heinrich Himmler, el oscuro jefe de la Schutzstaffel, mejor conocida como las SS, una especie de ejército alterno, implementó un elaborado plan para acelerar el exterminio. Surgió así la idea de utilizar el gas Cyclon B, que de verdad aceleró el proceso pues tan solo en el campo de concentración en Auschwitz fueron asesinados 4 millones de personas.

Ésta ha sido la mayor matanza y el mejor ejemplo de limpieza social en la historia de la humanidad. Más tarde Stalin y Mao intentaron seguir su ejemplo eliminando a muchos que consideraban «indeseables», pero ninguno alcanzó el grado de industrialización de la muerte que llegó a tener la Alemania de Hitler.

Hace algún tiempo, apareció en los medios de comunicación el resultado de un estudio elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que reveló que una parte importante de la población mexicana se mostraría tolerante al exterminio de población «indeseable».

El documento señala que la pregunta planteada a los encuestados fue: «Si un grupo de personas comienza a hacer limpiezas sociales; es decir, matar gente que algunos consideran indeseables, ¿usted aprobaría que maten a gente considerada indeseable, o no aprobaría que la maten, pero lo entendería, o no lo aprobaría ni lo entendería?». Los resultados arrojaron que un 8.8% sí aprobaría acciones de «limpieza social», mientras que 32.8% no las aprobaría, pero «sí entendería» que un grupo asesine a gente considerada «indeseable».

El estudio deja claro que más de un 40% de los mexicanos ha desarrollado una especie de tolerancia hacia el exterminio. Con los niveles de inseguridad que hemos vivido desde hace unos años y presas del llamado «pánico moral», es fácil reaccionar en forma discriminatoria pues tememos ser dañados en nuestra integridad física o patrimonial y preferimos la desaparición de otro grupo visto como amenaza.

El ambiente de inseguridad es siempre un terreno fértil para la «limpieza social» pues se estigmatiza a indigentes y gente en situación de calle, drogadictos y asaltantes. Amedrentados y hartos de la violencia, nos volvemos hostiles y llegamos a avalar como lo demuestra el estudio la «limpieza social». Los ejemplos son pródigos en esto: «Parecía malo» por eso lo mataron, «de seguro estaba metido por eso lo desaparecieron». Nos hemos deshumanizado y discriminamos entre «buenos» y «malos», una simplificación que en sus etapas siguientes llega a la persecución por credo, raza y preferencias políticas. En una sociedad como la nuestra, llena de pobreza, de mezclas raciales y de diferencias sociales ¿habrá alguien que se sienta con la superioridad de imponer o decidir quién vive o muere?

Al conocer los resultados de la encuesta de Naciones Unidas recordé la frase que nos revela mucho al respecto: «Quizás la más grande y mejor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia». La dijo Adolfo Hitler.

 
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