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  Edición 626
  Forma y fondo
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Ese parteaguas maravilloso de la historia llamado Renacimiento quiere decir umbral del progreso, asociándolo a la razón y a la luz que ésta implica en oposición a las edades oscuras del Medioevo. Pero, en rigor, el Renacimiento es un período de la historia de occidente que va de mediados del siglo XV hasta el XVI, tiempo en que se produjo una importante renovación, no sólo en el arte, sino en todos los órdenes de la existencia.

¿Por qué ocurrió esa renovación? Ciertamente no ocurrió por azar ni en forma repentina. Fue un movimiento paulatino que sumó varios antecedentes de los que aquí sólo nombro algunos.

En primer lugar, las universidades que se habían fundado durante el feudalismo, fueron creando una corriente de pensamiento que empezó a abandonar la creencia de que todo podía ser explicado por la religión. Esto, porque encontraron que había algo mejor y con mayor rigor de explicación: la razón.

Así que, fundada en ella, se podían dar explicaciones demostrables, hoy diríamos científicas. De ahí, el hombre del Renacimiento saltó a pensar que el depositario natural de la razón no era otro más que el Hombre y que éste, en función de ello, debía tener como atributo superior una serie de libertades y derechos en todos los ámbitos de la existencia.

Como consecuencia natural de esa dinámica de cambios, desapareció el feudalismo como modo de producción económica, como sistema de organización social y como forma de cultura y civilización.

Para llenar ese vacío, apareció el sistema capitalista basado en algunas novedades estructurales que lo hicieron invencible. Por ejemplo el comercio normado por la ley de la oferta y la demanda, cuyos mecanismos permiten manipular los precios de los productos y la producción misma; la aparición de la banca, que consiste en una serie de mecanismos de acumulación de capital sin riesgo.

En ese contexto se fortalece una corriente de pensamiento que propone un retorno a las fuentes clásicas griegas y latinas, que recupere al hombre como centro de reflexión: el Humanismo. En la base del Humanismo se encuentran exponentes de la talla de Francis Bacon, Nicolás Maquiavelo, Erasmo de Roterdam. Petrarca, Boccaccio, Tomás Moro y Francesco de Campanella, entre otros.

Todos ellos impulsaron ese movimiento que sustituye al teocentrismo medieval que tenía a Dios como centro del universo, por el antropocentrismo, que sitúa al ser humano como centro y medida de todas las cosas.

En el orden científico se desacreditan los dogmas religiosos admitidos hasta entonces sin discusión, y aparecen Copérnico, Galileo, Kepler, y muchos otros más, como promotores de un orden de pensamiento que se sostiene en el método científico para experimentar el mundo en cada uno de sus componentes esenciales.

Con ese impulso, aparece un movimiento que derrumba la cristiandad medieval bajo el liderazgo de Roma: la Reforma. Ésta se hizo presente cuando un monje católico agustino llamado Martín Lutero, clavó en 1517 en la puerta de la catedral de Wittenberg, Alemania, sus 95 tesis en las que critica de manera muy aguda la corrupción de Roma y esboza su doctrina reformadora.

Un poco antes de Lutero, había aparecido la imprenta, que fue el medio difusor de las ideas humanistas y también de las ideas reformistas de Lutero.

Con todos esos cambios, llegados como una vorágine, se cierra un ciclo de barbarie y oscurantismo intelectual de la iglesia católica, quien había quemado vivo a Girolamo Savonarola, un monje dominico de la orden de predicadores, que denunció el lucro y la depravación de la iglesia.

Y para efecto de lo que nos interesa destacar en este artículo, también aparece el Estado moderno, concibiéndose a sí mismo como el gran promotor de la estabilidad, la paz y el progreso. El Estado moderno es la figura en que descansan las libertades ciudadanas.

El surgimiento del Estado moderno generó nuevas formas de tributación para mantener a una burocracia que administrara las instituciones del Estado; también para sostener a un ejército permanente que resguarde las fronteras. Promovidos por el Estado, empresas privadas realizan descubrimientos geográficos que permiten forjar nuevos imperios y, su logro más importante, es la instauración de la democracia como sistema político para normar la vida institucional de un país.

Todo esto ha venido a cuento porque en México pareciera que vamos muy bien encarrilados en esa dinámica de cambios. Somos, en efecto, un Estado moderno que se erige como el gran promotor de la estabilidad, la paz y el progreso. Por supuesto que es el Estado quien nos garantiza el conjunto de libertades ciudadanas emanadas de una democracia. Y, sí, también somos una democracia (discutible porque el sufragio constituye apenas un componente mínimo de este sistema político).

Pero si somos todo eso, entonces por qué la necesidad de preguntarnos, ¿qué nos pasa? Porque en un país como el nuestro, resulta discutible la garantía para pensar libremente, para emitir una opinión sin recibir ninguna presión de nadie; porque la buena educación no está al alcance, ni estabilidad laboral, tampoco a los beneficios de la salud, de la justicia, de…

El recuento de daños es inmenso: violencia sin freno: policías muertos en una emboscada en Michoacán, «sicarios» abatidos por el ejército en Guerrero, Ovidio en Culiacán; desmantelamiento del sistema de salud pública, instituciones de justicia a modo de los gobernantes, perspectivas de crecimiento en bajo perfil, el sometimiento vergonzoso ante los Estados Unidos por cuestiones de migración.

En una sociedad viva, como la nuestra, los cambios son normales y no deberían atemorizarnos. Pero en una sociedad donde abundan los silencios hay razones suficientes para preocuparse. Por ejemplo, ¿por qué no sabemos nada, salvo las explicaciones simplistas que giran en torno a un fallido intento por detener a un delincuente? Me detengo en un solo hecho: Este gobierno ha convertido al ejército mexicano (otrora la institución de mayor prestigio en el país) en dos cosas: el payaso de circo para divertir a la concurrencia y en el «negro» de feria pobretona al que todo mundo le tira pelotazos y ante los cuales el «negro» debe sonreír.

No. La política practicada por el presidente en turno y el partido que lo sustenta ha cambiado, ciertamente, las formas, pero no el contenido.

 
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