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  Edición 628
  Suicidios vs. muertes violentas
 
Carlos Aguilar
   
  Desafortunadamente, la numeralia de suicidios en el estado registrados en el año que está, considerado ya para algunos como un problema de salud pública, demuestra que hoy hay más personas en Coahuila que se quitan la vida por su propia mano que las que son asesinadas en hechos de violencia extrema, situación que refleja la decadencia como especie.

El problema del suicidio no debe ser considerado solamente como una responsabilidad del gobierno, en todos sus niveles, sino que involucra a todo el tejido social, conformado principalmente por la familia, la iglesia o religión, la escuela, el barrio y los centros laborales.

Y es que más allá del discurso o la reflexión científica, moral y social, hoy se debe reconocer el problema de los suicidios como un fenómeno que afecta a todos los individuos y que por consecuencia genera réplicas que pueden abordar a cualquier sector social y económico.

Un suicidio deja huellas negativas inicialmente en el círculo cercano de quien toma la decisión de quitarse la vida; primero su familia, amigos, vecinos y compañeros de trabajo, pues, aunque se puede deslindar de la responsabilidad, siempre queda la duda sobre lo que se pudo haber hecho para evitar una tragedia de esta magnitud.

En el sureste de Coahuila (Saltillo, Ramos Arizpe, Arteaga, Parras y General Cepeda) más de 100 personas en este año 2019 se quitaron la vida porque enfrentaban diversos problemas, que, al parecer, superaron la capacidad de autoayuda, o del auxilio de familiares, amigos, compañeros y autoridades.

También es cierto que organismos públicos y privados a escala municipal y estatal lograron salvar otro número similar de vidas a través de programas y de insistir en la recepción de ayuda profesional para evitar un desenlace fatal.

Sin embargo, queda siempre la interrogante de qué pasó con esas 100 víctimas mortales de situaciones económicas precarias o desesperantes, adicciones que no se controlaron a tiempo, problemas familiares o de pareja que pudieron resolverse, depresiones o padecimientos psicológicos y psiquiátricos no identificados y por consecuencia no atendidos.

Los esfuerzos son insuficientes y en términos de responsabilidades todos tienen una cuota de culpabilidad: la familia por su falta de capacidad y búsqueda de soluciones; las religiones por su falta de capacidad para comprometer la fe, la indolencia de las propias víctimas para reconocer que requieren atención especializada, los entes de gobierno porque su esfuerzo es insuficiente y su infraestructura de atención psicológica y psiquiátrica fue rebasada por la demanda de servicios voluntarios e involuntarios.

Hoy el suicidio no se puede, ni se debe ocultar, bajo la premisa para algunos, de que hablar del fenómeno provoca que los casos se repitan; sería inocente entonces pensar que no hablar e informar sobre los problemas de una sociedad provocará su solución por arte de magia.

La exposición masiva de información a través de todos los medios y la falta de resiliencia son hoy dos de los factores fundamentales para observar un problema social como el que se enfrenta.

En Coahuila, al menos durante este año 2019, murieron más personas por su propia mano que en otras épocas por temas de inseguridad, el reto está sobre la mesa para todos porque a todos nos puede suceder el ser víctimas de este doloroso y trágico fenómeno de salud pública.

 
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