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  Edición 630
  México: historia sin preguntas
 
Jaime Torres Mendoza
   
  El país nuestro es una tierra viva, en movimiento constante, cósmico y estelar, sin freno. Y lo que se vive a diario, me hace comprender el significado irrevocable de estar vivo, también en movimiento constante.

Pero quizá el precio de vivir y moverse sea esa pobreza de espíritu y duelo permanente de todo lo que atañe a la vida. Acaso ella exija esa especie de abono ruin, de miseria y tristeza entre las cuales, a pesar de todo, crece como un campo florido la vida y que nosotros hemos nacido en esta tierra para honrarla y honrar a la vida misma, así, con todos esos matices de color que me dan la noción exacta de que la vida en México, es vivida por seres humanos, de carne y hueso, ni más ni menos.

Y asumida la evidencia de que la vida es movimiento, el ser humano, de cualquiertiempo, toma conciencia de que sólo se encontrará con su obra realizada en el mundo, en el inevitable trayecto interior que constituye la experiencia personal y, por eso, única, irrepetible e ineludible.

Creo firmemente en las voces remotas porque lo mejor del pasado es la lección que subyace en su devenir para aplicarlo al presente. Sólo por la palabra el ser humano ha podido intuir el supremo vigor del signo escrito y la contundencia ineludible de la acción.

Y las acciones tomadas por las dirigencias a cargo de este país, son rescoldo de lo que quedó a la deriva; son una congregación de olvidos, de alteraciones, de enredos, ciertamente, pero en cada momento de su acontecer son también (¿por qué no decirlo?) un rayo de luz arrojado sobre el conocimiento delos hombres y que nos devuelve la noción de lo que son exactamente en este mundo: seres humanos, nada más.

Pero el balance histórico de este país es descorazonador. Reconozco en esa afirmación el peso, la emoción desoladora que me abruma y el silencio aterrador que me grita el pasado desde el horizonte de la historia. Confieso que me duele su desenvolvimiento.

Pienso y pienso en ella y no juzgo, me niego a hacerlo, pero su historia pareciera poner en evidencia que ha faltado el asombro y la consternación en la conciencia de toda su gente para dar respuesta adecuada a los hechos y atajar el desastre que se dejaba venir desde sus inicios como país independiente. Bastaba con que le otorgaran acto de consumación a la única emoción donde se funda la alianza de sus gobernantes con el pueblo, manifestada en los hombres como acto solidario en el ajetreo de vivir a diario: la justicia, la solidaridad, la igualdad.

Me duele más porque una lectura actualizada de la historia de mi país, me obliga a compararla con lo que ocurre en mi momento histórico, este del siglo XXI en el que se teje otra historia, tan llena de trampas y espejismos.

La verdad de este instante, pone también en evidencia que a mi patria de hoy le falta el asombro, la consternación y formularse las preguntas esenciales para dar respuesta adecuada a los acontecimientos que nos agobian poniéndonos en la orilla de un abismo cuya profundidad se alza como bruma espesa y que a la mirada de todos forja una superficie de espejo, plana y brillante en la que, a la luz de la luna, nos estamos viendo morir porque no hemos sabido atajar con decisión todo lo que se ha dejado venir.

Quizá falte entrar en posesión de la conciencia, del sentido de responsabilidad por ser una parte, aunque sea mínima, del alma del mundo. Entender quesi el hombre concreto pierde esa conciencia y esa responsabilidad, se rinde, dilapida su carácter especial y su cualidad de esencialidad, por virtud de lo cual la naturaleza lo creó como ser humano, perdiéndose entonces a sí mismo para siempre.

El verdadero ser humano con estatura de hombre, es aquel que puede penetrar en sí mismo, el que es capaz de sumergirse en el gran proceso del mundo porque sabe cómo emplear todas las fuerzas del cosmos. Y lo sabe porque están dentro de él.

No, este país no es el paraíso ni su gente es feliz, feliz, feliz, como quiere el presidente; hay muchas señales de descomposición. Pero, a pesar de todo y dentro de su circunstancia, el final de un ciclo calendárico nos ofrece la oportunidad de mirar el tiempo como el símbolo de un espléndido espíritu de primavera paseándose por la llanura ilímite de la esperanza, perpetuándose en cada promesa de vida arrancada a un mundo hostil que clama por la verdad de ese instante en que un corazón palpita con la calidez de una mariposa que en la plenitud de su vuelo grita el símbolo de una vida llena de color y movimiento perpetuo.

Los grandes metodólogos de la historia, como Karl Popper, Lakatos o Kuhn, coinciden en que la clave del conocimiento está en la calidad de preguntas que se formula el investigador. Su percepción resulta valiosa porque, además de la ciencia, este principio metodológico se puede extender a todos los ámbitos de la vida cotidiana.

En México, las clases dirigentes de cualquier estrato de poder, han desperdiciado la oportunidad de formularse las preguntas esenciales sobre los asuntos vitales de este país. Frente a la multitud de problemas que entrampan el movimiento hacia el bienestar, prefieren cerrary concluir los desafíos en cuanto se toma una decisión dejando fuera la posibilidad de formularse preguntas en torno a los problemasel modo de resolverlos olvidando que, en una sociedad viva como la nuestra, ningún caso se cierra para siempre.

Por eso siempre tenemos la sensación de que estamos incompletos, de que no se cierran adecuadamente los ciclos. Por eso también mantenemos siempre un altísimo nivel de dolor frente a todos los problemas que se quedan sin respuesta porque no se abre el abanico de preguntas.

Nuestra historia nos enseña todos los protagonistas hemos perdido lo más vital de nosotrosen la vorágine de la existencia tormentosa que hemos enfrentado sin haber sido redimidos por el manejo eficiente de las respuestas de las clases dirigentes a los problemas que nos atañen.

Y en la historia mexicana eso es ahora sólo una memoria que se puede recorrer en el impacto luminoso de un instante. Y después de ese instante sólo está el vacío.

 
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