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  Edición 627
  Política de la razón vs. política de la emoción
 
Jaime Torres Mendoza
   
  El debate ciudadano sobre la política se ha incorporado recientemente a los tópicos de cultura de una sociedad que se sabe viva. Y ha ocurrido así porque la ciudadanía recela.

En efecto, recela, porque entre el carácter consolador y, por tanto, ilusorio de una política que sólo es capaz de tranquilizar los ánimos de los afiliados incondicionales a la ideología que propone, pero que se muestra totalmente incapaz de salvaguardar los anhelos de las inteligencias que tratan de comprender lo que ocurre en una sociedad, no hay concordancia.

Octavio Paz, el gran Octavio de México, decía que la mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver. Y el presidente de nuestra república se ha creído en serio la primera parte de esta aseveración de paz. AMLO y sus seguidores están convencidos de que la mente brillante del presidente ilumina todos los asuntos de la vida nacional.

Y bien podríamos afiliarnos a esa malsana idea si no fuera porque, frente a esa postura, surgen preguntas. Por ejemplo, ¿de dónde nacen los aspectos más perversos de la política del presidente? Y la respuesta es: precisamente de esa obcecación de pretender iluminar con su pensamiento caótico y oscuro a una, esa sí, caótica y oscura realidad.

La intolerancia, la imposición de una ideología y de un credo religioso, la persecución de los no creyentes en su ideología y el espíritu de cruzada que lo domina durante las mañaneras son los elementos que hacen recelar a una ciudadanía que tiene conciencia de lo que ocurre en ese tipo de política que practica el presidente.

En el uso del lenguaje cotidiano, se dice que cuando fallan las razones y los argumentos, se está ante una cuestión de fe, dando a entender de esta manera que la fe constituye un sector aparte y ajeno a la razón.

Y sí, la política que hace el presidente parece más una cuestión de fe que propuestas de estado, arrojando con ello una sombra de sospecha sobre la política y, de paso, sobre la figura presidencial, como fuentes de oscurantismo e intolerancia en torno a asuntos vitales para este país.

Ante estas prácticas tan extrañas en el contexto de los estados modernos, se nos presenta una ciudadanía cansina y una casi total indiferencia por la política pensada en los buenos términos de la política.

En México, hoy parece percibirse un anhelo del arribo urgente de una fresca y verdadera experiencia política que traiga nuevas formas de gobernar con la razón que desemboque en eficiencia.

Ante la política que se practica en México, surge el perfil de un horizonte de desconcierto nihilista debido a la primacía de las subjetividades sobre los procesos de razón. Permitir que las creencias religiosas de un jefe de Estado se impongan por encima de las decisiones razonadas de Estado, entraña muchos peligros.

Si observamos con agudeza nuestra contemporaneidad política, podemos arriesgar un diagnóstico de nuestro tiempo. El arribo de las democracias planteó un interés gozoso por la política, pero democracias y política terminaron por construir otras nuevas versiones de mitos compensatorios en un país altamente descalificado para construir y asumir la conciencia de su yo como nación.

Este es el riesgo, porque el profeta de esta nueva religión no es Jesús, el de Nazaret, sino que puede ser cualquiera, digámoslo sin cortapisas, como el presidente de la república mexicana, que canta el gozo de vivir en el espejismo de lo imposible.

Esta nueva religión se da sólo en sentido escenográfico, como búsqueda de la felicidad convertida en falacia por la realidad. Una nueva religión que propone superar el dolor y la tristeza como un mero calmante de afanes de Estado absolutamente indefinidos; es decir, la política convertida en religión como un encantamiento mítico del alma, como una propuesta de puras fantasías, pues.

Si el diagnóstico es exacto, el abismo entre la fe y la razón, entre la política que practica el presidente de México y las acciones para enfrentar las realidades de un país vivo, está destinado a ser cada vez más profundo, ya que se coloca a la política practicada en el ámbito de la emocionalidad, que poco, o nada, tiene que ver con la razón de Estado que debe prevalecer por encima de cualquier otro componente del sujeto que la predica.

Una política que no se interroga sobre sus propios fundamentos y que no sepa dar cuenta de sus propias razones, no puede tener ningún futuro; tampoco es digna del hombre que preside una nación que le entregó la legitimidad en las urnas.

Un texto bíblico —perdóneseme la cita, pero el referente está lleno de sabiduría— situado en el Nuevo Testamento, invita a la feligresía cristiana de los primeros tiempos a estar «siempre dispuestos a dar respuesta a quien pregunte por el motivo de su esperanza, pero con mansedumbre y respeto».

Y eso es, justamente, lo que parece haberle fallado a nuestro señor presidente: humildad y respeto. Humildad para aceptar la crítica y respeto por el dolor de los que sufren. No, no son abrazos lo que hay que repartir ante la violencia, no se puede aplicar la ley a discreción, por ejemplo.

P. Chaunu, un historiador francés contemporáneo que, cuando intenta hacer una apologética sobre Dios, nos dice: «hay algo mejor que la apologética: la evangelización; y algo más eficaz: la santidad. La una no excluye a la otra. La santidad y el martirio son lo mejor, pero no están al alcance de todos».

Entonces, sigue diciendo ese autor, es preciso tener la humildad de emprender algo mucho menos valioso y mucho menos eficaz: barrer el terreno de prejuicios, ofrecer estímulos y conocimientos que sirvan de ayuda para un planteamiento correcto de los problemas.

Quizá muchos mexicanos podrían expresarse en términos de que se puede vivir, desde luego, y a veces vivir muy bien, sin la política. Pero en realidad existe un gozo que nace de la política y una gratitud que lleva a desearla y buscarla para llevarla a todos quienes también podrían ser felices, pero tiene que ser una política fundada en la razón, en los argumentos consolidados por la coherencia de un recto pensar y por la eficacia de sus acciones, y no por los arrebatos y las emociones que están a flor de piel.

 
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