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  Edición 626
  Otros López. Se respeta la vida
 
Gabriel Pereyra
   
  El ataque la tarde del jueves 17 de octubre la ciudad de Culiacán, Sinaloa, ha sido una de las pruebas mas difíciles a la que se enfrenta la sociedad mexicana y la administración de Andrés Manuel López Obrador. Nunca se pensó en la capacidad y forma de respuesta del grupo de narcotraficantes herederos del Chapo Guzmán, su ataque fue demoledor, en pocos minutos habían desquiciado la ciudad y asesinado a varias personas. Era evidente que tenían una estrategia diseñada de la cual nadie tenía noticias. Es sin duda una falta gravísima de inteligencia y la demostración de que el estado de Sinaloa está totalmente penetrado por el cartel.

Los orígenes del grupo de narcotraficantes de Sinaloa se remontan a principio de los años 35 y 40 cuando estalla la Segunda Guerra Mundial y los mercados del Lejano Oriente que surtían de estupefacientes para uso médico al área de sanidad de los ejércitos americanos se cierran por el conflicto bélico. Un grupo de militares y estrategas americanos vienen a México para ver los territorios del país donde era posible sembrar amapola y mariguana y procesar todos aquellos narcóticos y sustancias que urgían para atender a los heridos del conflicto bélico, las cuales ya se producían en pequeña escala, los estados ideales resultaron ser Sinaloa y Sonora, Guerrero y Oaxaca. Sinaloa tomó la tarea con responsabilidad. En poco tiempo la producción se vendía a un cliente seguro que pagaba en dólares y que daba carta de legitimidad a la mercancía. Así transcurrieron unos años gloriosos para el estado y los productores. Las ganancias se distribuían entre trabajadores, autoridades locales, nacionales, vistas aduanales y todos aquellos que intervienen en el proceso.

Cuando se termina la guerra, el gobierno de los Estados Unidos dejó de comprar las drogas, pero ya se había establecido un sistema de siembra, había un mercado negro y los agricultores de ese estado habían probado las mieles de los dólares fáciles, los gobiernos estatales y de la república participaban de esas cuantiosas ganancias. Era un negocio que nadie estaba dispuesto a dejar que se perdiera. Así transcurrieron varios años, el negocio se extendió a otros estados, surgieron guerras entre los «carteles» de la droga, empezaron las luchas por dominar mercados y territorio. Los gobiernos de los estados de Sinaloa, Sonora y las Californias se hacían de la vista gorda, hacían como que combatían el narcotráfico, pero la verdad es que los capos se habían convertido en un co-gobierno. Los nombres de lo capos pasaron a formar parte de las leyendas del triángulo de oro, Sonora, Durango y Tamaulipas.

Era de todos conocido y tolerado que los gobiernos de Carlos Salinas de Gortari su hermano Raúl, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto habían financiado parte de sus campañas con dinero del narco. Por eso dejaban que se reprodujeran los carteles y sus jefes de investigaciones y fiscalías resultaban socios y amigos de algunos de los principales narcotraficantes. Eso lo sabía la prensa, esos periodistas tan críticos ahora, disfrutaban de los favores y la fama que producía el narcotráfico.

Cuando Felipe Calderón en una alarde de demagogia decide combatir al narcotráfico e involucrar al Ejército en esa tarea, los capos responden con más violencia que la que vimos recientemente, asolan localidades, destruyen ciudades, asesinan a sus socios y competidores y lesionan a la población civil. En pocos años se llegan a contar más de 500 mil muertos por la violencia de las bandas de narcotraficantes. México se convierte en una de las naciones más violentas del continente.

Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador se establece otra estrategia para solucionar el problema, el presidente está consciente de que una de las causas del narcotráfico es la miseria, la violencia, el abandono de los jóvenes y la corrupción. Decide atacar estos factores y no confrontarse con los grupos de narcotraficantes. Mientras prepara una estrategia global da instrucciones al las fuerzas armadas de terminar con las matanzas y enfrentamientos que habían caracterizado los doce últimos años de gobierno del PRIAN. Con la hipótesis de que para que haya guerra debe haber por lo menos dos enemigos. El gobierno de AMLO cambia la estrategia, de los asesinatos, enfrentamientos y de masacrar a la población civil y exponer al Ejército, la Marina, las policías municipales a ser sacrificados, se evita responder a las provocaciones, se patrullan las zonas y se crea una Guardia Nacional.

Es difícil de entender esta posición porque estábamos acostumbrados a presidentes pragmáticos, neoliberales, inmorales, a los que no importa la vida, su único objetivo es el dinero. López Obrador tiene otra formación ética y moral, otra catadura; es sin duda un humanista, un hombre para el cual lo más valioso es la vida y no quiere pasar a la historia como un depredador de la sociedad y un corrupto como son calificados sus antecesores.

