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  Edición 629
  Currículum para sicario
 
Edgar London
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  Permítanme, a modo de prolegómeno, una brevísima recapitulación. En un único día —1 de diciembre— se contaron 128 asesinatos. Más de un mes antes, para el 20 de octubre, ya se había superado la astronómica cifra de 29 mil homicidios (Animal Político, 20.10.2019). Las agresiones contra las mujeres siguen al alza. Un total de tres mil 142 mujeres han sido asesinadas, aunque sólo 833 se han catalogado como víctimas de feminicidios (Reforma, 25.11.2019). Según analistas, 2019 podría cerrar con un estimado que va desde las 36 mil (Expansión Política, 03.12.2019) hasta las 38 mil (El Universal, 05.11.2019) muertes violentas. La segunda opción representa un triste récord para la nación, si tenemos en cuenta que 2018 cerró con 36 mil 685 homicidios, acorde a las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Todo ello, a pesar de la creación de la Guardia Nacional, la estrategia de «abrazos, no balazos» y las promesas de campaña del presidente Andrés Manuel López Obrador que, aseguraba entonces, bajaría los niveles de inseguridad en México.

Sin duda, en este sentido, su primer año al mando del país ha sido un auténtico desastre. Su fracaso queda mucho más marcado por la convicción que mostró cuando luchaba por asegurarse la silla del águila y la labor de convencimiento que desarrolló entre las masas para hacerles creer que su novedoso proyecto anticrimen era diferente al de sus antecesores y, por tanto, más efectivo. De lo primero, no queda duda, acertó. De lo segundo, tampoco queda duda, erró.

Las buenas intenciones no detienen a los sicarios. El Ejército sale a las calles con las manos, prácticamente, atadas. Quizás AMLO se inspiró en Mahatma Gandhi para implementar su sistema de pacificación, pero alguien tendría que recordarle —enseñarle— al presidente que la filosofía de la no violencia, promovida por Gandhi, le costó a India más de 500 mil muertos, y que ser diferente no significa, automáticamente, ser mejor.

Pero no le atiborraré la testa a nadie con cifras y críticas al gobierno. Unas y otras pululan por doquier y, la verdad, a estas alturas no representan ninguna novedad. Me preocupa mucho más el efecto que esta violencia desmedida, poco a poco, va calando en nuestros caracteres, nos permea y transforma. Quizás no nos percatamos, pero de forma paulatina y constante, la palabra misma se nos hace peligrosamente familiar y las imágenes en la televisión —episodios reales, no lo olvidemos nunca— cada día tienen que mostrarse más crudas para impactarnos.

El valor de la vida humana, acaso la riqueza más importante, cae en picada. Su precio se devalúa y por eso resulta tan sencillo encontrar a alguien que nos la arrebate. Porque fácil resultó para Salvador, hijastro de Juana Mireya Fernández Martínez, contratar a un tercero que le diera tres balazos a su madrastra en medio de un desfile en Torreón. Así de fácil puede mañana nuestro vecino pagarle a alguien para que nos asesine a nosotros. El motivo es lo de menos. Dinero, celos, el perro orinó su jardín, ¿qué más da?

Truman Capote jamás hubiera podido escribir su novela A sangre fría en estos tiempos y en estas latitudes. Y no por falta de material, al contrario, por exceso del mismo. El asesinato de una familia ya no espantaría a muchos. Se ha convertido en material reciclable para los medios de comunicación, de cuyas páginas, si las estrujáramos, gotearía la sangre.

No es de extrañar entonces, e incluso, que el movimiento feminista —válido en sus cimientos— y, principalmente compuesto por mujeres, las mismas que caen como moscas a causa de los constantes feminicidios, recurra a la violencia, quema de libros, daño a las instalaciones públicas, para pedir que las dejen en paz.

Tampoco que las riñas entre estudiantes sirvan para ser filmadas y no para ser reprendidas, que los conductores de autos se peleen en cada semáforo o que ladrones mueran por mano de pobladores enfurecidos y nunca lleguen a ser juzgados.

Si a Enrique Peña Nieto lo quisieron linchar —esta vez metafóricamente— por asegurar que la corrupción en México era un asunto cultural, a López Obrador le sucederá lo mismo con la violencia. Él ofrece abrazos y no balazos sin percatarse de que la gente está exigiendo los abrazos a precio de balazos.

En medio de una economía que no levanta, el único oficio que parece prometedor es el de sicario. No lo tome a mal, pero tengo hijos qué alimentar, así que, por si el hambre aprieta, yo voy preparando mi currículum. La competencia se torna dura y más temprano que tarde llegará el momento en que habrá que matar a unos para poder cobrar la muerte de otros.

 
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