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  Edición 627
  A 30 años de la caída del muro de Berlín
 
Juan Antonio García Villa
   
  El pasado 9 de noviembre, sábado, se cumplieron treinta años de la caída del Muro de Berlín. Este acontecimiento —hoy lo comprendemos mejor— es un parteaguas contemporáneo, pues la historia moderna se divide en antes y después de aquel jueves 9 de noviembre de 1989, fecha del derrumbe virtual de aquella barda de ignominia.

Por una de esas casualidades que se suelen presentar, tuve la fortuna de estar presente en Berlín Occidental en esos días tan memorables. Sucedió que varios meses atrás, la Fundación Konrad Adenauer invitó a cuatro economistas mexicanos a realizar una visita de once días a la entonces Alemania Federal, con el objeto de conocer de manera directa el funcionamiento de la economía social de mercado en ese país.

El pequeño grupo de economistas invitados estuvo formado por Sergio Ghigliazza García, entonces subdirector del Banco de México; por Ricardo Carrillo Arronte, a la sazón director del hoy desaparecido Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales del PRI; por Adalberto García Rocha, entonces director del Centro de Estudios Económicos de El Colegio de México y por mí, que era diputado federal.

El propósito de la gira se cumplió, básicamente, a través de un intenso programa de entrevistas que nos fue organizado en diversas ciudades con parlamentarios, periodistas, dirigentes empresariales, líderes políticos y altos funcionarios gubernamentales. Las conversaciones con nuestros interlocutores, siempre amables, fueron fundamentalmente en torno de cuestiones económicas. El programa comprendió, desde luego, otras actividades de carácter cultural.

Al regreso del viaje escribí varios artículos, uno publicado en El Siglo de Torreón y otro en El Sol de México, sobre la inesperada e increíble experiencia vivida. A continuación, transcribo algunos pasajes del texto aparecido en las páginas de la revista La Nación, órgano de difusión del PAN:

«Tuvimos el privilegio de llegar a Berlín Oeste la mañana del viernes 10 de noviembre (téngase presente que el paso prácticamente libre de una a otra parte de esa ciudad se había iniciado apenas la noche anterior) y permanecimos allí hasta el domingo 12, fecha en que por la tarde salimos para Hamburgo. Esto significa que vivimos los primeros días, cargados de enorme emotividad, en que fue posible transitar entre los sectores oriental y occidental de la ciudad que las potencias aliadas se repartieron al concluir la II Guerra Mundial. Hacía más de 28 años que eso no ocurría, precisamente por la construcción del Muro en agosto de 1961. Como es de suponer, se produjo una multitudinaria celebración popular que duró día y noche, con alegría tan desbordante que su descripción resulta difícil.

«Abandonado por los otros miembros del grupo de mexicanos, a quienes el frío y el cansancio hicieron regresar al hotel antes de la medianoche del viernes 10 de noviembre, primer día efectivo de la caída del Muro, yo decidí continuar vagando durante casi tres horas más por la famosa avenida Kurfürstendamm —equivalente a nuestro Paseo de la Reforma y distante apenas una cuadra del hotel en que nos alojamos—, convertida en escenario del indescriptible júbilo de cientos de miles de alemanes.

«Sobre la mencionada avenida, en la noche del viernes 10 al sábado 11 (de noviembre) era común observar a grupos de alegres jóvenes, quienes con los brazos entrelazados saltaban sin parar. O a dos que en apariencia se encontraban ocasionalmente y poniéndose uno al otro las manos sobre los hombros hacían lo mismo: brincaban alegremente.

«Muchos bailaban al son de ritmos modernos y sonidos estridentes. Casi todos tomaban cerveza, como si fueran víctimas de insaciable sed. Otros, con veladoras encendidas en las manos, hacían oración o bien permanecían en actitud reverente sobre la explanada situada frente a la impresionante Iglesia Conmemorativa, ubicada en la misma avenida Kurfürstendamm. No faltaban grupos que a coro entonaban himnos, que aun sin entender su letra eran como para enchinarle la piel a cualquiera».

Este hecho histórico se ha marcado como el inicio del final de la Guerra Fría —y en efecto lo fue— y el que vino a terminar con la bipolaridad del mundo. Muchos, casi todos, creímos que la humanidad se encaminaba con firmeza hacia una larga época de feliz, idílica paz permanente y desarrollo equilibrado y justo en todas las naciones del mundo. Ahora vemos que no ha sido así. ¿Qué fue lo que falló?

Sorpresas que tiene la vida: dos décadas después, en noviembre de 2009, como funcionario del gobierno federal me correspondió estar de nuevo en Berlín por esos mismos días del aniversario del derrumbe del Muro, para participar en una Cumbre en materia alimentaria. Tuve en esa ocasión la oportunidad de estar presente en un acto conmemorativo del vigésimo aniversario de aquel memorable acontecimiento. Desde entonces empecé a preguntarme: ¿qué es lo que falló, y por qué?

 
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