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  Edición 630
  Había una vez… con Obrador
 
Edgar London
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  La literatura y la política tienen más puntos en común de lo que muchos siquiera han imaginado. Para empezar, una y otra intentan convencernos de que es realidad lo que realmente no pasa de ser una ficción, mejor o peor presentada. Ambas, también, se valen de intermediarios al momento de desarrollar su argumento. En el caso de la literatura, se acude a un narrador, apoyado por cierto número de personajes. La política no difiere gran cosa en este aspecto y recurre a organismos institucionales que, a un tiempo, son representados por funcionarios a modo de personajes —cuando no son tratados como personajes a modo—. Pero, acaso lo más importante, es que las dos nos obligan a consumir mentiras creadas por un autor, llámese Edgar London o Andrés Manuel López Obrador, da igual. La principal función de todo autor es ocultar a su audiencia los hilos con que se tejen las historias.

Ahora, ¿por qué entonces la literatura es querida por tantos y la política por tan pocos? Muy sencillo. Porque la primera, a causa de su propia razón de ser, nos dice “te voy a compartir una mentira para que la disfrutes cual verdad”. Y cuando llegamos a la última página volvemos a la realidad, a veces para bien, a veces para mal. Curiosamente, mientras mejor es la ficción literaria, más amamos el ejercicio de la lectura. La literatura es invitación. La política es imposición. El motivo de su existencia está acotado por la obligatoriedad que pende de su puesta en práctica. No podemos, voluntariamente, acceder a una disposición política de la misma manera en que lo hacemos a un buen libro. Otra vez, curiosa y paradójicamente, mientras mejor es la ficción política, más repudiamos la aceptación de sus disposiciones. Es como si ésta nos dijera “te voy a imponer una mentira para que la disfrutes como tal”. Imposible.

Pues bien, es difícil encontrar en la historia reciente de México un presidente que nos sirva de mejor exponente para este razonamiento que el propio Andrés Manuel López Obrador. Su obcecación por diferenciarse de los mandatarios que le precedieron no hace más que igualarlo.

¿De verdad debemos creer que él no es capaz de ver cómo el país, de norte a sur, sigue inmerso en la inseguridad, a pesar de sus promesas de campaña? El año 2019 cierra como el más sangriento del país y la creación de la aclamada Guardia Nacional, uno de sus proyectos más aclamados, sólo ha servido para perseguir a los migrantes centroamericanos que cruzan la frontera sur. Misión que agradece Estados Unidos y su presidente Donald Trump.

¿De verdad Obrador no ve la corrupción minando su centro de poder? Mientras se recrudece el juicio contra Rosario Robles —funcionaria en el sexenio de Enrique Peña Nieto—, la exoneración de Manuel Bartlett, acusado de enriquecimiento oculto y tráfico de influencias, ha superado los límites del escándalo. Sin contar que, posteriormente, el mismísimo jefe del ejecutivo publica una foto suya en un desayuno, acompañado por el director de la CFE. La imagen raya en cinismo y significa un agravio para el pueblo mexicano.

¿Qué pretende vendernos Obrador? ¿La firma del acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá? ¡Por favor!, es una buena noticia, claro que sí, especialmente para quienes ya están involucrados en este tratado, pero recordemos que el mismo ya existía. Se trató de la ratificación de un acuerdo existente, ahora ceñido a nuevas y más estrictas legislaciones, no a un negocio inédito ni mucho menos. De hecho, a pesar de esta ratificación, los analistas mantienen en 1.2 (promedio) el crecimiento económico para México durante el próximo año. Ello implica un desastroso movimiento de desaceleración que lo ubica muy por debajo de los 2.0 puntos que maneja, en el colmo de sus ficciones, López Obrador.

Lo más terrible es que él, y sólo él, efectúa una lectura completamente distinta al resto de los millones de mexicanos que gobierna. El presidente está escribiendo el más suigéneris y peligroso de los libros en el ámbito de la literatura universal. Uno que sólo él entiende, donde dos más dos son cinco o tres, según le convenga.

De una cosa podemos estar seguros. Tamaña acefalía política y pseudointelectual jamás se convertirá en best seller, aunque el gobierno lo coloque, a la fuerza, en cada rincón del país.

 
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