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  Edición 628
  El ser humano: la primera prioridad
 
Jaime Torres Mendoza
   
  San Agustín, el sabio, se preguntaba: ¿qué cosa hay tan tuya como tú mismo?, ¿y qué cosa es menos tuya que tú mismo? No son cuestionamientos menores, sino verdaderas preguntas ontológicas que condensan la base de experiencia humana sobre la que se construye la visión de las masas, del pueblo, en torno a lo inmediato de la fraternidad y la lejanía de nuestra hermandad.

En efecto, esas preguntas descubren que todas las determinaciones del ser humano se encuentran imbuidas de una doble luz contradictoria. Es fácil ver que en esos contenidos el ser humano es, al mismo tiempo, particularidad universal y relatividad absoluta.

Y esa base contradictoria se agudiza aún más por una especie de egoísmo potenciado que diviniza su propia particularidad limitada y, en un afán de endiosamiento personalizado, instaura estructuras de dominio pervirtiendo las estructuras de fraternidad que otros intentan crear o construir.

Esta pequeña introducción viene hoy muy bien a cuento por lo que a continuación le participo, querido lector. Mire usted: en mi trabajo como catedrático universitario he decidido abandonar la academia y ser un profesor frente a un grupo, eso me ha permitido convivir, entender y comprender lo que son los alumnos como personas.

En otros ámbitos soy también gente —digámoslo así— de pueblo: no asisto a los grandes supermercados a surtir la despensa de cada semana; en cambio me conocen bien en las pequeñas tiendas de abarrotes cercanas a mi domicilio o en los mercados sobre ruedas donde, regateo de por medio, acordamos el precio más adecuado para cada producto que debo llevar a casa. Cuando me traslado a los lugares a los que debo ir, normalmente voy a pie, recurro al transporte colectivo, ocasionalmente en taxi y nunca en Uber. Normalmente mi vestido es de segunda mano.

En todos esos procesos de vida cotidiana mi relación es con gente común, con gente del pueblo. Escucho las voces populares que definen su pensamiento, observo reacciones y comportamientos que los llevan a tomar decisiones. Es un universo que conozco bien y en el que yo me desenvuelvo con bastante soltura. Me siento a gusto, pues.

Pues bien, como gente de pueblo, como no dispongo de un seguro de gastos médicos mayores que me permitan atenderme en hospitales privados, tuve que acudir a una clínica del sector salud. Y tengo que quejarme del trato recibido.

Hoy que el discurso oficial gira en torno a los pobres, es decir a la gente del pueblo, como yo; hoy, en que las acciones gubernamentales se inclinan por disminuir los sueldos, vender las grandes mansiones de los que en otros tiempos se enriquecieron desproporcionadamente a costa del pueblo; hoy en que se venden las posesiones arrebatadas a los narcos para destinar los recursos a los pobres; hoy en que, según declaraciones del propio presidente, se acabó la burocracia dorada que medraba de los recursos públicos, hoy, insisto, tengo qué quejarme.

Y me quejo porque el padecimiento es el mismo para toda la gente del pueblo que el gobierno dice proteger.

Un hospital no es un sitio recreativo a donde se va a vacacionar; es un lugar de incertidumbre, de dolor, de muerte y, a veces, también de alegrías cuando un paciente deja las instalaciones por su propio pie.

Bueno, si es todo eso, entonces no entiendo por qué la indiferencia, y a veces hasta marcado desprecio, con que la burocracia dorada se relaciona con el paciente que va en busca de alivio a algún padecimiento que lo hace sufrir; no entiendo la frialdad con que se aborda la incertidumbre y el dolor de los visitantes ante el sufrimiento de sus familiares; no entiendo por qué la trama enmarañada de trámites y más trámites —que a veces se reducen a una firma, un sello, un número, o una indicación— para resolver un formulismo.

Acompañado a todo ese desbarajuste tras los cristales de las ventanillas se escucha, se ve y se oyen las pláticas y las carcajadas de la burocracia que es incapaz de dejar de tomar su café, su jugo de naranja o sus gorditas rebosantes de aceite para atender la llamada urgente de alguien necesitado de atención.

Estoy sorprendido porque el presidente de la república, los diputados, los senadores y los gobernadores de Morena —el partido de moda en México—, sostienen a capa y espada que las cosas hoy son diferentes que en el pasado reciente.

Pero yo no veo la diferencia. Me parece, sí, que han cambiado algunas formas, pero el fondo sigue intacto, es una calca del cochinero que dicen heredaron y que tanto parecen despreciar al predicarlo a su favor.

Porque, además de la carencia de infraestructura y medicamentos, lo que más golpea es la indiferencia, la sordera para escuchar y la carcajada burlona que estalla detrás de los cristales de una ventanilla que deja ver y oír todo. Frente al dolor de la gente que va en crisis, ¿no es eso también una forma de corrupción que debería castigarse?

Pero ante eso otra pregunta: ¿no se castiga porque eso abona poco a la ganancia política del gobernante en turno?

Porque esa doble luz contradictoria del ser humano —sea gobernante o ciudadano común— floreció como mágica flor de abril durante mi estancia en un hospital del servicio de salud mexicano. Y si lo traslado a otros ámbitos de la administración pública me aterrorizo ante los resultados.

Y entonces creo que en el individuo —y otra vez, sea gobernante o ciudadano común— debería prevalecer una especie de gracia que lo libere de sí mismo, a fin de que se libere para los demás y pueda ofrecerle lo mejor de sí mismo.

¿Por qué en esa burocracia dorada que el presidente dice que ya se acabó, prevalece esa base contradictoria donde se agudiza el egoísmo más profundo para divinizar al propio individuo y lo hace instaurar estructuras de dominio pervirtiendo las estructuras de fraternidad que otros intentan crear o construir?

Es una apreciación personal, desde luego, pero me parece que mi presidente, su equipo de trabajo y el coro morenista que le acompaña, se parece mucho a esa burocracia sorda, ofensiva y dura que echa a perder todo proyecto donde el ser humano sea la primera prioridad.

 
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