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  Edición 630
  Andrés Manuel
 
Carlos Manuel Valdés
   
  Las opiniones que recogemos en los diarios o la televisión acerca del Presidente, sus colaboradores y proyectos son tan disímiles que obligan a cuestionar la validez de tales veredictos, tanto los de sus críticos como los de sus adeptos. Amigos y familiares están en ambos polos: los que lo aman y los que lo odian, los dos sin matices. La dicotomía dificulta la seguridad de que todos estamos vislumbrando la realidad. Se dice que la realidad se impone y no es verdad: son varias las realidades existentes según los lugares de observación, los enfoques teóricos y la ideología del observador.

Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, comentó que una noche pasaba en su avioneta sobre el desierto y vio una aldea de pastores argelinos en donde se iban apagando las luces de las casitas, y escribió: “Es la hora del amor” (escribía en el aire.) No sé si era la hora del amor, quizás para algunos, pero para otros era la hora del descanso o del miedo o de la acometida sexual. Los de allá abajo no eran franceses románticos como él, sino pastores miserables que caminaban siguiendo a sus cabras seis horas diarias sin un sólo día de descanso al año. Cada cual tiene un sentir sobre lo que se llama realidad.

De López Obrador escucho a no pocas personas decir cosas que no coinciden con lo que nuestros oídos e inteligencia formulan. Me aseguraba alguien que los empresarios estaban enojadísimos con el rumbo del país; yo he escuchado a empresarios y banqueros que juran que invertirán hasta 160 mil millones en proyectos de beneficio para el país. ¿A quién creerle sino a los empresarios mismos? Es un lugar común decir que la izquierda se divide por ideas y la derecha se une por intereses.

Si tomamos ciertos temas logramos recoger opiniones discordantes. No acepto que se me coloque entre los enemigos del régimen, pero tampoco pasar como adorador del Presidente. Admito que es un gran tipo; no lo son todos los de su equipo. Pueden decirme lo que gusten y seguiré creyendo que al menos dos de sus cercanos son delincuentes: Manuel Bartlett, quien dio un golpe de estado en 1988, y Napoleón Gómez Urrutia, quien dejó en la miseria a los mineros de Sonora y se refugió en Canadá donde compró casa y puso negocios. Son listos, pero el pasado no se borra; todos cuantos cometen fraudes son listos.

Confundir a López Obrador con la Inmaculada Concepción me parece cercano al fascismo. Es un hombre, un buen hombre, no un santón. Proclamar su inocencia angelical es ofensivo para él y para los mexicanos. Vamos queriendo al Presidente sin tomarlo como impoluto, sino exigiéndole que sea mejor porque para eso está. Me he topado con personas que me atacan duramente por una crítica minúscula. Poco les falta para decir que nunca se equivoca. La Iglesia cometió el grave error de declarar dogma de fe la infalibilidad del Papa. Conociendo a los papas que existieron, fue un atrevimiento; Juan Pablo II hizo alianzas con Margaret Thatcher y Ronald Reagan, besó a Pinochet y protegió al pederasta Marcial Maciel.

¿Hacia dónde vamos? Volvemos los ojos al pasado y vemos que con Enrique Peña Nieto y varios gobernadores casi nos quedamos sin país. Poco faltó para que le pusiera ruedas a la Catedral de México y se la llevara a la Casa Blanca. Baila en Madrid mientras los niños leucémicos carecen de medicamentos. Desearíamos saber cuándo irá a la cárcel.

Ahora que estuvo en México el expresidente del Uruguay, José Mujica, advirtió sobre el peligro de promover pleitos entre mexicanos. Dijo que era indispensable la tolerancia para que México saliera adelante. Se puso como ejemplo: dijo que él anduvo con una 45 al cinto y que había sido un error. Si hay alguien a quien creerle sería a Mujica.

Todavía no leo el libro “Economía Moral”. Me pregunto qué significará para AMLO ese título. La economía moral fue un concepto creado por el historiador inglés Edward P. Thompson, uno de los dos grandes de la corriente socialista en historia. Pero ya no cabe ni la explicación ni una opinión sobre ambos «autores» —si acaso lo escribió AMLO, cosa imposible—. Este semestre enseñé en clase a Thompson y a mis alumnos se les abrió una lucecita para entender el pasado desde los pobres. ¿Qué dice el Presidente sobre el tema? Responderé en otra ocasión.

 
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