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  Edición 627
  ¿Revolución, señor Madero?
 
Marcos Durán
   
  Al triunfo de la Revolución de Independencia en 1821, las luchas internas por el poder en México se volvieron interminables. Liberales contra conservadores, golpes de Estado, anarquía política, inestabilidad económica y militares populistas, oportunistas y rufianes, como Antonio López de Santa Anna, causaron el debilitamiento del país. Esto fue aprovechado por Texas para declarar su independencia de México, acto que después detonó una cruenta guerra con los Estados Unidos, donde perdimos más de la mitad de nuestro territorio.

Después de eso, pasaron décadas para que, con Juárez, llegara un breve periodo de paz. Sin embargo, sus reformas sociales y civiles crearon un clima adverso. Una nueva intervención extranjera nos amenazaba ahora con los franceses bajo Napoleón III. Y a pesar de que «las armas nacionales se cubrieron de gloria» en Puebla, el ejército francés logró imponer a Maximiliano como emperador. La guerra continuó hasta 1867 con la ejecución del austriaco en el Cerro de las Campanas. Era el triunfo de la República.

Victorioso, el indio de Guelatao se dispuso a llamar a la conciliación nacional y a la reconstrucción. Sus planes para la nación eran ambiciosos, claro, con él al frente. Sólo una oportuna aflicción cardiaca lo salvó de eternizarse en el poder y con ello alcanzó la gloria nacional.

Pocos años después de su muerte, otro oaxaqueño, también héroe de la guerra contra los franceses empezó a gobernar México. Don Porfirio Díaz llega a la Presidencia poniendo fin a décadas de anarquía. Para ello instrumentó un férreo control político y militar, era la paz porfiriana lo que se necesitaba, de acuerdo con su visión, para el desarrollo económico y la modernización de México.

Y como nuestra imagen en el mundo estaba muy maltrecha, don Porfirio se decidió a restablecer relaciones con las potencias extranjeras y atrajo inversión privada. Para finales de 1892, había logrado acuerdos y tratados de comercio con Suecia, Noruega, Francia, Ecuador, Japón, Estados Unidos y Gran Bretaña.

Los Estados Unidos eran un mercado casi ilimitado para los productos mexicanos. En 1900, el comercio era de 63 millones de dólares entre los dos países, frente a sólo 7 millones de dólares en 1880. Las finanzas públicas nacionales no podían estar mejor. Al frente de la Secretaría de Hacienda estaba un brillante funcionario, José Yves Limantour, que renegoció con éxito la deuda externa, saneó las arcas nacionales y las tasas de interés estaban debajo de 5%. El ferrocarril, la máxima expresión de la modernización del porfirismo, había crecido de 580 kilómetros de vías férreas en 1876, a más de 11 mil 500 en 1910.

Pero siempre hay un pero. En la parte social, la esclavitud aún era permitida en algunos estados, la clase trabajadora estaba empobrecida y los campesinos eran mancillados por los terratenientes. Para no continuar el encono de Juárez con la Iglesia, don Porfirio prefirió voltear la vista y la Iglesia recuperó buena parte de su libertad de acción previa.

De las libertades políticas, de expresión y la tolerancia a la crítica, se pensaba estorbaban al buen crecimiento de México, y mucho menos pensar en elecciones libres, eso les restaba capacidad para seguir gobernando con eficacia la nación. Se pacificaba con las armas, la amenaza o la cooptación de los disidentes políticos. Sólo unos necios hermanos Flores Magón y otros de apellido Madero no se cansaban de molestar pidiendo la renovación del régimen.

Una verdadera molestia, pero nada que impidiera a don Porfirio Díaz llegar a 1910, con 35 años casi ininterrumpidos como presidente de México, con un país en crecimiento, instituciones públicas consolidadas y un periodo sin precedentes de paz, prosperidad y longevidad en México. Celebró en Septiembre el centenario de la Independencia con gran pompa, inauguró el monumento a la victoria alada, o Ángel de la Independencia y todo parecía felicidad. ¿Una revolución, señor Madero?

Ocho meses después, el dictador Porfirio Díaz abordaba el Ypiranga para nunca volver. Murió de viejo en su exilio en París y su tumba se hace cada vez más vieja en el cementerio de Montparnasse. Nadie se atreve a pedir que sus restos sean trasladados a México. Es el destino de los tiranos.

 
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