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  Edición 630
  La libertad no se entiende sin igualdad, ni viceversa…
 
Esther Quintana Salinas
   
  La igualdad es un valor y un derecho que tiene un profundo significado para la educación, porque está comprobado que ésta es el medio por antonomasia para igualar a las personas. El mundo arrastra desigualdades sociales desde tiempos inmemoriales acrecentadas por relaciones de intercambio por demás inequitativas, lo que se manifiesta en el seno de las propias naciones, y por ende entre los individuos que las conforman. Desde esta perspectiva, el valor del ejercicio de la igualdad debe convertirse en uno de los más importantes a fortalecer en los sistemas educativos.

La educación, como lo ha apuntado don Fernando Savater: «… es la única forma que hay de liberar a los hombres del destino, es la anti fatalidad por excelencia, lo que se opone a que el hijo del pobre tenga que ser siempre pobre; a que el hijo del ignorante tenga que ser siempre ignorante; la educación es la lucha contra la fatalidad».

La lucha por la igualdad ha costado sangre, sudor y lágrimas, en todos los pueblos de la tierra; ha sido objetivo de lucha en todos los tiempos; ha constituido un tema sustantivo desde hace muchas centurias, a su vera se han construido ideologías, en las que en cada época se le añaden argumentos y demandas; en este proceso la educación ha estado generalmente vinculada. Fomentar la igualdad no lo constituye solamente el hecho de aperturar el ingreso de las personas a las instituciones educativas, porque eso no es suficiente para generarla, toda vez que se trata de igualar a personas muchas veces socialmente diferentes, de ahí que se demanden procesos de aprendizaje de contenidos básicos para todos, pero a la vez, asegurar el desarrollo de una educación diferenciada, que demanda atender, desde la misma institución, necesidades cognitivas y educativas de cada educando.

La educación diferenciada es hoy un instrumento que permite buscar el equilibrio en la formación de estudiantes que provienen de medios socialmente diferentes, de familias diferentes pero que interactúan y tienen tiempos y ritmos de aprendizaje también diferentes, de tal suerte que quienes no tengan el apoyo necesario lo obtengan en la escuela, porque lo verdaderamente importante «es salvar la unidad humana y la diversidad humana…desarrollar nuestras identidades concéntricas y plurales», como lo expresó con claridad meridiana el brillante filósofo francés Edgar Morin. No se trata, entendámoslo, de negar la diferencia, sino de crear condiciones y desarrollar acciones, para que el tránsito por la escuela de los educandos sea aprovechado de la manera más eficaz y humanista, logrando con esto la reducción de la desigualdad de oportunidades.

Y es que la ausencia de igualdad en el seno de una sociedad, amarga la existencia de muchos que pertenecen a sectores menos favorecidos, los hace perder su sentido de la vida… ¿Cómo vas a sentir apego por un espacio en el que te sientes perjudicado por el trato diferenciado? ¿Qué te va a importar conocer la historia de un país del que te sientes ajeno? ¿Por qué ha de interesarte ser parte de una nación en la que solo has conocido y vivido condiciones de marginación? Sin igualdad no hay democracia ni libertad posibles, valores sustantivos para la auténtica emancipación.

La transformación hacia allá implica incorporar nuevas metodologías en el proceso de enseñanza aprendizaje; para lo que resulta esencial, por principio, entender que en un escenario tan dinámico y cambiante como es el de este siglo XXI, influenciado, nos guste o no, por la globalización y las fuertes tendencias migratorias, lo que se requieren son estrategias didácticas creativas, que no solo profundicen en el conocimiento del pasado –que sin duda explica al presente y proyecta para el futuro– sino que desarrollen capacidades para participar en situaciones nuevas y sin duda desconocidas, con visión futurista, que preparen al individuo para relaciones de identidad y diferencia en el marco de la convivencia humana.

Una cultura de innovación desde la educación representa la realización de acciones concretas como saber: escuchar, estimular la generación de ideas, aprender a trabajar en equipo, cuestionar la manera en que se hacen las cosas y desarrollar percepción de riesgo en relación con la creación.

Esta cultura lleva al individuo a sentirse realizado con lo que es, porque le permite ser participe directo de su propia educación. Una educación bajo estos parámetros facilita la inclusión, te desarrolla sentido de pertenencia, aprendes a aprender, se trata de un aprendizaje que te sirve para toda la vida.

