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  Edición 629
  Las mujeres
 
Carlos Manuel Valdés
   
  He dudado mucho en tocar el tema porque para algunas mujeres es casi ofensivo que un varón las mencione. Según las más radicales, siempre será una visión desde el machismo. El problema es que no tengo otra voz más que la propia, ni otra cultura, sin embargo, en no pocos aspectos la realidad me ha obligado a transformarme y a repensar ideas que yo recibí como parte de la cultura global, religiosa, regional, familiar, escolar…

Desde el Génesis encontramos que la mujer es la culpable del mal del mundo, lo cual es ratificado por Homero (una chica hermosa y caprichuda, junto con su amante, son la causa de la debacle de un pueblo). De ese ambiente surge el pensamiento de Jesús que, enfrentado a los moralistas de su época, defiende a las prostitutas. Sus seguidores no entendieron el mensaje. San Pablo regresó al machismo abierto, San Agustín sumergió a las mujeres en el universo de pecado y tentación en que caen los hombres. Total, recibimos una cultura que se llama Occidental con una serie de conceptos que expresan formas de justificación de la situación de las mujeres.

Es imposible negar que existen diferencias entre ambos sexos. Ellas ganan menos por un trabajo igual; sufren acosos y presiones; están siempre en segunda fila. Se ha hablado desde hace años de la cuota de género, cosa que parece correcta. No puedo olvidar que el PRI de Coahuila lanzó a tres guapas señoras a la lucha por un escaño en la Cámara de Diputados, cada una tenía a un varón como suplente. Una de ellas renunció en favor del suplente a los 26 minutos de jurar el cargo (un récord mundial); las otras dos lo entregaron, a su vez. Y no les dio vergüenza. ¿Será que debamos respetarlas nada más por su género? No lo creo.

No niego que hay avances. Hoy en día el poder legislativo cuenta con un porcentaje femenino equilibrado; diputadas y senadoras participan de forma inteligente y comprometida por una Patria más digna.

Nuestras convicciones sobre la mujer no implican que debamos aprobar todo lo que hace cada una. No olvido, cuando escapó el Chapo, que la procuradora Arely Gómez de inmediato contaminó la escena del crimen: ¿lo hizo por corrupta o por idiota?, no lo sabremos jamás. No se diga nuestra paisana Rosario Robles, quien desvió 5 mil millones de pesos (ya se habla de siete mil) hacia las cuentas de su jefe. Y así. Entonces no se trata de justificar todo sino de ser justos. Y la justicia es lo más complicado que existe en nuestro sistema político tan corrupto.

Los chinos llaman a las mujeres “la mitad del cielo”. Yo diría que son la mitad más una. Bajo ese paradigma tuvo lugar aquella reunión en la UNAM que he recordado en otro artículo: la multitud izquierdosa vapuleó a Domitila Chungara, una india boliviana de izquierda (auténtica) que vendía empanadas en la boca de un túnel minero. La acusaron nada menos que de la muerte del Ché (“no lo defendieron”, le gritaban). Domitila se los comió vivos.

El cambio no parece que será detenido. Ahora mismo, si acaso pierde Donald Trump la presidencia de EU, se lo deberemos a las mujeres americanas que votarán en contra; Nancy Pelosi lo tiene arrinconado.

Siendo como es este tema tan problemático (para mí), no me despediré sin mencionar el caso de Raquel Padilla, la historiadora sonorense asesinada por su estúpido amante. Me informaron amigos que ahí estuvieron que sus cenizas fueron llevadas a la tribu yaqui que le rindió un gran tributo. Le rezaron, le cantaron y los chapayecas bailaron.

Quizás Raquel nunca imaginó esas ceremonias, pero las merece. Publicó varios libros sobre la historia de los yoremes (como se nombran). Me dedicó una de sus obras. Rescata hechos “olvidados” sobre las muchas maneras en que los políticos y la sociedad mexicana maltrataron a esa orgullosa etnia. Y el macho imbécil, acomplejado frente a su superioridad intelectual, la mató a puñaladas. Estará en la cárcel 45 años. Eso no resucita a Raquel.

Total, los feminicidios no paran. El Estado de México encabeza el número de casos, seguido por Chihuahua, Hidalgo y Puebla. A los homicidas, en vez de cárcel, debieran cortarles «aquello» con un cortaúñas sin filo.

 
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