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  Edición 629
  Difiero
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Por tercera vez comienzo mi artículo citando un texto de mi autoría que escribí hace diez años pero cuya vigencia no ha sido desplazada por la realidad a la que alude. El texto de referencia forma parte de una serie de reflexiones sobre México, a partir del quehacer de sus gobernantes. Su trasfondo es una verdadera pasión por el ser humano desenvolviéndose en una realidad construida y, por ello, llena de contradicciones.

Aquel escrito elaborado hace una decena de años fue redactado a la luz de acontecimientos que pusieron a ese ser humano en situación límite. Dice lo siguiente:

«Me duele mi país. Hoy, sus calles solas a hora temprana de la noche son una cuchillada que ha cortado de cuajo las voces de algarabía que en otro tiempo remitían a la noción de tranquilidad y hacían pensar en la posibilidad de concretar ese concepto tan difuso e inasible como es la paz. Las ventanas cerradas, las puertas con cerrojo, los muros altos que cercan las escuelas, las cortinas de acero para sellar los escaparates del comercio, los guardias de seguridad privada que le ponen coto a los espacios públicos y los rondines de policías y soldados por la cuadrícula de calles en las ciudades, son signos inequívocos de la magnitud descompositiva con tintes de tragedia que hoy vive esta nación sumida en la más rotunda anarquía, en donde el miedo se convierte en el perro rabioso que nos muerde el alma durante las veinticuatro horas del día. El instinto nos llama a protegernos, por eso blindamos nuestra casa: una reacción psicológica de sobrevivencia. La realidad es que contra la violencia desatada no tenemos defensa, pero menos aún contra las mañas y los intereses que le dieron rienda suelta y le permitieron libertad plena dejándonos a nosotros —el pueblo— a su merced».

El texto viene a colación porque, otra vez, me permito diferir de la opinión oficial respecto a los acontecimientos de violencia vividos hace apenas unos días en el lejano municipio de Villa Unión, de nuestro propio estado.

Difiero del gran relato que privilegia la actuación del gobernador Riquelme por encima de la más de una veintena de muertos, es decir, seres humanos. Si bien es cierto que su respuesta sobresale porque en el pasado ninguna otra autoridad le puso atención a hechos que guardan mucha similitud. Pero sólo eso. Los acontecimientos de aquel lugar son mucho más que esa atractiva vistosa anécdota para uso mediático de un gobernante y el coro de seguidores acríticos que le hacen ronda.

Sé muy bien que, ante acontecimientos como ese, el horizonte puede percibirse de dos maneras: despejado, visible y lejano; o volverse recortado y cercano. Ninguna de las dos sirve porque en ambas posturas ya todo está resuelto y se excluye la posibilidad de preguntarse por qué ha ocurrido precisamente eso. Visto así, el caso queda cerrado.

Lo que ocurrió en aquel pueblo, tan apartado de la capital coahuilense, debe desafiarnos a abrir un amplísimo inventario de cuestionamientos. Son las preguntas las que debieran normar los criterios de actuación para tratar de entender el origen de lo que allá pasó. La violencia, por lo menos en sus orígenes, no tiene nada que ver con buenos y malos, donde en este caso, ganaron los buenos y ya.

Difiero de lo expresado por el presidente de la república, quien prefirió dar un mensaje triunfalista, cómodo sin compromiso con el ser humano transcurriendo en una situación límite. Prefirió el presidente privilegiar la política al poner al gobernador de Coahuila como el protagonista único valioso en un asunto donde la vida humana fue reducida a cero en su importancia.

Difiero de la opinión del señor Riquelme en cuanto a que ahí está toda la fuerza del estado para oponerla al crimen organizado. Con más de una veintena de muertos, ¿será posible esta clase de afirmación?

La experiencia histórica ha ratificado una y mil veces que la realidad siempre es mayor que cualquier discurso, incluso aquel que parezca más coherente. Termina por imponerse sobre cualquier constructo discursivo.

Si no, mire usted, querido lector. Aquel día de tragedia, tres cosas ocurrían en el contexto de interés de la sociedad coahuilense. El presidente celebró a zócalo lleno de simpatizantes y acarreados —como lo hizo el antiguo priismo— un año de logros, logros, logros, pero la realidad de ese municipio ubicado en la frontera coahuilense le puso coto a la grandilocuencia del festejo.

El gobernador de Coahuila celebraba dos años de éxitos en el campo laboral, la inversión pública y, sobre todo, precisamente en el rubro de seguridad, pero la realidad de Villa Unión silenció el discurso sobre la seguridad que unos minutos antes había dado en el Congreso local.

El alcalde saltillense se permitió la frivolidad de encender el pino navideño con fiesta, bullicio y pirotecnia para no manchar la construcción de la potencia nacional, que dice es Saltillo, pero la realidad de una pequeña ciudad fronteriza hizo tambalear sus sueños de utopía.

Difiero de todos ellos porque cuando se realizaron esos tres eventos que he mencionado, la tragedia y el horror de Villa Unión ya eran un hecho consumado. Los tres personajes ya sabían de la matazón ocurrida allá. Es decir, el espectáculo de sus celebraciones no tenía por qué seguir, como si no hubiera ocurrido nada.

Me parece que esa forma de afrontar las cosas son una falta de sensibilidad y de respeto para una comunidad de seres humanos que vio comprometida su existencia —tan comprometida que más de una veintena la perdió— y a ellos, los garantes del bien común para todos, no pareció importarles.

Yo difiero de la actuación de estos tres personajes. Creo que no ha cambiado nada. No veo la transformación en las maneras de hacer política. Los tres mantienen algo peligrosamente en común: nos conciben como una abstracción, como una serie de datos, como una gama de acontecimientos cotidianos que pueden perturbar la realidad que ellos piensan. Por eso prefieren ignorarla.

Por eso también, como en el caso de Villa Unión y sus más de veinte muertos, es mejor dejar que el discurso triunfe y cancelar toda pregunta que pueda poner en riesgo la manera en que acreditan el mundo que ellos, políticos como son, han construido aun a costa de la irrevocable experiencia de la muerte que ocurre todos los días en el México de hoy.

 
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