En lo particular, déjeme le comparto una experiencia personal que aprendí porque me la enseñaron y me demostraron que era posible: responsabilizarme de lo que aprendía y esto trajo como consecuencia que me gustara estudiar, y eso cambió mi vida, porque hasta antes yo pensaba que no podía, que no tenía capacidad para, y resultó que sí. Y no hubo ni violencia, ni la «letra con sangre entra» de por medio, simplemente me convencieron de que era posible y lo descubrí por mí misma a mis inocentes siete años. Fue maravilloso enterarme que yo tenía talento para asignaturas que en la escuela anterior nunca se ocuparon de que así ocurriera. Debo aclarar que yo inicié primaria a los cuatro años de edad y reprobé tercero, pero mi madre me llevó a una escuela en la que no solo me enseñaron a estudiar, sino a que me gustara hacerlo. Para mí fue como un milagro y lo he agradecido toda mi vida. ¿Qué hicieron? Cambiaron la forma de enseñarme. ¿Sabe? Dejé de sentirme inútil y tuve certeza de que yo también podía, porque tenía capacidad para ello.

No se trata de que el alumnado se desentienda de los fundamentos teóricos de la ciencia y que deje de operar el método científico, porque entonces continuaría abriéndose la brecha cognitiva, y continuarán viento en popa las desigualdades históricas boyantes, razón y motivo de desinterés en las causas comunes que vinculan a una nación, seguiría prevaleciendo la malhadada exclusión. Mientras no se combatan las grandes inequidades, entre ellas por supuesto las cognitivas, la diferencia seguirá actuando como fuerza devastadora de nuestra identidad y permanecerá presente en la negación de oportunidades y alimentando el crecimiento de los niveles de intolerancia, porque se trata de realidades cuya simiente sigue enraizada en problemas estructurales del pasado, que se antojan lejanos pero continúan sin resolverse. Y es por ello que la educación tiene ahí una importante contribución, es la que puede a través de estrategias didácticas ir al fondo de la debacle y solventarla.

Necesitamos una educación que desarrolle las capacidades emancipadoras y reinterprete la riqueza espiritual cultural de México. Necesitamos una educación que enseñe a las nuevas generaciones a buscar consensos, a tender puentes, a conciliar diferencias, a dialogar razonadamente, a concertar, a entender que en el mundo todos tienen un espacio en el que campean las mismas oportunidades para ser y desarrollar lo mejor de sí mismos. Un dato preocupante que acaba de arrojar el informe de resultados de la prueba PISA 2018 es que solo uno de cada 10 estudiantes en los países de la OCDE sabe distinguir entre los hechos y las opiniones.

Por otro lado, es relevante subrayar que también se destaca que hay una desconexión entre la educación que están ofreciendo muchos de los sistemas educativos y aquella que demanda la nueva realidad del mercado laboral. No se vale, porque el que haya un número importante de jóvenes graduados con expectativas acerca de un trabajo y resulta que lo que ellos estudiaron no tiene mercado laboral… ¿Pondera el tamaño de la frustración y de cuanto representa en la vida de esos jóvenes? Y hay otro escollo en estos tiempos, en lo que dura una carrera universitaria, el mercado laboral cambia… ups… De modo que hoy día, todo el que aspire a no quedar obsoleto, tiene que estar dispuesto a tener un aprendizaje permanente, que le posibilite a reconvertirse a tiempo. De modo que también esto es un reto para las instituciones educativas, tienen que ofrecer el uso de herramientas más allá de la educación tradicional.

Eso es romper paradigmas. Y también es relevante subrayar que hoy día las empresas líderes internacionales están creando sus propios programas formativos, porque ahora lo que quieren son colaboradores creativos, con sentido común, equilibrados emocionalmente, que sepan resolver problemas, con mentalidad abierta para el aprendizaje permanente, al margen de tener o no tener título universitario…

¿Se está rompiendo el orden prestablecido?... ¿Qué vamos a hacer? La prueba dice que solo el 1% de los evaluados en México pudo con la lectura de comprensión… ¿Cómo van nuestros muchachos a enfrentar los desafíos con esta inadecuada preparación académica? ¿De verdad esto no le dice nada a la actual administración?

Solo con mejor educación podrán los mexicanos ejercer su libertad a plenitud y el país aumentar su productividad, darle un golpe de muerte a la pobreza, combatir con eficacia las desigualdades y tener una comunidad cohesionada y transparente. Solo así dejará de ser asignatura pendiente que la democracia sea una forma de vida en esta noble patria nuestra.

Coincido plenamente con el educador brasileño Paulo Freire cuando dice que la educación «no puede limitarse solamente a transferir conocimientos, sino que es necesario crear las posibilidades adecuadas para su génesis y producción». En palabras llanas, la educación tiene que darle al niño, al joven, las herramientas para que se enseñe a pensar. Cuando alguien aprende esto, está emancipado, es auténticamente libre. Y es al Estado al que le corresponde esto.

No puedo cerrar estas reflexiones, sin antes decirle que le deseo el más venturoso de los años nuevos. Que este 2020 sea sinónimo de salud, de paz y de prosperidad para usted y sus seres queridos. Abrazo enorme. Muchas felicidades.

 
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