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  Edición 627
  AMLO, el primer año
 
Editorial
   
  El enfado con el presidente López Obrador por la forma en que conduce al país es justificable y patente, sobre todo en los sectores alineados al PRI, al PAN y a otras corrientes. Igual puede haber frustración entre quienes votaron por él esperanzados en el cambio tantas veces prometido, pero jamás cumplido. O acaso para castigar a un sistema intoxicado por la corrupción, la impunidad, la soberbia gubernamental, el cinismo, el enriquecimiento de políticos de todo signo partidista y de elites económicas privilegiadas aliadas del poder.

Hasta septiembre pasado, la aprobación de AMLO rondaba el 70%, la más alta registrada por presidente alguno; incluso el repudio contra Peña Nieto era mayor a pesar de haber gastado en su sexenio 60 mil millones de pesos en propaganda e imagen. Las encuestas de noviembre, a propósito de su primer año de gobierno, medirán el impacto de los sucesos en Culiacán, Sinaloa; y Bavispe, Sonora.

El mensaje de los carteles de la droga al Estado mexicano y a la sociedad civil es inequívoco: llegarán a los extremos necesarios para mantener su comercio inmundo. La declaración de guerra debe ser respondida con inteligencia, entendida como la facultad de comprender y resolver problemas, y la organización del Estado para brindar al poder ejecutivo análisis e información que permitan diseñar estrategias y tomar decisiones más convenientes para prevenir o neutralizar amenazas y defender los intereses nacionales.

AMLO ha cometido errores y aciertos; los primeros se magnifican por su calado, pero también por la influencia de sus adversarios en los medios de comunicación del país y el extranjero, así como en organismos y corporaciones internacionales. La violencia y el estancamiento de la economía son fracasos incontestables. Sin embargo, es ilusorio esperar de la Guardia Nacional resultados mágicos. La cancelación del aeropuerto donde ya se habían invertido cantidades ingentes de dinero no justifica la corrupción inherente. La solución era investigar las irregularidades, procesar a sus autores y reasignar el proyecto a otros inversionistas sin comprometer recursos del erario.

Las reformas educativa y energética del peñismo se vendieron como la panacea universal sin serlo. La primera estigmatizó a los profesores —no todos son Gordillo, Moreira o los bárbaros de la CNTE— y la segunda, pervertida también por la codicia neoliberal, resultaba desventajosa para el país y demasiado provechosa para sus socios. Hoy el exdirector de Pemex se encuentra prófugo. ¿Dónde están los combustibles y la electricidad menos caras? ¿Dónde los miles de empleos?

Con la responsable de los programas sociales en prisión y mayor pobreza en el país, ¿cómo defender la política de bienestar del pasado gobierno? En burocracia y corrupción, de nuevo, se perdían carretadas de dinero destinadas a los pobres solo en el papel. El apoyo económico a jóvenes, ancianos y discapacitados evita intermediaciones que lo reducían a migajas; igual puede prestarse a abusos por falta de reglas claras, pero su entrega directa vuelve tangible el beneficio. Otras acciones, basadas en sospechas, afectaron el abasto de medicamentos y la atención a niños bajo tratamientos médicos, a hijos de madres trabajadoras y mujeres en situación de riesgo. La corrupción contaminó incluso algunas causas nobles.

López Obrador da muestras diarias de no buscar ni querer la aprobación de quienes, en el ejercicio libre de sus derechos políticos, lo rechazaron en las urnas y hoy lo critican, como no lo hicieron con Felipe Calderón ni con Peña Nieto. Mas no por ello debe excluirlos, buscar venganza o provocarles daño, pues su obligación consiste en gobernar para todos. La base del presidente son los millones de mexicanos que votaron por él y aún lo apoyan, según reflejan las encuestas.

Renunciar a la fastuosidad de Los Pinos —la residencia oficial es ahora un complejo cultural abierto a todo el mundo—, a volar en aviones que «ni Obama» tenía, al ejército de militares (Estado Mayor Presidencial) encargado de la seguridad del presidente, de su familia y del gabinete, pero que también cumplía funciones de valet —¿ese trato no era agraviante, general?—, para viajar por carretera, mezclarse entre la gente y preocuparse por los pobres. Todo esto no hará crecer la economía ni acabará con la violencia, pero sí reconstruirá la relación con una mayoría históricamente ignorada por el poder, cuando no despreciada. Esas capas le dieron a AMLO 30 millones de votos para convertirlo en su presidente y en el de todos. Así funciona la democracia.

 
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