Tiene otra filosofía de la vida, como la tuvieron en la India, Mahatma Gandhi y Martin Luther King en los Estados Unidos y otros dirigentes que vencieron con la no violencia. Su formación es básicamente la de un educador y un hombre que respeta y protege la vida, nos guste o no nos guste, estemos de acuerdo con él o sea otra nuestra filosofía. Hay gente a la que no les parece que se salga de los esquemas de mandatarios que utilizan la violencia y la fuerza del estado para reprimir.

Tiene otro modelo de gobierno, tiene autoridad moral, no es un asesino, ni abusa del poder, es honrado, pacifista y está entregado las 24 horas a gobernar para los pobres. Se terminó con la corrupción, en los altos niveles de la administración. Se acabaron los símbolos superfluos del poder, se han detenido y se están juzgando a los depredadores del erario, a los vendedores de influencia, a los malos funcionarios. Se ha respetado la división de poderes y el Estado en su conjunto tiene ahora más autoridad moral.

Según Ciro Gómez Leiva la violencia va en ascenso y la creación de la Guardia Nacional no ha tenido ninguna efectividad. En pocas semanas cuatro hechos violentos nos hicieron pensar que ciertamente los malosos se niegan a dejar sus áreas de influencia y negocios, pareciera que están ganando la batalla, o están dando sus últimas patadas de ahogado y desesperadas lanzan ataques sin ton, ni son. Las bandas criminales tienen una ventaja sobre las fuerzas regulares de la Guardia Nacional, el Ejército y la Marina, los mafiosos están utilizando como estrategia de combate la guerra de guerrillas y en muchas poblaciones cuentan con la simpatía y el respaldo de la población y de las autoridades quien participa de las ganancia del crimen organizado, venta de drogas, huachicoleo, extorsiones.

Los frentes de ataque a la forma de gobierno son distintos. Un grupo de personas que juegan a inteligentes y en ocasiones lo son, en algunos casos son solo «leídas y escribidas», nada más, han hecho un bastión contra Andrés Manuel López Obrador en la revista Letras Libres, que se sabe bien a qué intereses responde.

En esta ocasión Pablo Majluf acusa a presidente de México de estar demoliendo el sistema republicano en México sometiendo a los mexicanos con medios muy sutiles, a una dictadura casi perfecta. Majluf nos dice que somos «necios o ingenuos» si esperamos ver las formas de persuasión y control del siglo XX, campos de concentración, cárceles, líderes presos, éstas no las vamos a ver, afirma, porque el nuevo autoritarismo tiene rasgos más sutiles. Majluf, alarmado, nos dice que estamos siendo captados por una política muy sutil que conduce a la dictadura y en este momento no hay ninguna institución que se le oponga al presidente de México. Quizás «el Ejército» escribe desconsolado. Imaginarnos un campo de concentración en estos momentos al estilo de los nazis, es casi imposible, pero los barrotes y las redes son más sutiles, actualmente vivimos encerrados en espacios de información que no nos permiten ver mas allá de nuestros espacios mentales e informativos. Es lamentable cómo parte de la oposición quisiera que AMLO actuara como sus antecesores y en vez de recibir balazos recibiera costales de millones de dólares.

Yo como Majluf, veo que sí se han destruido muchas cosas. Algunas sutilmente y otras clara y definitivamente; se ha terminado con prácticas inmorales en la administración pública, el exceso de intermediarios que existían en los servicios y en la distribución de los beneficios. Se han rechazado a esas representaciones fantasmas de obreros y campesinos que lucraban con membretes, se han transformado organismos y procesos que no responden a ningún fin útil y solo constituían un gasto al erario, se ha terminado con la costumbre de que funcionarios y empleados vieran el dinero público como propio y se lo apropiaron, se ha limitado el utilizar los puestos y los espacios administrativos para favorecer a sus socios, familiares y amigos, se están destruyendo todos aquellas mecanismos de corrupción y abuso que caracterizaban a los gobiernos neoliberales de Fox, Calderón y Peña Nieto. Podremos llenar una página de lo que se ha hecho. Así es y de eso no tiene que avergonzarse nadie, López Obrador es el presidente de México con mayor fuerza y presencia política en los últimos 100 años. Por primera vez hay un presidente con una auténtica fuerza popular. Ni modo, aunque les duela. Que a veces hay errores, también, aunque nos duela. Pero hay otra cultura del ejercicio del poder donde la ética y el bien común prevalecen.

 
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