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  Edición 628
  Doctrina Monroe, un atentado contra la democracia
 
Abraham Álvarez Ramírez
   
  Los Estados Unidos de Norteamérica tienen ese hedor de supremacía, a pesar de tener chispazos de demócratas que se salen de esos estándares, la realidad sigue siendo la misma: su nacionalismo llega a ser tan aberrante que se vuelve soberbio, despótico y tirano.

Bajo un pretexto económico y político, Estados Unidos ha destinado esfuerzos imperialistas hacia el dominio de toda la América. Su identidad se hace palpable en los países de nuestro continente; particularmente, en aquellos en donde sus instituciones son débiles y sus pueblos luchan de manera permanente por su emancipación.

Si bien en un principio América Latina logró su autonomía respecto a la potestad europea, su sistema económico continuó siendo débil y dependiente como antes.

Fue así como América Latina en un primer momento de su «vida republicana», pasó a depender económicamente y de manera primordial de Inglaterra, en ese entonces primera potencia europea. Años más tarde, esa influencia y dependencia les fue quitada por los Estados Unidos.

Aquel país, a partir de ese entonces, fue que resumió sus intenciones en un ideario: la Doctrina Monroe. Viendo minadas las influencias de Inglaterra y España, principalmente, Estados Unidos vio una luz en esa declaración con planes expansionistas de presidentes como Monroe y Quincy Adams.

Así, el destino manifiesto fue la doctrina que promovió, desde un plano superestructural, la expansión estadounidense. De alguna manera, fue un sentir de una minoría, que de manera arbitraria, consideraba superiores a los anglosajones y a su sistema republicano democrático y su credo protestante sobre cualquier credo, etnia o sistema político.

Al considerarse superiores, tenían la potestad y obligación, otorgada por mandato divino de civilizar y evangelizar a los otros pueblos de América considerados inferiores. Los Estados Unidos debían ser vistos y considerados como la luz y guía de todos los habitantes «inferiores» del continente, ya que eran los detentadores de la libertad y el progreso.

Con este preámbulo obsceno, cito a Norberto Bobbio en su libro La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político, en su página 27:

«(…) ¿Cuál es el bien que se propone la democracia? La Libertad. Y por todas partes oirás decir que no hay ventaja preferible a ésa, y que, por este motivo, todo hombre que haya nacido libre establecerá su morada en ese estado mejor que en cualquier otra parte (…) cuando un Estado democrático, devorado por ardiente sed, es atendido por malos coperos, que se la sirven pura y la hacen beber hasta la embriaguez, entonces, si los gobernantes no llevan su complacencia hasta darles libertad como se quiere, se les acusa y se les castiga, so pretexto de que son traidores que aspiran a la oligarquía» (ejemplificación de un padre hacia un hijo).

Al hablar de democracia en América Latina, considero que en estos momentos ya ni a democracia electorera se llega. Nos sumimos en un sistema de canonjías otorgadas de los yankees hacia las clases sociales detentadoras del poder económico y político en cada país latinoamericano.

Y lo que no sea bajo sus reglas, apesta. Así hemos tenido ejemplos en Honduras, Ecuador, Chile, Brasil, Venezuela, Bolivia y por vez primera en México. Con un cambio de régimen o con un cambio de reglas, sin saber bien lo que esto signifique —para México— pero con patrones que se salen de los enunciados de la doctrina Monroe.

Creo que hoy, con todas esas intervenciones sin menoscabo, América Latina vive un golpe a la dignidad.

Recientemente, lo que pasó en Bolivia huele y tiene un nombre muy claro: GOLPE DE ESTADO. Golpe de estado cívico y sí, también militar. Lejos de profundizar lo positivo y lo negativo y de meternos en enredos legales, que muchas veces parecen tecnocracia, desde mi opinión fue un golpe de estado.

Otro caso es el de Chile, un pueblo con una clara lucha contra la desigualdad y con una tradición histórica de gobiernos de izquierda o socialdemocrátas, hoy vive una explosión social causada por la ausencia de un proyecto que vaya más allá del simple crecimiento económico y que procure corregir las injusticias que se fueron acumulando.

Sebastián Piñera, presidente de Chile y lo que fue su gabinete, no estuvieron a la altura de diversos desafíos, se quedaron estancados en la engañosa autocomplacencia y desconectados del sentir de su población.

Así también podemos retomar los postulados de Tocqueville. Vivimos sumidos en una simulación en donde antecualquier viso de diferencia, EE.UU. interviene, depone al gobierno y lo cambia por uno a su talla.

 
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