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  Edición 627
  La felicidad duradera
 
Gerardo Moscoso
   
  La gente que toma como indicadores importantes de la felicidad el dinero, la edad, el género, la salud, la raza, la educación, el trabajo o la geografía, tienen una mínima incidencia de satisfacción en la vida. Por muy sorprendente que parezcan las circunstancias, tienen poco qué ver con la felicidad.

«El problema se agrava, nos dice el filósofo japonés Daisaku Ikeda, por la tendencia a compararnos con otros en función de estos modelos ilusorios que aumentan el sentimiento de insatisfacción constante que aviva la infelicidad. Nos esforzamos por alcanzar a los demás, porque parecen más felices que nosotros. Pero tal vez en todos los perfiles de comparación, probablemente no lo sean. El problema es que creemos que lo son. Y esta falsa idea es lo que crea la verdadera infelicidad cuando antes no estaba».

Generalmente también se cree que seríamos más felices si tuviéramos menos dificultades, pero casi nunca ocurre así. Al problema resuelto lo sustituyen otros nuevos problemas, y a este pensamiento se le identifica también con la infelicidad. Una vida ausente de problemas no existe. La felicidad duradera no es la ausencia de problemas, el meollo del asunto está en no dejarse alterar por los obstáculos

Yo conozco a gente con grandes problemas que es feliz y a otras personas que teniéndolo todo son desdichadas. Desde la perspectiva del pensamiento oriental, el hecho de que la vida esté llena de problemas no es impedimento para deprimirse, desmoralizarse ni resignarse a un destino miserable; el budismo no es estoicismo.

La filosofía budista encuentra la felicidad en medio de los problemas. Así de sencillo, preciso y concluyente.

 
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