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  Edición 629
  Valentín Campa: héroe civil
 
Gabriel Pereyra
   
  El 25 de noviembre del año 2019 es un día de fiesta para todos los revolucionarios, los luchadores sociales, socialistas y comunistas, para todos los seres humanos de izquierda del mundo. Valentín Campa, el comunista mexicano más connotado del siglo XX, el luchador social por excelencia fue llevado a la «Rotonda de las Personas Ilustres» en el Panteón de Dolores, donde se encuentran quienes han contribuido con su esfuerzo, sabiduría, arte y militancia a construir un mundo donde los niños sean felices y los jóvenes puedan amarse.

Se le rindieron los máximos honores que la República y el Estado Mexicano pueden rendirle a una persona por sus convicciones, su firmeza ideológica y grandeza humana. Campa es un hombre que entregó su vida a cumplir sus ideales políticos. Éste acto fue un reconocimiento a sus años de lucha, de encarcelamiento, de lealtad a las causas populares a sus esfuerzos, su participación en manifestaciones, marchas y actos de solidaridad con las huelgas y movimientos sociales del pueblo de México. Esta es la primera vez en México que un Estado que lo persiguió durante más de medio siglo, hoy reconoce su contribución a la democracia mexicana. Es sin duda un reconocimiento a toda la izquierda.

A Valentín Campa y a mi generación nos tocó bailar con la más fea. Era la etapa dura del anticomunismo. Violento, criminal, de la Guerra Fría y de la dureza oficial de los gobiernos mexicanos y americanos. Se vivía a plenitud la llamada Guerra Fría, un mundo que habían diseñado para la segunda mitad del siglo XX las potencias triunfadoras de la Segunda Guerra Mundial y la derecha americana. Vivíamos la época más dura del macartismo. Churchill, De Gaulle y Truman tenían la esperanza y retrasaron todo lo que pudieron la invasión al continente europeo para que la Alemania nazi acabara con la Unión Soviética y con el comunismo. No fue así. La antigua Unión Soviética resistió y venció en la antigua Leningrado a los ejércitos nazis. El mundo quedó dividido para la segunda mitad del siglo XX después de la histórica reunión de Potsdam en las cercanías de Berlín.

En México, el estar alineados política y económicamente a los Estados Unidos y con más de 3,250 kilómetros de frontera, la izquierda vivía un clima hostil. Las manifestaciones a favor de los movimientos sociales eran reprimidas y disueltas a macanazos.

El recorrido de las protestas de la izquierda en esa época, los días 26 de julio que celebrabamos el Asalto al Cuartel Moncada y el inicio de la revolución cubana, consistía en reunirnos en la glorieta de El Caballito que estaba en la Calle de Reforma, Bucareli y Guerrero, para de ahí marchar al Zócalo. A la altura de la Alameda Central, antes de llegar a la calle de Niño Perdido, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas, salían los granaderos en unos camiones azules abiertos por los lados y empezaban los golpes con macanas, en donde nos cayeran, nosotros corríamos. Hubo una vez que un compañero se les enfrentó a golpes a los policías, el Camarada Pereyra, que después resultó que era mi primo. Un grupo de élite de la policía detenía a Valentín Campa y a sus compañeros que normalmente iban en la avanzada de la manifestación. Los llevaban detenidos y en ocasiones los veíamos salir, en otras no, a pesar de las protestas. De esa manera participó con los movimientos de los médicos, los maestros y los ferrocarrileros. Valentín Campa estuvo más de 10 años en Lecumberri, el Black Palace, como le decíamos coloquialmente. Mantuvo viva la lucha de la izquierda y formó parte del dispar y cambiante Partido Comunista Mexicano. Cuando lo invitaron a participar en el asalto a la casa de León Trotsky, respondió que «era un revolucionario, no un asesino».

Valentín Campa nunca pensó que un día descansaría en el Panteón de Dolores donde el Estado Mexicano ubica a sus personajes distinguidos. Fue un acto congruente de la política de Andrés Manuel López Obrador, que llenó un vacío y una deuda que teníamos con la izquierda.

 
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